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La gran gala de Tarántula

Por Marcos Gendre 0

Fotografía de Carmen Lloret.

Cachondeo desde los primeros compases de la puesta de largo del nuevo trabajo en cuatro años del grupo catalán.

El ambiente que se respiraba en la sala Sidecar el viernes 14 de diciembre parecía un filtro espacio-temporal hacia los tiempos de los Alcántara, la familia más famosa de la caja tonta durante estas dos últimas década. Rockabillies, gafapastas de patilla cuadrada, glamurosos disfrazados de Ziggie Stardust, camisas de leñadores canadienses, la fauna para la ceremonia de rock mutante que brindaros durante casi dos horas era, sin lugar a dudas, la más propicia.

Con el público repleto de amigos, conocidos y allegados, Tarántula pocas veces tendrán el terreno tan allanado antes de dar comienzo un concierto. Complicado. Sin dejarse llevar por la relajación que podría implicar verse en tan favorable situación, lo que nos ofrecieron Vicente Leone, Dani Descabellado y sus secuaces fue toda una declaración de principios en la que no se echó de menos a Joe Crepúsculo, uno de los bastiones más sólidos de la primera encarnación de la banda. Cambiando el tecladillo de feria y las casposas programaciones de antaño por una contundente base rítmica, las canciones antiguas perdieron sorna, pero ganaron en nervio y poderío, algo que se agradece, siendo como es el verdadero corazón que late en cada canción de Tarántula: una espasmódica trituradora de rockabilly, rock fronterizo, pulso latino y punk de choque y derribo. Apabullantes e intercalando en cada canción comentarios delirantes y chistes castizos desde la mortadeliana figura de un Vicente que, como siempre, llegó con su cuadro de Roy Orbison para guiar sus musas encima de la palestra. Compartiendo escenario con personajes como “El Arcipreste de Navia”, la actuación no perdió fuelle ni cuando un acentuadísimo amiguismo devaluó algún momento de la noche. Daba igual, son Tarántula, unos “fracasados” donde la pose está penada con la expulsión de su circo italiano sin máscaras.

Partiendo como es habitual con “Condes de Barcelona”, la actuación fue un “coitus interruptus” de intensidad, en la que mucho tuvo que ver la guitarra atormentada de un Dani Descabellado cada día más desmelenado. Dando mucha cancha a su nuevo álbum que, dicho sea de paso, está un escalón por debajo de los imprescindibles Esperando a Ramón (2006) y Humildad Trascendental (2008), los mejores momentos llegaron cuando antes del único bis de la noche se pegaron un aplastante “Empresarios y Secretas” difícil de olvidar. Pogo desenfrenado, gente volando entre el público, por un momento parecía que ahí arriba estaban Minor Threat haciendo de las suyas.

Inolvidable para el que estuvo allí, el que se lo haya perdido que se ponga una peli de John Waters con banda sonora de Johnny Cash. Será lo mejor manera de intentar recrear un momento simpar.

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