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El Lobo de Wall Street: el sueño del emprendedor produce monstruos.

Por Juanjo Rueda 0

Martin Scorsese hace años que es un clásico, esto no hace falta que lo diga yo o un Oscar de la academia. A pesar de ello su cine últimamente, hace unos cuantos años, venía sufriendo una despersonalización que estaba afectando a su característico modo de narrar; una despersonalización que no es más que el síntoma de uno de los debes más importantes del director norteamericano: la dificultad para salir o escapar con acierto de unos lugares comunes a su filmografía. Y “El Lobo de Wall Street” no hace sino ratificar este último hecho.

A pesar de haber rodado un drama de época tan increíble como “La Edad de la inocencia” (1993) o la visión más personal de la pasión de Cristo desde Passolini (“La Última Tentación de Cristo”), al cine de Scorsese le cuesta escapar del ambiente urbano del Nueva York de la segunda mitad del siglo XX, ya que ha sido uno de los mejores retratistas de esta urbe en ese periodo de tiempo. “El Lobo de Wall Street” es casi un compendio de lo más reconocible de su cine, casi, por momentos, una copia o autohomenaje pero que acaba funcionando quizá porque tenemos todos interiorizados esas marcas o tics característicos que nos ha ido dejando su cine. Su Jordan Belfort no deja de ser otro supuesto “chico listo” al igual que el Ray Liotta de “Uno de los Nuestros”. Uno de esos jóvenes ambiciosos al que el primer mundo capitalista le ha dicho que el único Dios que existe es el dinero y que si te entregas a él con todas tus fuerzas, conseguirás la tierra prometida. A todos nos han hecho creer que somos especiales pero los Jordan Belfort o los Henry Hill nos quieren decir que quién no triunfa no es nadie, y triunfar -para los cánones de esos personajes y de gran parte del mundo capitalista- es ganar dinero, mucho dinero. Da igual como lo consigas.

El sueño del emprendedor produce monstruos o el sueño americano produce monstruos. Ya que América -perdón, Estados Unidos- siempre ha esgrimido ese eslogan de “la tierra de las oportunidades”. Cualquier persona con una buena idea (aunque sea moralmente reprobable o completamente ilegal) puede conseguir triunfar y/o hacerse rico (para “el sueño americano” suele ser lo mismo). Hay un momento en que el personaje de Di Caprio lo deja claro: “¡esto es América!”, dice al respecto de la oficina de Stratton Oakmont en una de sus desquiciadas arengas a sus empleados, arengas más propias de un predicador sectario que de un jefe al uso. Un Leonardo Di Caprio que construye un personaje excesivo, como casi todo en esta película (para bien y para mal), sobreactuado en muchos momentos y que parece una mixtura del Gordon Gecko de Michael Douglas (“Wall Street”), el Frank T.J. Mackey de Tom Cruise (“Magnolia”) y el Johnny Deep  de “Miedo y Asco en las Vegas”. Casi más espectaculares están la lista de secundarios que van desde otro personaje lunático como el interpretado por Matthew McConaughey hasta Jonah Hill, que está quizá el más sublime de todos en una interpretación que parece conjugar lo mejor del Joe Pesci de “Uno de los nuestros” o “Casino” con el Sean Penn de “Atrapado por su pasado”.

Mientras, la cámara se mueve nerviosa (casi al ritmo de las diferentes sustancias estupefacientes) como (casi) siempre ha caracterizado al cine de Scorsese, alternando planos rápidos o planos secuencia de precisión milimétrica. Ayudado, como siempre, por el montaje de Thelma Shoonmaker, construye secuencias que casi parecen salidas de un sueño febril y que resultan increíbles que pudieran ocurrir, incluso para nosotros que vivimos en un país de Bárcenas, “Urdangarines” y “Dionis”. Secuencias que, como ya he dicho, a veces parecen homenajes a su cine como esas oficinas de Wall Street que parece salidas del lugar de trabajo del Griffin Dunne de “¡Jo, qué noche!”.

Leonardo Dicaprio in The Wolf Of Wall Street

Así vamos asistiendo al esperpento de unos personajes y su aventura de dinero, sexo, drogas y desenfreno. Unos personajes despreciables que, a diferencia de otros filmes de Scorsese, resultan casi imposibles el empatizar con ellos aunque uno les ría las gracias (como muchos hacíamos, hipócritamente, con los matones del colegio). Quizá ese es el mérito de Scorsese, hacer de narrador neutral (aunque algunos le han acusado de hacer apología de este modo de vida) dejando que cada uno ejerza su juicio moral a su gusto. Aunque da al personaje de Belfort la posibilidad de hacernos partícipes con algunos de sus “speechs” a cámara o su narración en off (otras dos características típicas del cine de Scorsese), esto no deja de parecer otra muestra del personaje de Belfort de intentar vendernos al espectador el humo del éxito como ha hecho con el resto de sus empleados de ficción para que nos preguntemos si hubiéramos participado de esta farsa capitalista.

Una película que no es redonda (la última hora se hace algo larga) y que no está entre el top de lo que ha hecho Scorsese en su carrera. Parece difícil que ya nos entregue una película a la altura de sus mejores obras pero es mucho mejor que gran parte de las películas que ha rodado estos últimos catorce años (incluida la sobrevalorada “Infiltrados”). Una película en que su mejor aval es su gran handicap: tiene el sello del director pero es un sello tan demilitado que parece dificil oxigenarlo dentro de una temática algo redundante en su cine.

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