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Beck – Morning Phase: el mar de la tranquilidad

Por Juanjo Rueda 0

8.5

Nota
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Beck Hansen en ocasiones parece el Jordi Hurtado de la música, cuenta ya con 43 años y, aunque el inexorable paso del tiempo empieza poco a poco a tomar sitio en su rostro, todavía conserva esa cara de pubescente que gastaba en los noventa -aunque hubiera superado la adolescencia hace ya un tiempo- mientras agitaba musicalmente esa década para regocijo de muchos de nosotros.

El espíritu folkie siempre ha estado presente en el núcleo de la música de Beck como un centro de gravedad permanente, como en el sorpresivo “Mellow Gold” (1994), donde el folk nerd se juntaba con el cortapega del hip-hop llevándolo un paso más allá en el imaginativo “Odelay” (1996), una de las obras esenciales de los noventa, donde el folk y el pop de raíz sesentera y setentera se hibridaba -con la ayuda de los Dust Brothers- con el espíritu sampleadélico del hip-hop en un crisol musical que difícilmente dejará de sonar algún día fresco y estimulante. Pero también tenía tiempo de dejarse llevar por tonos más tradicionalistas, como mostraba “One Foot in the Grave” (1994), o por tocar varios palos sin dejarse arrastrar completamente por ninguno en “Mutations” (1998), disco, este último, donde por primera vez trabajaría con Nigel Godrich (productor después de “Sea Change”). Terminaría la década con ese homenaje a toda una tradición de música negra transmutándose en “Midnite Vultures” (1999) en una especie de Prince (una comparación que más de una vez surgió en los noventa por su habilidad para tocar todos los palos y en todos hacerlo meridianamente bien), mostrando su particular relectura del funk y el soul (¿quién ha olvidado esa “Debra”?) pero donde no faltaba el pequeño guiño medio folkie (“Beautiful Way”). Pero la nueva década le pilló apesadumbrado -tras la ruptura con la que era su novia en aquel tiempo- lo que le llevó a hacer un álbum, “Sea Change” (2002), de dreamfolk de revoluciones bajas y marcadamente triste, iluminado por la luz crepuscular que arrojaban los arreglos musicales. Un disco que, a pesar de lo que se diga, fue acogido con opiniones contrapuestas entre aquellos que todavía esperaban un nuevo “Odelay” o un disco que se moviera en unas coordenadas semejantes. El tiempo le ha dado la razón con aquel bajón (anímico que no musical), como demuestra este nuevo disco, aunque algo se torció ahí entre público, crítica y músico. Beck perdía el foco principal, siempre más hambriento de nuevos nombres con propuestas que parecían más atractivas, en ese momento, que la suya aunque intentara volver repetir, con mucha menos gracia, los trucos de antaño en “Guero” (2005) quizá para satisfacer, a destiempo, una necesidad de su público. “The Information” (2006) le mostraba parcialmente perdido y sería “Modern Guilt” (2008) el que empezaría a encauzar los caminos en un disco subvalorado, producido por Danger Mouse, que ha crecido con el tiempo en su visión particular de la psicodelia sesentera.

Ahora vuelve con “Morning Phase” (2014) a visitar el paraje de “Sea Change” y aunque el mar es el mismo, las aguas son otras. Parece que quiere reivindicar aquel primer hijo (la portada es un claro guiño a ese disco y los músicos de aquel repiten casi en su totalidad en este) y vuelve a ese espíritu de -buscando una etiqueta- dreamfolk o spacefolk que parece que se balancea acuoso entre ecos, reverbs y arreglos preciosistas. Recupera un espíritu de folk atemporal que guarda ecos musicales con totems como Nick Drake o Scott Walker, en un disco producido por el propio Beck (una faceta en la que ha destacado estos últimos años como pueden atestiguar gente como Jaime Lidell, Thurston Moore o Charlotte Gaingsbourg) y que cuenta con la ayuda de su padre, David Campbell, en los arreglos de cuerda orquestales donde varios temas destacan por ese pop de cámara casi cinematográfico, como ocurre en “Wave”, por ejemplo. Es un disco de combustión lentísima (ninguno de los temas pasa de los 60 bpm), donde los tonos crepusculares similares a los de su hermano mayor “Sea Change” tienen aquí un cierto componente de sabia, más que de autocomplaciente, tristeza en las letras; un rasgo más de la madurez de su autor. Un disco que es de escucha pausada y que exige, por el tempo de sus temas, paciencia y tranquilidad porque aunque en su primera mitad se muestra majestuoso -“Morning”, “Heart is a Drum”, “Say Goodbye”, “Unforgiven” o “Wave” son incontestables- puede que en su parte final se haga un poco repetitivo si el oyente no presta toda la atención que el disco le demanda aunque la belleza siga presente en temas como “Blackbird Chain” o “Waking Light”.

Un Beck maduro, a pesar de lo juvenil todavía de su rostro, y seguro de si mismo, consciente quizá de que el tiempo, como cantaban los Stones, está de su parte y de discos como este. Un disco más que notable que corrobora que Beck hace tiempo que salió de las corrientes de las modas para asentarse definitivamente como el clásico que apuntaba que algún día sería en aquellos ya lejanos noventa.

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