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De viaje con el Extratonauta 2010

Por Leonardo Cosano 4

Miércoles 12. Mi amigo Rafa avisa en Facebook que se ha quedado libre una acreditación de redactor para el Extratonauta, por si alguien se apunta antes de cancelar la reserva en el hotel. Primera noticia de que este festival existe. La segunda noticia, cuando dos amigos lejanos, Raúl y Alex dicen que les sobran entradas. ¿Ha estado el universo jugando al despiste conmigo? ¿o simplemente es que, como cantaban Los Planetas cuando hacían canciones, “nunca me entero de nada”?. “Puede estar bien”, pienso. “¿Alguien se ha apuntado ya, Rafa?”.

Sábado 15, día del festival, salimos para Granada. Por el camino, paro a repostar, yo y el coche, y aliviar (yo). Y antes de arrancar me llama Alex. “Jaja, cómo mola tu acento”. El manos libres hace que la conversación sea fea. Una pena para ser la primera vez que hablamos. Espero que la segunda mejore. “No vamos”. Una pena. Me hacía mucha ilusión abrazar a dos “viejos” amigos por primera vez (también).

Y llegamos a Granada. Tapitas y siesta. Dejamos al Betis jugando solo y nos vamos para el concierto. En Atarfe. Bien puesto el nombre. Llega a ser cuestión de fe el lograr desatar el camino hasta el recinto. “Si habeis llegado hasta aquí es que sois listos”, ironizaba J al presentarse con sus palmeros.

A las 19:00, hora de apertura. En la cola marca el Betis. Emaná (¿será tó pá na?). A las 19:15, abren la puerta de público y la taquilla de entradas, invitaciones y prensa. A las 19:40 ya suena Ana Lógica. Y empezamos a sospechar que la organización no va a ser lo mejor del concierto.  Sospechas confirmadas cuando lo que nos dan es una invitación. Sin pulsera, acreditación, peto o algo que nos permita movernos con cierta libertad por lugares restringidos, algo que nos permita salir antes de las 2 de la madrugada sin que nos impidan el regreso, como rezaban carteles por todo el recinto. “Para evitar recargar”, apostaba apostillando un futuro espectador. Memeces, apostaba yo. Cómo nos gusta poner normas que solo entiende el que las pone. Pero la falta de identificación acabó siendo, en mi caso, una suerte. Al depender de una chica de la organización, que nos mete en el recinto como quien cuela a su familia, me transmuto de redactor a fotógrafo. Y mucho mejor así.

“¿Fotógrafo? Sí! Pues p’adentro”. Y sin tiempo a darme cuenta estoy en el foso, con mi cámara, que llevé al concierto dudando poder usarla, entrando a hacer fotos a cada grupo que iba actuando. Tres canciones, dos canciones, tres temas, vamos que nos vamos. Acabaríamos formando un cuarteto de cámara, con Lucía y Azahara, granadina y jiennense, fotógrafa y periodista.

De fotógrafo prestado se viven los conciertos de otra forma. Ni mejor ni peor, con ventajas e inconvenientes. Las ventajas, claras. 500 fotos desde la fila cero. Los inconvenientes, importantes. Yo venía a escuchar música, a descubrir grupos que no había escuchado aún, a ver a Los Planetas once años después de la primera y única vez. Y escuché lo que pude. Aunque oír, lo oí todo. Decidí darle prioridad a las fotos. La oportunidad era única. Espectador podría ser muchas otras veces. Pero fotógrafo, cualquiera sabe.

El sonido fue protagonista durante casi todo el festival. El recinto es una plaza de toros cubierta. Cubierta de metal. Descapotable, pero metálica, y la reverberación era excesiva. “Os recomiendo que con el sonido que tiene esto, habléis con los organizadores y les digáis que os devuelvan la pasta”, soltó J por la nariz antes de ponerse a cantar “con lo que tú me debes voy a hacerme rico…”

Tras la primera actuación, pude saludar a otro de esos ciberamigos, Fernando, granadino él, a quién por fin puedo poner cara. Curiosa sensación.

Repasando las actuaciones, trato de recordar.

19.30. Ana Lógica, granadinos, sonaron muy bien, lo que les da un valor extra visto el nivel posterior. Muy poco público aún, sospecho que conocidos del grupo.

Rafael Tovar / El Enano Rabioso

20.20. Zahara, inquieta, sonriente, dulce, guapa, tampoco sonó del todo mal. Su música es limpia y evitó sufrir saturaciones desagradables. Otra cosa fue el diálogo. En la canción final de la actuación, se puso una peluca blanca, unas gafas grandes, y dijo algo. Supongo que haberla entendido me habría permitido reírle la gracia. En uno de los temas, cantó con Santi Balmes, de Love of Lesbian. No me preguntéis qué canción. Era lenta. Probablemente para ligar (S con Z). En el concierto de LoL, le devolvió el favor. Nos quedará siempre la duda de si hubo tercer tiempo. Ahí había tema.

21.15. La Bien Querida. Lo poco que conocía de ella eran sus dos colaboraciones del disco de Los Planetas, que es bien poco, pero me gusta el toque que le da a “no sé cómo te atreves” y a “la veleta”. El peor sonido de todos, tratando durante la primera parte de la actuación de mejorarlo, con gestos sensibles a la mesa de sonido. Nunca sabré si achacable al grupo o al nivel general del festival, aunque otros no sonaron mal. Decepcionante. No consiguió enganchar en ningún momento, con una actitud entre pasota y diva que no entendí. Los Planetas se lo pueden permitir. Ella no lo tengo tan claro.

Rafael Tovar / El Enano Rabioso

22.25. Love of Lesbian. Estos sí que conectan, aunque la predisposición de sus fieles ayuda mucho. A mí me gustaron. Al resto de la audiencia, más. Consiguieron un ambiente que me recordó a Piratas, una conexión entre el público y el grupo que intuyo y espero que va para largo. Público que venía de lejos en algunos casos, Valencia por ejemplo, que había venido solo para verles a ellos. El sonido no fue un problema, las canciones sonaron aceptablemente limpias y el final, con esa coreografía de video ochentero les quedó estupendo. Mientras esperaba avituallamiento de jamón y queso en una recóndita barra, me pareció oír a Balmes criticar la reducción salarial a los funcionarios. Hay gente pa’ tó. Como he dicho antes, Zahara devolvió colaboración, “domingo astromántico”, pero no puedo comentar mucho con la boca llena, que me pilló ya con el bocata en la mano (15 minutos de espera después). Conclusión, otro grupo en mi lista de imprescindibles.

Rafael Tovar / El Enano Rabioso

23.50. Los Planetas. Ya a estas alturas el recinto está repleto. Y aparece J con su cuadro flamenco. Algo así como recién levantado, desperezándose, peinado con un secador y olvidando alguna letra. En un ambiente oscuro, azulado, y con una actitud también oscura y azulada, van malsonando canciones de la Ópera egipcia, la Leyenda del espacio y Contra la Ley de la gravedad. La habitual saturación sonora de sus guitarras no casó nunca con la acústica del lugar. Y la selección de canciones fue muy mejorable. Nada del motor del autobús. Ni un buen día. Ni un cumpleaños total. Ni prueba esto… “No sé cómo te atreves” fue cantada a dúo con La Bien Querida, algo que era predecible. En definitiva, decepcionante en cierto modo, aunque la esencia Planetas sí estuvo, y dejó pinceladas de dulce sensación en boca. Nadie es profeta en su tierra dijo alguien un día.

1.50. Sidonie. Aquí se rompió la puntualidad que se estaba consiguiendo. Media hora de retraso. Tras los planetas, salió mucha de la gente que llenaba la plaza, perdiéndose una buena actuación de simple rock. Han dejado atrás los barceloneses la sicodelia para adentrarse en una línea algo más clásica. Y además no sonaron mal. Disfrutaron en el escenario e hicieron disfrutar, con una sensación de estar viendo a Pereza dentro de 10 años, si duran (Pereza).

Rafael Tovar / El Enano Rabioso

3.40. Dorian. El retraso es ya evidente. Algo más de una hora sobre el horario previsto. Elegantes, el sonido no fue un problema, con guitarras limpias y texturas y ritmos electrónicos, la acústica respondía bastante mejor. Buen concierto, una voz que ofreció mejor modulación de lo esperado escuchando lo grabado, y una puesta en escena muy acorde. Cercanos a Depeche Mode, más oscuros que OBK, no pudieron hacer otra cosa que gustarme mucho. “para qué creer en dios si él no cree en nosotros”

Rafael Tovar / El Enano Rabioso

4.45. We are Standard. El broche esperado, hilo musical bailable para el poco y etílico público disponible. Y ambos respondieron. Música alegre, bailable, contundente, cantante rayando en la demencia, y un público instalado en ella. Será difícil desencasillarles de ese horario de despedida y cierre, de fin de fiesta, en el que parecen encajar a la perfección.

Durante el concierto, en una carpa anexa, se celebraba lo que llamaban “silent-disco”. Allí llegabas, te daban unos auriculares (de muy buen sonido) y podías elegir dos canales alimentados por sendos DJ’s en relevos. Uno de ellos, con música más o menos dance, y el otro con música más o menos “popular”. Podías identificar a los oyentes de cada canal durante los estribillos de este segundo canal, porque se cantaba, en una especie de karaoke ciego. Una experiencia curiosa observar a la audiencia moverse y cantar casi al unísono sin música en el aire. Uno de los DJ’s era Mario Vaquerizo, alma de “Nancys rubias” o marido de Alaska, ustedes eligen. Me quedé con las ganas de pedirle que me anotara su dieta.

Como epílogo, camino del aparcamiento, un curioso episodio a los pies de uno de los autobuses que la organización dispuso para transportar al público al recinto y llevarlo de vuelta. Autobús en espera de llenarse, varios pasajeros en espera de ser llevados a sus casas, alguno de ellos en un estado muy cercano a la inconsciencia etílica. Simpática escena de animación por megafonía interna,  costalazo circular escaleras abajo por la puerta del autobús, e ininteligible conversación a ras de suelo a través de móvil irrompible. Simpática porque el cuello debía de ser de goma. O quizás porque el alcohol reblandece los huesos.

Los míos acabaron descansando pasadas las 6 de la mañana, satisfechos y agotados. Ya asomaba el domingo 16.

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