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La movida de los 10

Por Jose A. Rueda 1

Lori Meyers, entre lo indie y lo mainstream / Marichispa

«Las discográficas de hoy destinan el dinero que antes gastaban en enseñar a cantar a Bustamante para que Lori Meyers viajen a Los Ángeles a grabar un disco con Sebastian Krys. Estamos ante nuevos tiempos de la música en nuestro país: el muro que separaba lo mainstream de lo alternativo se ha vuelto a desplomar».

Parece mentira que ya hayan pasado diez años y a nadie se le haya ocurrido ponerle un nombre a la década comprendida entre 2001 y 2010. ¿Los años cero? ¿Los 00 (dígase “cero cero”)? En fin, el caso es que en esta segunda década del tercer milenio que estrenamos en 2011 ya hay quien hace balance de la década anterior y las conclusiones son exactamente las mismas que en aquellos años 2000 ó 2001 cuando pensábamos en los 90. No existía entonces suficiente perspectiva como para reconocer las características y los denominadores comunes de lo esencialmente “noventero”. No éramos capaces de advertir la estética o el sonido propio de los 90. Hoy día, sin embargo, sabemos perfectamente qué es lo “noventero”. Es más: está de moda. Hace pocos años, hacer noise significaba estar anticuado… Ahora, sin embargo, están saltando a la palestra nuevas bandas que apuestan por el sonido más añejo de lo que normalmente denominamos indie (pop o rock, pero indie). Es más, festivales como Primavera Sound han nutrido los carteles de las últimas ediciones con bandas de la época como Sonic Youth, My Bloody Valentine, Pixies o Pavement.

Pero lo indie no es ni más ni menos que una forma de gestionar la música pop-rock que desde el boom de los Beatles solo ha interesado a las grandes compañías discográficas por un claro objetivo: hacer dinero. El rocanrol era una via para llenar los bolsillos de las comadrejas de la industria musical, y tuvieron que llegar los Sex Pistols para denunciarlo a modo de berridos punk. De esas fechas (finales de los 70) data el nacimiento de las pequeñas casas de discos que valoraban la creatividad musical por encima de la efectividad comercial. Ya entonces se oía en Inglaterra el término indie.

Sex Pistols, izando la bandera "punk"

Pero el palabro que englobó a todo el movimiento musical anglosajón durante los años posteriores al punk fue “new wave“. Esta nueva ola vino reforzada por las protestas ante el panorama político del Reino Unido que vivía el duro gobierno de Margaret Thatcher. Nada desdeñable era la situación gubernamental en España, recién salida de una dictadura y asomando la cabeza al otro lado de las fronteras que hasta aquellos días habían estado cerradas a cal y canto. Si Los Brincos y Los Bravos importaron en rocanrol de los Beatles y los Rolling, la nueva ola española (que enseguida sería bautizada como “la movida”) importó el punk y el post-punk británico y todo el elenco de románticos que les sucedieron.

Todo era una analogía del movimiento musical anglosajón. Discos Radiactivos Organizados (DRO) fue la discográfica creada por Aviador DRO (aquellos kraut-rockeros cañís) para lanzar sus primeros discos así como los de Siniestro Total, Glutamato Ye-Yé, Parálisis Permanente o Alphaville. Pudo ser la versión patria del sello de Manchester Factory Records, y Germán Coppini siguió los pasos de aquel Ian Curtis que cambió el punk de Warsaw por la melancolía de Joy Division cuando él abandonó Siniestro Total para formar Golpes Bajos.

Golpes Bajos, pioneros románticos en la piel de toro

Nada era original. Todo era copia. Pero la creatividad era máxima e incuestionable. Y el público lo valoró tanto que la industria discográfica en asociación con los medios de comunicación se encargaron de encumbrar a aquellas bandas hasta el olimpo de las estrellas del rock nacional. Radio Futura, Gabinete Caligari, Nacha Pop, Loquillo,… Pero no todos corrieron tal suerte: Décima Víctima, La Dama Se Esconde, Derribos Arias o La Mode no fueron alzados al estrellato y tuvieron que seguir soportando las penurias del underground. Pero aún así las barreras no eran muy altas y la posibilidad de salir en aquellos programas de TVE (“La Edad De Oro”, “Caja de ritmos”, “La Bola De Cristal” o “Auambabuluba Balambambú”) siempren estaba ahí.

Los 80 fueron grandes porque los mass-media quisieron que fueran grandes. Cuando esos grupos ya no tenían nada nuevo que ofrecer; cuando los mánagers habían exprimido todo el jugo que había en unas estrellas presionadas para ser tales, la música en España murió y solo nos quedó el underground… Pero a las discográficas no les interesaba aquello. Era más rápido y fácil contratar a chicos o chicas guapas, músicos buenos, compositores con talento, expertos en mercadotecnia y… ¡voilà!: fórmula del éxito infalible.

Así llegamos a los 90: los años de la creación de productos. Las multinacionales retomaron el control de la industria musical y las bandas del underground ya no gozaban de la admiración de la que gozaban las de los primeros 80. Los restos de aquella “gloriosa” movida seguían copando las listas de éxitos, cada vez más dirigidas por intereses económicos que por los propios votos democráticos del público musical español. Loquillo, Alaska o los post-radiofutura Juan Perro disimulaban su carencia de creatividad en unos álbumes que compartían estanterías con cantantes melódicos de influencia italiana como Sergio Dalma o un jovencísimo Alejandro Sanz. El pequeño payaso de la tele se dedicó a hacer el ídem en la industria musical y barrió las listas con la infumable “Te huelen los pies” (estoy hablando del ahora magnate de la comunicación Emilio Aragón).

Surfin' Bichos, llegó el ruido

Un nuevo momento punk era necesario y mientras que en Inglaterra y Estados Unidos despuntaban los Pixies, Sonic Youth o Jesus & Mary Chain, en nuestro país explotó el indie entre 1989 y 1992 con un montón de grupos imberbes entre los que se encontraban Surfin’ Bichos o Los Planetas. Pero estas ruidosas bandas no eran del agrado de las grandes compañías de discos, a no ser que los autores de la pegadiza “Mi hermana pequeña” accedieran a ser marionetas de RCA para copar “Del 40 al 1” con canciones similares. Pero Los Planetas no se doblegaron y, tras fichar por la multinacional, siguieron haciendo música a sus anchas y si no llega a ser por su innegable tirón entre el público alternativo de la época, hubieran sido despedidos de la discográfica como fueron despedidos El Niño Gusano de Warner.

El indie por lo general estaba siendo ignorado, y eso que hubo momentos superventas de las primeras bandas que cantaban en inglés (Australian Blonde, Sexy Sadie y, sobretodo, Dover) y del piruleta-pop de Los Fresones Rebeldes. Pero los años 90 fueron pasando con ese duende detrás de la oreja que nos susurraba aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. ¿Tan grande fueron de verdad los 80? ¿Tan baja cayó la creatividad musical en este país en los años posteriores? No, y rotundamente no. Lo único que cayó bajo fue la dignidad de los capos de la mafia musical, que ahogaron la creatividad que se desarrollaba en el mundo alternativo para alienarnos a base de pachanga, canciones del verano y caritas bonitas escupiendo romantiqueo fácil.

Los Planetas: la era de la independencia

Las bandas del fenómeno independiente español que sobrevivieron a tal panorama lo hicieron por méritos propios y sin las comodidades de las grandes estrellas. Grupos como Sr Chinarro, Los Planetas o Nosoträsh maduraron tanto en los escenarios como en los estudios de grabación y nos legaron su mejor discografía en los años posteriores a 2000 (a excepción de “Una Semana En El Motor De Un Autobus”, aparecido en 1998 y considerado casi por unanimidad como el mejor álbum de Los Planetas). Pero si algo ha caracterizado al pop-rock español de los 00 ha sido por lo mismo que los 90: el muro infranqueable entre lo indie y lo mainstream.

¿Y cómo se presentan los casi recién estrenados años 10? Con crisis, como todo el mundo sabe. Crisis financiera y crisis discográfica. No se venden discos porque la gente los descarga de Internet. Miguel Bosé no vende las cientos de miles de copias que vendía hace 10 años, ni hay dinero para las promo que hacía hace 5… ¿Resultado? Apenas hace conciertos. Sin embargo, unos desconocidos roqueros gallegos que admiran a My Bloody Valentine y llevan por nombre el título de una canción de New Order se suben a una furgoneta y recorren toda España presentando un álbum en el que aseguran que “llevar navaja siempre es conveniente” o “portaos bien, hijos de puta. Jesús os mira desde las alturas”. Está claro que Triángulo De Amor Bizarro jamás verá un videoclip suyo en Los 40 TV, pero tras las dificultades de su primera etapa, los coruñeses han acabado tocando en festivales como Primavera Sound y Benicàssim los cuales congregan a más de 70.000 personas al día. Está claro: ahora el indie vende y el mainstream, no. No es de extrañar que hoy día las discográficas destinen el dinero que antes gastaban en enseñar a cantar a Bustamante para que Lori Meyers viajen a Los Ángeles a grabar un disco con Sebastian Krys. Los granadinos siguen siendo indies, por cuanto que son independientes: nadie dirige su trabajo ni manipula sus canciones. Pero su música llega a bastante público: al alternativo y al que no lo es tanto. Lori Meyers están contentos porque dan conciertos, y eso es lo que a ellos les da de comer. Y las discográficas están contentas porque venden discos (pocos, pero algo venden). Y, al contrario que los productos que antes manufacturaban, ya no gastan tanto en compositores, coreógrafos, estilistas,… Si algo bueno nos enseñó “Operación Triunfo” (¡mira! Ya he encontrado un icono de la década de los 00) es que para crear un artista de éxito hace falta mucha gente y, por tanto, mucho dinero. Y si ese dinero invertido no se recupera, se van a la mierda Chenoa, Manu Tenorio, y Naïm Thomas…

Lori Meyers (en Universal Music) o Supersubmarina (en Sony-BMG) componen sus propias canciones, gestionan sus propios conciertos y sacan discos cuando realmente sienten necesario sacar un disco. ¿Y las discográficas? Las grandes casas de discos los apoyan. No les queda otra. Por un lado, apoyan al nuevo indie, y por otro, siguen presionando a colectivos como la maloliente SGAE, formada por músicos a cuya creatividad les llegó un día su hora, para inventarse alguna forma de exprimir céntimos… aunque sea robando.

Vetusta Morla: liderando la novísima ola / Ignacio Sánchez

Los más inteligentes de todos, sin duda, son Vetusta Morla. Tras explotar el contador de visitas de MySpace, las majors del sector musical pujaron por ellos. Los de Tres Cantos burlaron las tentadoras ofertas para seguir con la autogestión de la que no cesan de presumir. No en vano, es esa actitud indie (casi punk) la que los ha acercado al público alternativo, mientras que su música (a medio camino entre unos Standstill menos experimentales y un Iván Ferreiro guiñando a Los Piratas de “Manual para los fieles”) los empuja a lo más alto de las listas de ventas en España.

Una lista de ventas en la que también aparece Russian Red que, sin dejar de cantar en inglés, ha dejado las PYMES de lo musical para trabajar con Sony y, pese a ello (y pese a un desafortunado comentario en una entrevista en el que se posicionó políticamente como de derechas) no ha perdido a un público alternativo que la aclamó en el último FIB. En este festival también actuó la mexicana Julieta Venegas, cuyo salto temporal al mainstream parece no cerrarle las puertas a eventos como el veterano de Benicàssim.

Antònia Font y Manel son otros dos ejemplos de indies que se han codeado con Pablo Alborán, Pitbull o Shakira en una lista de ventas que ya no conoce a los productos que, por desgracia, han marcado toda una década como King África, Sonia & Selena, Coyote Dax, Raúl, Chayanne,… y toda la innumerable saga de triunfitos.

Estamos ante nuevos tiempos de la música en nuestro país. El muro que separaba lo mainstream de lo alternativo se ha vuelto a desplomar. El underground es un hervidero de creatividad menos ignorado que hace apenas un lustro. Los más “pop” (que no los mejores) asomarán la cabeza desde las cloacas. Y, aunque no lo hagan, sus nombres ya aparecen en revistas no tan especializadas y en programas que se emiten en horarios en los que la gente suele estar despierta.

Se sobrevalorarán unos grupos y se menospreciarán otros. Se crearán nuevas etiquetas. Nacerá (si no lo ha hecho ya) una nueva clase social melómana que copará festivales y conciertos. Gustará el panorama, y no… Pero, mirémoslo por el lado bueno: los independientes habremos ganado la batalla. Quizá no por mucho tiempo (solo hasta que el monstruo de la industria despierte con nuevos y viles planes) pero exactamente así fueron aquellos años de la movida de los 80.

Esta es la nueva movida. La movida de los 10. ¿La disfrutamos?

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