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Fallece Harold Ramis: otra pequeña grieta al muro de los recuerdos infantiles

Por Juanjo Rueda 0

Ha fallecido Harold Ramis y con él un pequeño gran pedazo de infancia y primera adolescencia de muchos de nosotros. Porque el actor, director y guionista fue uno de esos rostros secundarios en, sobre todo, muchos filmes ochenteros que, a los que nos movemos por la treintena, nos resultaba tan familiar como algunos de esos parientes algo lejanos pero con los que, inesperadamente, te llevabas extraordinariamente bien.

Seguramente lo primero y principal que vamos a recordar de Ramis es su aportación a la saga de “Los Cazafantasmas” y ese hito, esa película de culto popular, que es “Atrapado en el Tiempo” (1993). Ramis, en “Los Cazafantasmas”, gastaba ese look de empollón resabiado -con ese pedazo de peinado y esas enormes gafas, look que cualquier moderno de hoy día querría- pero que parecía tener un lado de humor irónico muy fino que delataba que, seguramente, en el fondo era un cachondo. Un cachondo porque algunas de las comedias que asentaron parte del imaginario del niño y adolescente americano de los ochenta -y por ende, de gran parte del primer mundo occidental- llevaban su firma al guión. Hablo, por ejemplo, de “Desmadre a la americana” (1978), “Los incorregibles albóndigas” (1979) o “El Pelotón Chiflado” (1981), estas dos últimas con su colega Bill Murray al que le escribió algunos de sus mejores personajes. Ese tipo de comedias despreocupadas, desenfadadas, faltas de toda pretensión más allá del puro entretenimiento, algo que el cine palomitero de los ochenta (o finales de los setenta según el caso) conseguía con gran efectividad. “El Pelotón Chiflado”, dirigida por Ivan Reitman, fue su primer papel con un rol importante, en una película a la que siempre le he tenido un cariño especial; con esa pléyade de nerds que conseguían ser los más divertidos e incluso hacerse a las mejores chicas (joder, Ramis, aquí se ligaba a, o le ligaba, Sean Young, ¡Sean Young!). Una película que frivolizaba sobre el ejercito norteamericano y sobre la guerra fría, para que luego se quejen los talibanes que han lanzado piedras de moral contra Jordi Évole por la emisión ayer de “Operación Palace”. Aunque la visión nostálgica nos hace ver las cosas en una perspectiva mejor de lo que fueron creo que en este caso estas películas todavía aguantan un segundo visionado con risas y diversión asegurada, hagan la prueba, si lo desean, una tarde de fin de semana con los colegas.

Hasta ahora poco o nada he dicho sobre la saga de “Los Cazafantasmas” o sobre “Atrapado en el tiempo”. Poco más puedo decir sobre ambas que no se haya dicho más y mejor. La saga de “Los Cazafantasmas”, cuyas dos películas también están dirigidas por Reitman, es una pastilla roja que nos trae a muchos, como ya he comentado más arriba, al niño que entonces éramos. En mi caso, además, al principio mi Cazafantasmas favorito era el interpretado por Ramis, Egon Spengler, por mucho que luego, con el paso del tiempo, todos adoremos a Bill Murray. Era el verdadero cerebro tras ese estrambótico pero maravilloso grupo de héroes, era su Xavi Hernández. Por su parte, “Atrapado en el tiempo” es una auténtica rara avis tanto en los noventa como en cualquier otra época con su mezcla de comedia romántica, surrealismo y gags visuales que tenían en la repetición (mediante el cómico uso de la elipsis) una arma poderosísima. Pertenece a esa categoría de películas únicas, cuya personalidad no tiene cabida en una etiqueta o movimiento concreto más allá de ser una comedia. Podría ser “El invisible Harvey” de varias generaciones si no fuera porque no necesita comparación alguna.

Harold Ramis hizo varios filmes más. Algunos más mediocres, otros más entretenidos (caso de “Una terapia peligrosa” en 1999) aunque nunca volvió a conjugar la magia de “Atrapado en el tiempo” porque las cosas únicas son irrepetibles. Como actor siguieron recurriendo a él como secundario aunque con un peso menor (inversamente a su figura que se hizo más oronda con el paso de los años). Pero poco importa, su pequeña marca ha quedado y quedará indeleble en muchos amantes del séptimo arte y en muchos adultos que todavía vuelven a ser niños cuando ven uno de sus filmes icónicos.

Hoy ha sido dañado otro pequeño ladrillo en ese muro construido de recuerdos de infantiles que todos poseemos. Otro de esos pequeños hechos que en realidad marcan como luces rojas el paso del tiempo. Porque aunque nos veamos con algo de menos pelo y alguna que otra arruga o kilo de más, no es el espejo el que nos da las llamadas de atención más evidentes sobre como la vida pasa, en realidad son estos hechos, estos pequeños hitos y ritos de paso. Porque la muerte de uno de esos pequeños o grandes iconos de nuestra infancia es una pequeña perdida en nuestra infantil inocencia que, aunque algunos lo nieguen, todavía se acurruca en nuestro interior para protegerse tras una coraza de estoica adultez, esperando sobrevivir junto a nuestro yo adulto a lo jodido que es muchas veces el mundo real. Es la asunción inapelable de que ellos mueren y tú tampoco escaparás a la parca. Descansa en paz Harold que ya nos llegará (esperemos que muy tarde) nuestro turno.

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