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‘Un policía en la Luna’ de Tom Gauld

Por Javier Marquina 0

Reseñamos el cómic "Un policía en la Luna" de Tom Gauld
Editorial Salamandra. 96 páginas

El catálogo popular de refranes, citas y frases hechas está lleno de comentarios sobre la relación directamente proporcional entre la brevedad y la calidad. Es una especie de mantra racional y ahorrador contrario a cualquier tipo de exceso epicúreo. Podríamos discutir acerca de lo conveniente que es abogar por la brevedad o la escasez en temas como el sexo o el dinero, pero es cierto que en el mundo del cómic, los agraciados con ese tercer ojo que les permite establecer con claridad criterios de “menos es más”, logran producir obras cercanas al esquema de una brillantez y contundencia apabullantes. No son muchos los elegidos, quizá porque la dificultad casi genética que encontramos a la hora de impedir que algo se nos vaya de las manos nos obliga a embarullarlo todo en un afán de avaricia programada irresistible. Siempre queremos más. A pesar de los denodados esfuerzos por la contención de innumerables filósofos y líderes de pensamiento, es casi inevitable sacar de nuestra cabeza la idea de que, puesto a fallar, es mejor pasarse que no llegar.

Tom Gauld pertenece a esa minúscula élite que sabe desintegrar la materia en sus compuestos más básicos y quedarse con lo que merece la pena. En “Un Policía en la Luna” (editorial Salamandra) logra contar mucho con muy poco, desarrollando un estilo de líneas concisas, escenarios sucintos y argumentos lineales y casi estáticos que uno podría confundir equivocadamente con poco profundos. Los personajes son monigotes que no muestran expresión, son reducciones cercanas al absurdo infantil que caminan como peleles arquetípicos. Carentes de rasgos más allá de dos puntos y una línea, son las situaciones y los silencios los que nos indican cómo debe sentirse cada uno de los actores de este deprimente campamento selenita. El lector, incapaz de huir o de esconderse en dibujos barrocos, sobrecargados y llenos de detalle, debe enfrentarse cara a cara con sensaciones básicas y simples, pero demoledoras. No hay escapatoria. No hay excusa. Uno no puede alegar que se ha despistado contemplando absorto los innumerables pliegues de una falda, las decenas de miles de hojas de un roble, los doscientos superhéroes de colores chillones implicados en una doble página apocalíptica o todos los guijarros que conforman el sendero que lleva a la ruina. Aquí no hay parapeto, ni escudo, ni código secreto, ni síndrome de Stendhal en el que ahogarse. Aquí todo es directo, sobrio y descarnado.

La historia es una sencillez tan plana, directa y certera que aturde. La interpretación puede ser tan asequible como la imagen, pero ante la carencia de datos, entorno o trasfondo se impone la búsqueda de dobles significados, mensajes y explicaciones laterales.  Privados de cualquier tipo de sobrecarga sensorial, se crea la necesidad irresistible de rellenar todos los huecos que el autor deja al principio y al final de la trama. El espectador siente un impulso casi mareante de explicar, de rellenar y, en última instancia, establecer alegorías que encajen en su propia vida. A base de economizar, Gauld obliga a su público a trabajar a destajo, completando, rebuscando y tejiendo la genealogía de un futuro anodino lleno de máquinas que fallan, planes que se desmontan y gente que fracasa. Todo ello rodeado de una estética inocente e ingenua, infantiloide, sucinta, calmada como el carácter de los seres humanos que viven en la Luna.

A pesar de su engañosa claridad y su aspecto de cuento para niños, el mensaje oscila entre la desolación y el optimismo, condenando al protagonista a una vida de abandono y hastío pero proporcionándole, a la vez, las herramientas para no sentirse solo. Como un maligno Doctor Frankestein, el narrador despoja a su creación de cualquier elemento de comodidad que pudiera hacer su vida más fácil o agradable  de manera inmisericorde. Sin embargo, al final, quizá consternado por la crueldad final de lo que acontece, lanza un destello de esperanza en forma de compañera, tan anodina y condenada al vacío como el protagonista.

“Un policía en la Luna” no es un tebeo al uso. Es más una sensación primordial contada con los mimbres básicos de la narración. Un esqueleto sin artificios que expone de manera natural todo un mundo ajeno al realismo, pero tan creíble y poderoso que hasta las rayas más finas toman relieve en nuestro cerebro. Uno de esos cómics básicos hecho con tan pocos recursos, que admira la pericia de su creador para escogerlos con tanto acierto.

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