“…Llevaba una camisa ajustada por arriba, que le marchaba de manera muy decente los pechos, y que le caía a modo de mini-minifalda por encima del pantalón, tipo mayas…”
Ni me creía que me eso me estuviera pasando a mí. Fue una de las mejores experiencias que he vivido en los últimos tiempos. Resulta que estábamos de cervezas unos cuantos amigos y me tocó ir a pedir una ronda. Ya me había fijado en la mujer del dueño del bar el par de veces que estuve allí antes y en ese momento vino para ver que quería. Llevaba una camisa ajustada por arriba, que le marchaba de manera muy decente los pechos, y que le caía a modo de mini-minifalda por encima del pantalón, tipo mayas. Le pedí las cañas y un refresco, que al agacharse para cogerlo me dejó ver ese buen pandero en todo su esplendor. La mujer, aunque no exuberante, mantenía un buen tipo y, eso sí, una cara de lo más sugerente. En el momento que alcé la vista, buena vista, y vi como el marido clavaba sus penetrantes ojos azules, casi blancos, en los míos. Me hice el longuis. Intentaba no mirar directamente a la mujer y menos al marido, así que pagué y me fui a mi sitio.
Cosas del alcohol, dos cervezas más tarde, tuve que ir al baño. Contentillo, entre lo que había tomado y el sol de invierno, estuve recreándome tras la opresión de vejiga. Después del lavado de manos y un toque en el flequillo, mientras estaba secándome las manos con el secador – de esos que hacen un ruido industrial – entró ella y cerró la puerta que daba acceso al lavabo entre los servicios de damas y caballeros. Parecía acalorada, me cogió la mano y me metió otra vez en el de hombres, dio media vuelta y se me echó encima, como en las películas. No me resistí. Consciente del poco tiempo que tenía para no levantar sospechas empecé a meterle la mano por dentro del pantalón. Ella hacía lo propio con mi cinturón. Se le notaba que venía ya medio extasiada y a mi me subió de pronto el calentón. Consideré que eso ya servía como preliminar y apretándole con fuerza las nalgas la aupé apoyándola contra la pared y empezamos. Su mirada era fija y me hacía notar casi desafiado, pero yo estaba respondiendo bien. La apreté con tanta fuerza que acabé agotado y para terminar la tuve que bajar. Fue redondo. Nos arreglamos la ropa, ella un poco el pelo y saqué la cabeza para ver que no había nadie esperando en el lavabo. Me dio un beso en la mejilla y me empujó para que no se me viera cuando ella saliera. Salí, fui con mis amigos, di la excusa del apretón, pagamos y nos fuimos. Eso se quedó para mi, porque no sirve de nada contarlo, primero porque algunos no me creerían y otros tienen la lengua demasiado floja.











