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Algunas propuestas para el Sevilla Festival de Cine Europeo (II)

Por Sergio L. Morente 0

Tras el artículo dedicado a Miguel Gomes con motivo del estreno de Tabu, proseguimos ahora con:

 
JEM COHEN

Enfrentarse a un texto sobre la figura de Jem Cohen cuando uno no ha visto ni una cuarta parte de su filmografía parece, a primera vista, tanto un suicidio como una insolencia. Sin embargo, peor aun resultaba dejar pasar la oportunidad de hacerlo cuando, gracias al Sevilla Festival de Cine Europeo, los sevillanos y demás visitantes tienen la posibilidad de disfrutar de su más reciente trabajo (y primera ficción propiamente dicha), la demoledora Museum Hours.

La música y la ciudad son los dos polos entre los que bascula la obra del cineasta norteamericano. Testigo directo de la eclosión de la escena punk americana de los 80 y de algunas de sus posteriores derivas, a él le debemos algunos de los mejores videoclips de bandas como R.E.M. (Belong, Talk About The Passion, Country Feedback, Nightswimming o E-Bow the Letter) o retratos tan intensos y certeros como los vídeos para los desaparecidos Elliot Smith, Vic Chesnutt o Sparklehorse. Aunque, sin duda, Cohen sigue debiendo su reconocimiento, en gran medida, a Instrument (1998), su documental sobre Fugazi, fruto del trabajo de diez años filmando a la banda durante sus sesiones de grabación o sus conciertos (memorable el momento en que Picciotto canta colgado de una cesta de baloncesto durante la actuación en un instituto), pero sobre todo en sus momentos de inactividad, en los tiempos muertos, quedando fielmente reflejado el fuerte componente ideológico que desprenden tanto las letras como la propia actitud del grupo, especialmente respecto a su posición de outsiders vocacionales dentro de la industria del entretenimiento.

Mejor todavía, si cabe, resulta Benjamin Smoke (2000), dirigida junto a Peter Sillen, y también el resultado de diez años siguiendo la trayectoria de un músico, esta vez la del controvertido Robert Dickerson, activista gay y líder de bandas como Smoke u Opal Foxx Quartet. Otro de sus recientes trabajos sobre música es Building a Broken Mousetrap (2007), filmación de un concierto de The Ex trufado de imágenes de la ciudad de Nueva York y de manifestaciones antibelicistas y en contra de la gestión del presidente Bush.

No obstante, es en su vertiente de retratista de entornos urbanos donde encontramos a Jem Cohen en estado puro. Y es que, como tantas veces se ha dicho, el cineasta encarna como pocos la figura del flâneur. Armado con una cámara de pequeñas dimensiones, Cohen, gran observador y coleccionista de pequeños fragmentos de la vida diaria, se lanza a la caza de imágenes en sus vagabundeos por diferentes ciudades, ya sea en los Estados Unidos (con especial insistencia en Nueva York, la ciudad donde reside), con obras como Lost Book Found (1996), Little Flags (2000) o NYC Weights and Measures (2006), o la Europa Central y del Este en Buried in Light (1997), logrando captar la esencia misma de los lugares que retrata. Según Cohen, es en los espacios públicos donde está representada la democracia, además de que, al ser espacios no controlados, es donde se pueden descubrir y capturar los acontecimientos más inesperados. Con su largometraje Chain (2004), sin embargo, pretende demostrar el fin de ese tipo de lugar al explorar el espacio de los centros comerciales: público pero a su vez enteramente controlado.

Permitidme un pequeño inciso antes de proseguir: a aquellos que hayáis clicado en alguno de los enlaces superiores y hayáis salido huyendo despavoridos, os recuerdo que Museum Hours es una ficción (no quiero que los del Festival me acusen de espantarles la clientela).

Pues bien, esa dicotomía entre lo público y lo privado se ve claramente reflejada en Museum Hours. La historia de Johann, antiguo punk y ahora convertido en vigilante del Kunsthistorisches Museum de Viena, y Anne, una extranjera recién llegada a la ciudad para visitar a una pariente enferma, le sirve a Cohen de punto de partida para explorar las relaciones entre las imágenes y dar rienda suelta a su pasión por el fragmento, prestando una gran atención a los detalles. La curiosidad de su cámara no tiene límites. Son constantes las fugas, abandonando una y otra vez a los personajes para mostrarnos lo que ocurre al mismo tiempo a su alrededor o en otros lugares de la ciudad. La mirada del cineasta parece obstinada en acabar con la jerarquía de las imágenes, intercalando con sutileza planos de obras de arte con otros de elementos que encuentra en las calles de Viena, como una lata de refresco en el suelo. Su cinta enfrenta a sus dos protagonistas, a sí mismos, entre sí y ante la propia ciudad, pero enfrenta también a las obras de arte expuestas con sus espectadores. En definitiva, la película es una coreografía de fragmentos, de gestos, donde precisamente parecen diluirse los límites entre lo público y lo privado, pues ambos confluyen, se cruzan, dialogan, formando un todo.

No recuerdo bien dónde leí que la diferencia entre el vídeo aficionado y el cineasta es que, mientras el primero solo precisa de una imagen, el segundo necesita dos. Lejos de pretender aquí (y menos a estas alturas del artículo) iniciar un debate sobre el cine como arte de la imagen versus el cine como arte del montaje, y aun siendo el propio Jem Cohen especialista en obtener instantáneas de una gran belleza, es solo a través del montaje como consigue hacer que nos emocionemos viendo, por ejemplo, un letrero apagarse. Porque, ¿de qué hablamos cuando decimos que un cineasta extrae poesía de los objetos y gestos cotidianos? La poesía no está en el objeto ni en la composición ni en el encuadre; está en el montaje.

 

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