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La fiesta del Instituto Mexicano del Sonido en Madrid

Por Ignacio Sánchez 0

Desde hace siglos la música está presente en la vida de los seres humanos, utilizada para transmitir mensajes, historias o simplemente como un ejercicio de distracción. Un arte que desde la antigua Grecia, pasando por los juglares de la Edad Media hasta nuestros días, ha ido evolucionando y sobre todo ha llegado a más y más personas, dejando de ser algo para las clases pudientes a ser algo casi cotidiano, puede que incluso una droga para algunos o muchos, según se mire.

por Ignacio Sánchez
por Ignacio Sánchez

Aquí un yonki declarado se dejó llevar el jueves noche por la música de uno de los juglares más divertidos que existe en la actualidad. Estoy hablando de Camilo Lara y su el Instituto Mexicano del Sonido. La sala Taboo, pequeña, barroca y hasta arriba de gente comenzó a caldearse con la sesión previa que fue poniendo en sintonía lo que posteriormente vendría, un auténtico vendaval de ritmos latinos que no dejé tiempo de respiro e hizo que más de uno saliera pasada la medianoche con algunos kilos de menos.

Como en una buena receta de la Thermomix, Camilo ha sabido escoger las cantidades exactas en los ingredientes para ofrecernos un cóctel imposible de rechazar. Salsa, cumbia, cha cha cha y demás ritmos del otro lado del Atlántico se abrazan con el fin de hacerlo pasar lo mejor posible. Una fórmula infalible que se espolvorea con una pizca de crítica social y política, hecho que ha aumentado hasta que la pizca ha pasado a ser un buen puñado en Político, su último trabajo y el motivo de su parada en la capital.

Con los ingredientes listos sobre la mesa y el fuego ya caliente, la salida del chef y sus ayudantes fue recibida un honor de multitudes. El agua estaba a punto de hervir y comenzar con “Cumbia” fue el punto justo que le faltaba para explotar. Sobre las bases pregrabadas Camilo, arropado por bajista y batería, fue haciendo un viaje casi por igual a lo largo de su discografía, recetario de platos suculentos, fáciles de preparar y de gusto sabroso.

Gestos, guiños y frases referentes a Madrid (la supuesta historia que creó “Hiedra Venenosa”) para buscar la complicidad de los asistentes eran recogidas con entusiasmo entre un público donde los seguidores exaltados se contaban por decenas, llegando algunos a asistir con camisetas tuneadas con frases del Instituto. Un Instituto que se propuso no dejar caer el balón de la fiesta edulcorando sus temas, acelerándolos, estirándolos para que el baile no parase. Si no era con “El Jefe” era con “Alocatel”, “Mirando a las Muchachas” y sobre todo el hit “Yo Digo Baila”. El buen rollo se respiraba en la sala y era imposible estar pasándoselo mal, mientras las gotas de sudor comenzaban a brotar. Con “México” por un momentos todos nos sentimos de aquel país, martirizado por la corrupción, casi como el nuestro.

El ritmo era alto, muy alto. Es lo que quería Camilo, que no paraba de recordarnos que todos teníamos que ir hacia arriba, más y más y más, tanto como la explosión que supuso “Escríbime Pronto” en la que nos hicieron a todos ponernos en cuclillas para romper, con la subida de la música, en un baile sin control. Era ya tarde, casi la una de la noche, pero nadie se quejaba, la gente pedía más, y con una falsa despedida, casi sin abandonar el escenario dispararon la grandiosa “El Micrófono” para dejarnos invadir el escenario con “Mi Negra a Bailal”, el corazón a doscientas pulsaciones y unas ganas de seguir la fiesta donde fuese. Es el secreto de la receta de esta juglar contemporáneo. ¡Viva el Instituto Mexicano del Sonido!


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