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¡Bailad malditos!

Por Ignacio Sánchez 0

Lo reconozco, hasta hace un par de semanas no me había parado a escuchar detenidamente a Crystal Fighters. Nunca los había visto en directo, y eso que en alguna ocasión pude hacerlo como en el FIB 2011, pero la asombrosa acogida de su llegada a Madrid, agotando tres fechas en una sala de aforo considerable como la But, me intrigó hasta el punto de intentar ver cuál era su secreto, a qué se debía este fervor casi más propio de bandas que llenan estadios que de un “grupo medio” del indie internacional.

por Ignacio Sánchez
por Ignacio Sánchez

El primer shock nada más llegar a la sala pasadas las ocho de la tarde. Una enorme cola espera ansiosa entrar con su DNI en mano a petición insistente de los porteros. Es éste el segundo shock, que casi el 80% de los presentes rondan los 18-20 años. Un público joven y entregado que pasa absolutamente de la sesión de Meneo, encargado de ir calentando el ambiente, llegando incluso a pitarle a lo que el guatemalteco respondió. La muchachada se había dejado los euros y quería ver a sus ídolos, unos británicos que parecen ser más querido e idolatrados aquí que en su tierra. Podría pensar que, salvando las distancias, estamos ante otro caso como el de The Wave Pictures.

Horario clavado y a las nueve y media las luces se apagan, los chavales gritan y ahí están ellos. Uno a uno van desfilando hacia el escenario y comienza la fiesta. A partir de ahí algo más de setenta minutos de locura y desenfreno, sudor y baile. A las primeras de cambio Sebastian Pringle y los suyos me estaban dando la respuesta a mi pregunta sobre su éxito, la gente quiere pasárselo bien y olvidarse de los problemas y Crystal Fighters parecen, o por lo menos anoche lo parecieron, la banda perfecta para desconectar durante un buen rato de la realidad. Su música basada en ritmos acelerados de factura simple lo tiene bastante fácil con el público menos exigente que solo quiere evadirse de esta realidad que nos golpea día a día. Parafernalia hippie atrezando el escenario, al igual que su singular cantante, erigido como mesías de la fiesta y el buen rollo, decidido en dar pocos discursos e imprimir un ritmo al borde del infarto para casi hilar los temas. No importó mucho la txalaparta vasca o el ukelele, que parecían más puestos a modo de decoración que como instrumentos destacados, sobre todo el primero, ya que su sonido a duras penas veía la luz enmarañado por las bases y la pegada de la batería.

por Ignacio Sánchez
por Ignacio Sánchez

Desde las primeras notas de “Solar System”, con la que abrieron, hasta el cierre en el bis de “Xtatic Truth” la sala But se convirtió en la celebración acelerada de la música y la amistad, donde las melodías pegadizas de los británicos ejercían de hilo conductor. Sonrisas dibujadas en las caras de las ochocientas personas allí congregadas y un hecho innegable: era imposible estarse quieto, si no era porque tus pies seguían sin remedio el ritmo, era por los empujones y saltos de tus vecinos de espacio. Solo a la mitad de la noche un pequeño respiro entre comillas con “Love is all I got” y “You & I” servía para coger aire para la recta final con un Graham Dickson chorreando sudor y aún con ganas de seguir recorriendo el escenario repartiendo riffs.

Si la vida es corta y hay que disfrutarla al máximo quizá Crystal Fighters sea uno de esos grupos con los que deberíamos contar.

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