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‘Intrusos’ de Adrian Tomine

Por Javier Marquina 1

Crítica del cómic "Intrusos" de Adrian Tomine
Editorial Sapristi. 128 páginas
Editorial Sapristi. 128 páginas

La rutina. La normalidad. El insoportable peso de lo común. Una vida desprovista de genio que nos aboca sin remisión a un fracaso sordo y anónimo. El día a día de millones de seres humanos que se marchitan en esta sociedad elitista y acomodada, basada en la vida simplificada y las necesidades básicas cubiertas. Carne de un mundo donde la intimidad se publica con unas desenfrenadas ansias de  llamar la atención y la falta de aptitudes se ha convertido en un nuevo talento. Generaciones enteras de culturetas trasnochados, artistas lamentables y adolescentes ávidos de visitas en Youtube. Un auténtico universo de mierda. Una fuente inagotable de historias soporíferas que nos afanamos en representar buscando esa conexión inexistente generada por todo aquel que te muestra tus defectos.

Reconozco que soy uno de esos patanes que se aburre hasta la muerte cerebral con el cine kurdo, la música sacra camboyana o el teatro experimental existencialista francés. Prefiero una ciencia ficción sólida o una intrincada fantasía medieval a un drama social decimonónico. Carezco de empatía suficiente como para enajenarme hasta el paroxismo con los retratos fieles del día a día burgués, y solo las obras maestras dramáticas, las de calidad monolítica e incontestable (aunque cuenten la jornada contemplativa y silenciosa de un frutero con psoriasis), consiguen que no cambie de canal buscando la enésima reposición de “La Cosa” de John Carpenter. Incido en lo de obra maestra porque no todo vale. La lentitud de lo común me aburre, quizá porque la mayoría de las veces quienes afrontan la crónica de la medianía son pretenciosos aspirantes a “artista”.

Para cimentar argumentalmente una gran obra en la más absoluta mediocridad hay que ser un superdotado. Enganchar con la vida apática, típica y lineal de esa sociedad prorrateada que se enfrenta a la existencia con la velocidad trepidante de una tortuga ciega de Valium, es una labor digna de titanes creativos. Adrian Tomine lo es. De eso no tengo ninguna duda. No voy a decir que soy un experto en su obra. Ni siquiera un iniciado. Sería fácil tirarse el moco y hacer un alegato encendido de  este autor con esa confianza cercana a la familiaridad que esgrimen algunos críticos de cómic con cierta tendencia a la urticaria, pero prefiero ser honesto y contar la verdad. Al principio “Intrusos” no entró en mi lista de la compra por las razones que he esgrimido con anterioridad. De hecho lo abrí un par de veces y decidí pasar de él. Vidas corrientes. Poco espectáculo pirotécnico y escenas de apariencia estática. Preferí ir a por otras cosas con más acción, más rayos, más dioses resucitados y más artefactos steampunk. Soy un hijo de la cultura basura más denostada e infravalorada y no me importa reconocerlo. De hecho, estoy muy orgulloso de ello. Solo gracias a la insistencia unánime de acertados compañeros, acabé por incluir este cómic en mi torre de lectura, casi obligado por la corriente imparable de halagos que leía por doquier. Suelo ser también bastante reticente a sentir simpatía ante productos que generan un pensamiento único de alabanza. Es una especie de rechazo congénito hacia el triunfador que me convierte en un español indiscutible. De pura cepa. Federado en ese deporte nacional llamado envidia.

Así pues, compré “Intrusos” a regañadientes, más por no sentirme excluido y poder fundar mi opinión en lo real que por esa sensación habitual y compulsiva de deseo consumista. Una parte de mí tenía la sensación de que este iba a ser otro caso de “el emperador va desnudo”, y que muchas de las críticas positivas eran fruto de esa inercia deleznable que obliga a no contradecir al gurú cultural de turno. Sin embargo, me equivocaba. De una forma radical. “Intrusos“, una serie de relatos protagonizados por americanos medios, me gustó. Y me gustó mucho. Sobre todo por el retrato fiel y aséptico que hace de una serie de perdedores que florecen como cuerpos extraños en un ambiente con aroma a salmuera y moho. Fracasados incapaces de adaptarse a sus carencias, seres patéticos que buscan despegar con ideas descabelladas, relaciones bochornosas o costumbres dignas de manicomio. Gente que queda aplastada por desdichadas casualidades o por la inexorable tragedia que la vida, en forma de enfermedad o muerte, nos dispensa camuflada de realidad de manera periódica.

Intrusos Adrian TomineTomine se muestra como un maestro costumbrista de esa América oscura en la que el sueño americano no llega ni a pesadilla, y se queda en el aburrido libreto de los que intentan destacar a toda costa incapaces de asumir que no tienen nada que ofrecer o que, en el peor de los casos, lo que ofrecen es pura cochambre. El dibujo de línea definida y clara de este autor norteamericano domina con precisión el arte de contar. Narra con un velo de verdad deprimente sucesos comunes que cualquiera de nosotros podríamos estar viviendo. Puede que, en un ataque de cobardía, nos sintamos compelidos a calificar estas historias como ficción, aunque es evidente que todo lo que pasa en este tebeo podría ser un capítulo de nuestro diario. Realidad tan dura y clara que parece virtual o imposible, porque la evidencia vergonzante tiene la extraña propiedad de no pasarnos nunca a nosotros. Después de acabar con dolorosa desolación los capítulos de esta novela gráfica, algunos dirán que Adrian Tomine es un personaje odioso; un Pepito Grillo inmisericorde y brutal; un espejo mágico obstinado en demostrar que por muchas manzanas envenenadas que repartamos, jamás seremos la más guapa del reino.

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