banner WIR

Pop grande

Por Jose A. Rueda 3

Reconozco que soy de los que se incomoda con el término ‘popero’. Creo saber, con más fondo que forma, la diferencia entre pop y rock; pero, al margen de tan inútil separación, lo que mantengo firmemente es el sentido peyorativo de las palabras ‘popero’ y ‘rockero’. Rusos Blancos acaban de editar un disco de pop. ¿Un disco popero?. No, en tanto en cuanto para el que escribe estas líneas ‘popero’ debería venir en el diccionario como “música pop ligera, vacía y con pretensiones comerciales”.

Y eso no representa a Tiempo De Nísperos, un deslumbrante trabajo realizado por seis jóvenes que exigen atención, cantan por necesidad y cuentan con urgencia lo que sienten. Esto, amigos, es la base del buen arte. Un arte que da la espalda a la todopoderosa industria del entretenimiento, por mucho que la crítica barata aún no haya perdonado a los madrileños aquel flirteo con el mainstream adolescente de “Física o Química”. Los otros, los que no vieron en Rusos Blancos un burdo hype a la española, hablaron de “la gran esperanza del pop estatal” a propósito de Sí A Todo (Ernie, 2011). Con este segundo disco, la banda confirma que son, en verdad, la gran realidad del pop patrio y que vienen decididos a ocupar el hueco dejado por bandas como La Buena Vida y La Costa Brava.

Repartido en diez canciones, Tiempo De Nísperos es un discurso sobre el amor. Sí, otra vez el amor en el pop. Y es que, como lamenta Manuel Rodríguez en el estribillo de “Hogareña”, «ya sé, hablo sobre lo mismo siempre». El disco de Rusos Blancos es la historia de un hombre derrotado, de las brumas ante el fracaso anunciado y de la imposibilidad para el amor. El estribillo de “Orfidal y Caballero” también resume con claridad el espíritu del álbum: ese «soy un hombre triste» repetido hasta el fade out pide brazos en el aire cual nuevo himno generacional.

Diez canciones como diez capítulos de una misma historia. Episodios que, de pertenecer a una serie televisiva, nos transportarían a los últimos 70 y primeros 80, pues el trabajo compositivo envuelve las letras con una producción digna del mejor hi-fi de aquellos años. Las reminiscencias al soul y a la disco se muestran en la plasticidad de las guitarras y en la presencia casi insistente de violines y vientos. Las dosis de tropicalismo van en aumento desde “Baile Letal 3” hasta explotar en “Bonito Cortejo”, rastros evidentes del antes y el después que ha supuesto el Pop Negro de El Guincho, así como la creciente notoriedad de sus compadres Extraperlo. En todo lo relativo a la producción, Tiempo De Nísperos requiere una escucha atenta, pausada, cual erudito contemplando los trazos de un cuadro o las protuberancias de una escultura. Cada detalle importa. Cada pieza sonora aporta un matiz importante en este entramado musical que ha grabado una fiera del sonido como es Paco Loco.

Pero volvamos a la lírica. El punto de vista masculino y algunos latigazos de Manu como «escribí ‘puta’ en tu puerta, pero tú sabes que quería decir ‘te quiero’» amenazan a Rusos Blancos con militar en la lista de “machistas gafapasta”, pero, ojo, la banda madrileña cumple la “ley de paridad” en sus filas. Laura y Elisa -bajo y batería respectivamente- equilibran la balanza también con sus coros. Además, Elisa coprotagoniza “La Playa De Los Locos”, que, sin aproximarse demasiado al modelo J Planetas-Irantzu La Buena Vida (o, últimamente, J-La Bien Querida), sí que evoca la psicodelia planetera (también lo hace, aunque en menor medida, “Algunas Cosas Sobre Mí Que Aprendí Estando Contigo”), a la vez que marca un punto de inflexión en el disco. Hasta ese instante, canciones como “Dudo Que El Amor Nos Salve” (muy Grizzly Bear) y “Baile Letal 3” anunciaban la catástrofe amorosa. A partir de “La Playa De Los Locos”, la ruptura se consuma y Chica reconoce a Chico que «no hemos podido pararlo a tiempo», y sin embargo le pide «hazme enloquecer como antes», porque al fin y al cabo «estuvo bien» (¿quién no se ha dado alguna vez uno de estos “homenajes post-relacionales”?). Tras el final de la relación, a Chico no le queda otra que bajar los brazos y canalizar las lamentaciones en un tono primero irónico (“Bonito Cortejo”), luego melancólico (“Marina”) y al final desesperanzado (“Se Me Enamoran”).

Un inicio y un desenlace que conforman en realidad un bucle, pues todo vuelve a ser como al principio. En conclusión, Chico es un negado en el amor, y sus miedos, rabias y penas conforman una obra de diez actos deliciosamente musicados por el sexteto madrileño. Los detractores, los que esperaban cuchillo en mano la inminente amenaza de otro disco popero de canciones insípidas, pueden bajar la guardia. Tiempo De Nísperos es otra cosa. Rusos Blancos es lo que el pop bien entendido estaba esperando.

Rusos Blancos
Rusos Blancos
banner WIR