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Spring Breakers

Por José Ángel López 0

Un miércoles de 1.996, creo recordar que era verano, en unos cines que ya no existen, sin apenas referencias porque no tenía dinero para comprar revistas, entré en la sala totalmente vacía a las doce de la noche para ver Kids. Cuando acabó volví a casa pensando cuanto odiaba mi vida, por alguna razón boicoteaba toda posibilidad de pasarlo bien con responsabilidades, timidez, horarios que cumplir y un futuro lleno de hijos, perros y domingos en una piscina de urbanización cerrada. Necesitaba derribar ese puto muro que yo mismo había construido ladrillo a ladrillo y sentir el viento en mi cara conduciendo un descapotable a 200 km/h por una autopista que me llevase lejos. Necesitaba dejar de ser pequeño. Necesitaba vaciarme. Esa noche no dormí pensando en cambiar y dejar de importarme lo que piensan los demás. Experimentar y hacer daño a cualquiera que se me cruzara. Cosas de la juventud.

Harmony Korine escribió el guión de la película de Larry Clark con 19 años, ahora con 40 con regala su quinta película como director, Spring Breakers, la historia de cuatro adolescentes que se van de vacaciones de primavera huyendo de la monotonía de la universidad y la fealdad cromática de lo que las rodea. Todas se sumen en una orgía de alcohol y drogas que promete una eternidad de placer. Y la pregunta que plantea Korine mientras nos enseña una fiesta en la que se esnifa cocaína en el cuerpo desnudo de una adolescente es: ¿quién puede dar la espalda a la tentación que supone disfrutar del paraíso en vida; sin culpas, sin reglas, sin dioses? Y aunque todo paraíso tiene su infierno, merece la pena pagar el precio de la felicidad por sentir durante un instante la libertad absoluta y despreocupada.

No hace falta rodar una película sesuda y en blanco y negro con música de Monteverdi para remover nuestras conciencias, Spring Breaker lo hace con el exceso fotográfico, con la caricaturización de todos los personajes, con canciones de Britney Spears y con un tiroteo final digno del mejor spaghetti western. Y aunque tiene muchos defectos, la hora y media de metraje nos transporta a ese lugar oscuro donde cavamos una fosa y enterramos al monstruo que siempre nos condicionará: la adolescencia, esa época de la existencia que creíamos que duraría siempre, con sus hormonas y sus frustraciones. Esa época que sale de vez en cuando para desestabilizar nuestro presente y recordarnos que nunca viviremos suficientes experiencias.

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