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Triángulo de Amor Bizarro: Delirante victoria

Por Jose Eduardo Medina 0

Parece ser que la Lucha de San Jorge y el dragón, de Peter Paul Rubens, colgaba ante los invitados del rey Felipe IV, como expresión de poder, en la antesala a la cámara real del Palacio del Pardo. Pasados tres siglos, vuelve a ser preludio y símbolo de magnitud para el trono elevado a la distorsión por los gallegos Triángulo de Amor Bizarro.

Año Santo (Mushroom Pillow, 2010) había sido la salida indemne de la banda del homónimo debut, cuyo éxito superó todas las expectativas, apoyándose en De la monarquía a la criptocracia, segundo corte en el disco pero, con diferencia, la primera en la lista de canciones más pinchadas aquel año. El despegue, del reducido circuito noise a las pistas de baile, y la creciente popularidad conseguida con un sonido más pegadizo podía ser una tentación para cambiar el rumbo de los gallegos.

Las dudas comenzaron a despejarse el verano pasado cuando se tuvieron noticias del tercer disco, comenzando la grabación bajo la tutela de Peter Kember, excomponente de Spacemen 3, y en noviembre dejábamos atrás la incertidumbre con el primer adelanto digital. En aquel EP, de un par de canciones, las estrofas de Ellas se burlaron de mi magia se repetían agresivamente, al dictado del rígido ritmo de batería, sobre un fondo de guitarras distorsionadas. Similar esquema abre el disco, donde se vuelve, una y otra vez, de forma obsesiva sobre las mismas frases — ‘el acero del partido, el acero del partido, guillotina, guillotina ‘ — con el críptico discurso político ya presente en su debut, sobre chirriantes sierras mecánicas, como inconexas visiones del futuro al que nos arrastra la situación del país.

Es una constante, en la línea compositiva de Victoria mística (Mushroom Pillow, 2013), sacar a la luz las vergüenzas de nuestras circunstancias. La vivencia propia revela la hipocresía del amor a la productividad alemana, para que todo permanezca ‘como siempre ha sido y será ‘. ‘No te servirá de nada lo que consigas, no te servirá de nada lo que querías‘, esa máxima, repetida en De la mano de las almas oscuras, acompañando a unos acordes y un distorsionado coro que serían muy del gusto de Kevin Shields, contagia de nihilismo un discurso construido para llevar al límite voces e instrumentos, modificados hasta rozar lo enfermizo.

No podía faltar, para terminar de incendiar la victoria, una ración de autocrítica hacia la industria musical, siguiendo un camino recorrido por otros, especialmente hacia esos artistas que pierden la noción de la realidad, y de a quien se deben, perdidos por sus egos. Saca Isabel Cea ese lado más punki — ‘sonríe, hostia‘ — para la cara más sarcástica de un disco con un reverso muy oscuro que habla de rezos, fuego, cadenas y sangre. Una victoria tan inquietante como el deforme San Jorge de la portada, donde la única luz y redención posible vendrá de una fosa común.

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