Crónica de Toundra en Sound Isidro

Por Ana Rodríguez 0

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Diez añitos nos cumple la criatura. Toundra se nos hace mayor y se nota en la fuerza y el poderío escénicos que van afianzando: ya los ganaron hace tiempo. Cuatro discos, cambios en la formación, el fichaje por Century Media, varias giras europeas e incluso han pisado Estados Unidos gracias al SXSW. Nada es casual, su constancia ha dado sus frutos e incluso han hecho realidad el refrán de «la victoria es de los osados» ante ciertos retos, como su concierto con orquesta en el Palacio de los Deportes (que repetirán este verano en el Tsunami Xixón) o su experimento con el Niño de Elche.

Antes de ponerse a grabar V (¿cómo se va a llamar, si no?) y como cierre de estos dos años girando el último disco, tocaba celebrar un hito tan señalado y hacerlo en Madrid, en un ciclo como el Sound Isidro, volviendo a su formato más eléctrico, sin orquesta ni sección de metal, como ocurrió en la Joy Eslava en 2015, en una de las salas que aún no habían tocado: La Riviera. Pese a que era una mala fecha (puente en Madrid, conciertos gratuitos por las fiestas de la ciudad…), unas 1.400 personas asistieron a ese «cumpleaños» tan especial.

Los encargados de comenzar a caldear el ambiente fueron Willis Drummond y su contundente propuesta rock, que merece la pena descubrirse y disfrutarse. Aun siendo unos veteranos (cuentan con 2 años más de recorrido y algunos de sus componentes proceden de Monarch y de Skunk), su popularidad es más restringida. Quizás por el parón que decidieron hacer antes de Tabula Rasa, por el planteamiento de sus giras, por el hecho de que canten en vasco (esto ya no nos valdría visto el éxito de Berri Txarrak)… sea por lo que sea, merece la pena dejarse sorprender por grupos que tienen tan claro su sonido.

Puntualmente, según el horario previsto, Toundra se hizo con el escenario, jaleados por el público. Aplausos, gritos, puños y manos cornudas en alto les recibieron, para demostrarles lo que esperaban allí. Era espeluznante ver aquel mar de manos hablando por sí solas.

Lo hicieron con relativa calma: los cantos de unos pajarillos anunciaban “Strelka”, uno de los temas que comienza a ser un clásico a la hora de empezar sus conciertos. El característico punteo de las guitarras y la cadencia de la batería de esta canción te adentra y te prepara progresivamente para el universo del grupo, a medida que el ritmo toma intensidad. «Magreb» remató ese viaje iniciático y le cedió el turno a “Zanzíbar”, el primer tema que nos recordó su vertiente cañera.

Al ritmo que avanzaba el concierto lo hacía su sonrisa. Si hay algo que caracteriza a Toundra es la felicidad que derrochan cada uno de ellos: el directo les gusta, se nota, y el ver que marcha y que el público se entrega hace que ese buen rollo crezca y sea contagioso. Maca tuvo que recurrir a la pastilla de la guitarra para dar las gracias (ay, amigos, esto de ser instrumentales tiene sus pegas ;)) y en más de una ocasión, Esteban picó al público haciéndoles entender que no se les oía animar.

Toundra en Sound Isidro
Toundra por Ignacio Sánchez-Suárez

“Ara Caeli” nos amainó para prepararnos para el espectáculo de su siguiente corte, “Marte”: el inicio en solitario de Alex con la batería se vio acompañado con diferentes focos de color rojo que le enfocaban desde diferentes ángulos al ritmo de sus golpes. Fue tan increíble que casi daban ganar de pedir que se repitiera esa escena, y la canción al completo, para qué nos vamos a engañar.

Con “Kitsune” el último album dio paso al primero con «Órbita», que nos recordó lo que ya prometían cuando crearon al grupo, esa propuesta de post-rock instrumental, creador de ambientes hipnóticos que te mecen a placer. Del primero fuimos al segundo con «Bizancio», uno de sus temas insignia, el primer atisbo en firme del potencial que tenían en su momento, para cerrar con «Oro Rojo», un tema con una magnificencia directamente proporcional al del metal precioso.

Pero el espectáculo no había terminado: hubo un bis de rigor con las guitarras afiladas de “Medusa” y una rogada “Cielo Negro”, pues la sala estuvo a punto de hacernos un coitus interruptus en toda regla. Transigieron, no como ocurrió hace un año en el Palacio de los Deportes, y pudimos terminar con el impecable repertorio del decenio Toundra; quizás echamos de menos algún que otro tema (por ejemplo, “Espírita”, por el que siento debilidad), pero un concierto de 28 temas es inviable ;).

Y así acabó un concierto en el que vivimos la música y su amistad inquebrantable, que se palpa en la forma en que se entrecruzan las miradas de forma cómplice, dándose paso los unos a los otros. El escenario es, en definitiva, el cuarto de estar de su casa, en el que están tan a gusto que incluso Esteban y Maca se dan besos (y hasta alguno le cae a Alberto, aunque parezca que se queda en un segundo plano por su timidez).

Por cierto, el fantasma del mal sonido de La Riviera que más de uno tememos cuando vamos a esa sala no estuvo presente esa noche: una vez más, el «quinto miembro» de Toundra en la sombra, su técnico Raúl Lorenzo, demostró su pericia. No hubo gallo alguno en la velada, así que Toundra, douze points!

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