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Upstream Color, la nueva obra de Shane Carruth

Por José Ángel López 0

Hace nueve años un tipo de Carolina del Sur revolucionó con 7.000 dólares de presupuesto el cine de ciencia ficción, más concretamente el de viajes en el tiempo y todas sus paradojas. Primer ganó el premio del jurado en el festival de Sundance y el título de película de culto para muchos de nosotros, que salíamos del cine con un sinfín de teoría sobre lo que habíamos visto. Pero no solo el laberíntico argumento nos hizo volver al cine a verla, la hipnótica y poderosa técnica de rodaje de Shane Carruth hacía imposible dejar de mirar la pantalla a pesar de no entender del todo lo que allí ocurría. Todos nos íbamos a casa en silencio con esa mirada boba de vaca en la puerta del matadero, con ganas de decir algo pero sin palabras. Ahora, casi una década después, estrena Upstream Color, su segunda película que abre un paréntesis en su verdadero proyecto, A Topiary, film en el que lleva trabajando años. Pero centrémonos en lo que tenemos. Para empezar en la fuerza visual de esta película, con puntos comunes con el cine, ahora venerado y modernísimo, de Malick. La fotografía, la cadencia, las elipsis, la planificación de los planos, los espacios abiertos, la coreografía perfecta con una banda sonora infusa deleitarán a los fanes del director de El árbol de la vida.

Ahora viene lo complicado, el argumento. Una chica, Kris (Amy Seimetz), es atacada por un ladrón que introduce unos gusanos en su organismo que le anulan la voluntad, durante unos días acata todas las órdenes de su captor totalmente hipnotizada. Una mañana se levanta sin recordar nada y contempla aterrorizada como debajo de su piel se mueve algo vivo, se lo intenta arrancar con un cuchillo y de desmaya hasta que un extraño tipo la opera y traspasa los parásitos a un cerdo. El resto de la película, más de una hora, se centra en la relación de ella con Jeff (Shane Carruth), que ha pasado por una experiencia igual. Los recuerdos se mezclan con la realidad y las heridas, visibles e invisibles, tejiendo una historia de amor hipnótica, críptica y desoladora. Y a pesar de todo, una extraña sensación de bienestar y esperanza de apodera de mí cuando aparecen los títulos de crédito. Medio enfadado, medio maravillado por lo que acabo de ver, pienso en los muchos momentos exasperantes de Upstream Color que la alejan del cine que pone mi piel de gallina. Y, sin embargo, necesito verla otra vez. Maldita adicción que siempre crea este genio de Carolina del Sur.

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