Tú, ¿una estúpida? Ni te lo plantees ¡por Dios! Si puedo decir algo bueno de ti es que eres de esas que sorprende por lo que escondes y solo se descubre en cuanto rascas un poco la superficie. De aspecto duro y algo tosco, tu exterior, no hace más que proteger el interior cálido y mullido, tan dulce como la miel. Aunque, a ti, no se te guarda rencor cuando empalagas. Al contrario, siempre te quedas con ganas de más. Tú. Y no es porque sea tu amigo, pero, de verdad, eres lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo. Siempre has estado a mi vera y no sé cómo voy a poder devolverte todo lo que has hecho por mí. Solo sé que… eres con quien quiero pasar el resto de mis días. Si me tienes en consideración, ¿crees que le diría eso a una estúpida? Ahora, ven a darme un abrazo y besémonos hasta que claree el alba.
Dijo el joven entrado en peso que vestía camiseta negra con grandes letras doradas, algo estiradas debido a la presión ejercida por el enorme músculo gástrico que atenazaba la integridad de la compleja estructura biotextil, mientras atusaba su pelo recogido en una coleta y con un gesto más que impulsivo empujaba sus grandes gafas negras hacia el punto más elevado de su arco fronto-nasal una y otra vez mientras torcía el gesto y también la cabeza. Su dependienta habitual, en su franquicia favorita de comida rápida y grasienta, que apenas había reparado antes en él, se quedó atónita y estupefacta cuando no sabías si era ella la receptora de tanto alago o un ala dorada de pollo a la cual hundió sus más que temidos incisivos que conformaban esa sonrisa algo tonta y a la vez infantiloide, junto con sus labios finos y su minúscula apertura bucal, por la cual no dirías que cabría tanta comida como para muscular tan perfectamente esa barriga que parecía salida de la mente retorcida de un constructor de globos esféricos, la cual abombaba aquellas auras letras.




















