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Sonisphere 2012. Polvo, desidia y metal

Por Ricardo Barquín Molero 2

Público | Ricardo Barquín Molero.

El relato de como fuí uno con la masa de camisetas negras, como descubrí el secreto del éxito de Metallica y como sin quererlo acabé encontrando la sabiduría: si te gusta un grupo, no vayas a verlo a un festival.


Primer día.

Afueras de Getafe, auditorio John Lennon. Cuatro años después, todavía se perciben ecos del enorme concierto de Rage Against the Machine en el Electric Weekend. —Ricardo, abuelete, céntrate, no empieces con las batallitas. —Vale, me parece bien.

Toses. Carraspeo. Voz de Constantino Romero. Mayo, 2012, Sonisphere. Entramos al recinto. Al fondo de la polvorienta pradera llena de ñus vestidos con camisetas negras, en el escenario principal, se escuchan los últimos compases de Six Hour Sundown, el grupo de la hija de Steve Harris. Pause. Si necesitas que aclare quién es Steve Harris, deja de leer esta crónica AHORA MISMO y muérete. Play. Entramos y vamos de cabeza a ver Rise to Remain, —activando modo Ana Rosa del Metal— la banda del hijo de Bruce Dickinson (si tampoco sabes quién es, MUÉRETE dos veces y vuelve a la casilla de salida). A pesar de la hora y sobre todo de la que estaba cayendo, los chavales lo dieron absolutamente todo. Un funeral vikingo, honor eterno y alojamiento & desayuno en el Walhalla para ellos por el directo que se marcaron. Abandonamos el escenario pequeño para dedicarnos a aspectos más mundanos, más de simples mortales, de esos que no vienen a cuento. De fondo, unos Corrosion of Conformity mutilados y con problemas de sonido. No nos acercamos, me niego a verlos sin Pepper Keenan al frente. Vuelta al escenario pequeño. Skindred. Llegó por fin el momento de echar unos bailes, intensos pero sincopados, a costa de y gracias a estos jamaicano-galeses surgidos de las cenizas de Dub War. Todo su repertorio fue debidamente coreado, como himnos eternos que ya son.

Six Hour Sundown | Sonisphere Festival

Primer acercamiento al escenario principal. Sonata Arctica. Parafraseando a Gandalf, «¡corred, insensatos!» Vuelta al pequeño. Kobra & The Lotus. Canadienses. No nos importa, no somos racistas. Nos lo agradecen y nos regalan una versión del “Heaven & Hell” de Black Sabbath (época Dio), que, como metaleros de bien que somos, agradecemos efusivamente. La masa de camisetas negras, tatuajes y complementos corporales metálicos se remueve inquieta, parece que al otro lado del recinto comienza Limp Bizkit. Vayamos a ver. Público más que entregado, sonido regulero.

Limp Bizkit | Sonisphere Festival

La banda de Fred Durst y su fiel guitarrista —amante del maquillaje corporal y seguidor de aquello que cantó Celia Cruz sobre que la vida es un carnaval—, a pesar de basar su repertorio en los himnos del chándal-metal de ayer y de siempre, aburre, resulta poco creíble, casi caricaturesca, le sobra postureo de rapero blanco pijo y para colmo son las 21:35 y en nuestro ya querido escenario pequeño va a comenzar Kyuss Lives! Se hace raro y artificial ver solo al 50% de una banda que ha sido importante en tu formación como amante de los sonidos embrutecidos, más sabiendo que un 25% (Josh Homme, Queens of the Stone Age) ha llevado a ese 50% a los tribunales por el uso del nombre y por fraude, y el otro 25% no se habla con el 75% anterior desde 1991. Aún así, ver, escuchar y sentir en directo temas como “Green Machine” o “Thumb” te abre los chakras y te sintoniza con el universo, además de llenarte de yunques el estómago. Sensación agridulce, de todas maneras.

Cae la noche y en el escenario principal aparecen con un poco de retraso The Offspring. Como hace cuatro años, se les escurrió una oportunidad de oro entre los dedos, y se marcaron un concierto irregular, con un setlist poco acertado y lleno de altibajos. No nos quedamos hasta el final —empezaba Paradise Lost—, pero supongo que lo darían todo en los últimos minutos. No lo sé. Creo que tampoco me importa (bueno, he de admitir que estoy dolido porque no tocaron “All I want” y “The kids aren’t alright” mientras los estaba viendo). Cambio de escenario. Paradise Lost. El motivo principal de mi visita a este festival. Error. Mal, muy mal. Escribe cien veces «si te gusta una banda, no vayas a verla a un festival.» Tatuatelo en la espalda. Decepción. Setlist novelero, casi ningún clásico, apenas “As I die”. Entrega casi nula, y ni siquiera agotaron los 45 minutos que les correspondían. Y encima, samplers omnipresentes para intentar emular lo sobreproducido de sus discos. Decepción, reitero.

Escenario principal | Sonisphere Festival

Aunque la cosa cosa podía ir a peor, y así fue. Escenario principal. Soundgarden. Imagen uno. La puesta en escena, todo un descaro, parecía que estábamos en 1991 y que acababan de publicar el “Badmotorfinger”. Sinceridad e integridad 100%. Imagen dos. Repertorio anodino y desafortunado, acompañado de una entrega nula. Imagen tres. Pantallas gigantes retransmitiendo —en blanco y negro, en plan filtro cutre del Instagram— a gente bostezando en las primeras filas. Imagen cuatro y fin. Ni siquiera con “Jesus Christ Pose” fueron capaces de enmendar el desastre, y eso que sonaron muy pero que muy bien. Así que mejor ir al otro extremo del festival a por algo de cenar, en medio de la polvareda y a unos precios en la tónica de los de las barras, prohibitivos. En el hueco entre Soundgarden y Machine Head, un pedazo de sorpresa. Escenario pequeño. Orange Goblin. Abran ahora mismo su gestor de torrents favorito y a darle caña a la discografía de esta banda inglesa. Say no more. Último concierto de la noche. Machine Head. Enormes. O hubiesen sido enormes si la percusión, sobre todo el doble bombo, no hubiese presidido todo el concierto, cual show de Mayumaná, o si a ratos se hubiesen escuchado las guitarras, o la voz. Toque serio a la organización con este tema, el sonido ha fallado mucho en esta edición. Aparte de esto, Machine Head dejaron claro que no son una rémora de los noventa como la mayoría de los cabezas de cartel de Sonisphere 2012, sino que tiene todavía mucho recorrido por delante. Después del concierto, carretera y manta en forma de pateo gordo por el Getafe profundo y por medio Madrid.

Segundo día.

Un pequeño error a la hora de coger el tren de cercanías nos conduce a ninguna parte en vez de al festival. Este pequeño error nos cuesta perdernos a todo el primer bloque de bandas y llegar al final de la actuación de Mastodon. Además, colas enormes para recoger pulseras y para entrar en el recinto. Escenario grande. Últimos temas de Mastodon. Una bofetada en forma de sonido pésimo, actitud distante y un directo hueco y apuntalado nos hace plantearnos si Mastodon son un grupo de directo, más si cabe viendo el contraste entre los grandes discos que nos han regalado estos años y el show presenciado. Cambio de escenario. Últimos diez minutos de Children of Bodom. Enormes y salvajes. Lleno absoluto. Cambio de escenario. Within Temptation. Sin comentarios. Cambio de escenario. Ghost. Quizás el de los suecos fue uno de los conciertos más interesantes del festival. Presentaban —disfrazados de penitentes y obispos satánicos y manteniendo, como es costumbre en ellos, el anonimato a sangre y fuego— su ópera prima “Opus Eponymous”. Como tenía que ser, cada tema de esta joya de doom psicodélico fue debidamente coreado y acompañado de cuernos al aire por una multitud entregada. Una pena que tocasen a la luz del día, seguro que la experiencia Ghost gana mucho de noche, con oscuridad, luces, humo, azufre, Satán y Belcebú.

Público | Sonisphere Festival

Cambio de escenario. Slayer. A veces viene bien tener que tragarte tus propias palabras. Después de haberlos visto al menos 3 ó 4 veces, y de no tenerlos marcados en rojo en mi agenda Sonisphere, debido a malas experiencias vividas esas 3 ó 4 veces, tuve que pedir públicamente perdón y postrarme de rodillas ante el águila de acero y ante las cinco espadas en forma de pentagrama. Slayer siguen siendo una maldita apisonadora, y que —por fin— el sonido comenzase a mejorar en el escenario principal ayudó bastante a disfrutar intensamente de clásicos —grabados a fuego en mi adolescencia metalera— como “Angel of death” o sobre todo “South of heaven”. Por una cuestión de pura logística y geopolítica no cambiamos de escenario, nos perdemos a Enter Shikari y avanzamos machete en mano entre la masa de futuros miembros de la Guardia de la Noche, buscando un hueco privilegiado para ver a Metallica. Como no podía ser de otra manera, éstos volvieron a confiar en el mejor de los teloneros: Sergio Leone. A continuación, un “Hit the lights” directo a la yugular, comenzando un primer bloque de temas de sus cuatro primeros discos: “Master of puppets”, “Shortest straw” y “For whom the bells tolls” —increíble—. Después, apagón y pequeño documental sobre el Black Album en 1991: historia, grabación, ventas, gira de 3 años, etc. ¿Por qué? Porque por si no lo sabíais, el gestor de Metallica les aconsejó un día que la gira de este año la cimentasen sobre el disco que supuso no sólo su declive, sino también la traición a sus seguidores y a su sonido. Un disco hecho a la medida de la MTV y de la radio-fórmula. Pero bueno, en el fondo eso es Metallica, y su éxito se basa en ser una mezcla de empresa triunfadora y de motosierra perfectamente engrasada, acompasada y muy afilada, y también en su increíble directo.Vaya tela lo que disfruté tragándome mis prejuicios. Tras el vídeo van y se tocan todo el maldito disco, comenzando por el final hasta llegar al cansino “Enter sandman”, el tema más versionado en las fiestas de tu instituto. Entre medio, joyas escondidas como “My friend of misery” y temazos ya eternos como “Wherever I may roam” o “The unforgiven”. Opinión personal del experimento Black Album: se me hizo un poco largo, y los propios Metallica creo que son conscientes de que la operación de marketing es un poco forzada y por eso hicieron especial hincapié en apoyar los temas con unas visuales exquisitas y con una realización perfecta de las imágenes del directo, amplificado todo esto por la gigantesca pantalla central. Y después, para rematar, los bises. La monumental “Battery” acompañada de llamaradas de varios metros de altura, la antimilitarista y todavía más monumental “One”, llevada al paroxismo gracias a pirotecnia y una batería de lasers digna de Jean Michel Jarre en sus buenos tiempos; y de postre, “Seek and destroy”. Si alguien no salió de este concierto con una sonrisa de oreja a oreja es que ni tiene corazón ni una camiseta de Metallica de 1993 desteñida, en el fondo del cajón, escondida a salvo de su madre.

Metallica | Sonisphere Festival

Enésimo cambio de escenario. Gojira. Su directo, de lo mejorcito de todo el festival. Si aplicamos la ecuación «ganas y energía sobre el escenario» multiplicado por «repertorio interesante y contundente» dividido por «fidelidad a los principios básicos de la música embrutecida», los franceses sacan mejor nota que muchos de los cabezas de cartel. Cambio de escenario. Evanescence. Sin comentarios. Podéis insultarme. Cambio de escenario. Últimos minutos de Gojira. Bien, chavales, el futuro del metal es vuestro. De repente, momento bajón talla XXL: el retraso acumulado por el montaje y desmontaje del set de Metallica pospone un par de horas el concierto de Fear Factory. La perspectiva de que en el escenario principal están unos Evanescence en plena gala de Eurovisión versión América profunda, y en el escenario pequeño unos desconocidos —para mí— Clutch, sumado al hecho de que llevamos unas 10 horas de pie y haciendo cuernos con el brazo levantado, y de que si me quedo en el festival, los compinches que todavía aguantan son de esos que me harían perder al día siguiente el autobús de vuelta a Sevilla, hace pensar en la dorada perspectiva de una retirada a tiempo, quizás hasta en taxi, de puerta a puerta, como los señores. Otra vez será, Fear Factory. Adiós, Sonisphere. Adiós, masa anónima vestida de negro y amante de sonidos desgarrados, gracias por acogerme durante dos días en tu seno.

 

Licencia: http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/

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