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East India Youth: Total Strife Forever. Sin espacio para bromas

Por Ross Gallagher 0

Pongamos que eres músico. Tienes un grupo en el que compones las canciones, tu nombre aparece en el del grupo, y has conseguido, por fin, que te empiece a prestar atención el público y la gente del sector, grabas un LP, das bastantes actuaciones, el proyecto ya va despegando y… decides dejar todo eso porque no te llena.

Éste es el caso de William Doyle, conocido artísticamente como East India Youth. Aunque la verdad sea dicha, os estoy dando una idea equivocada con el anterior párrafo, ya que, no es que lo deje “todo”. Es un cambio realizado para abrazar el proyecto sobre el que versan estas lineas, el cual arranca una vez que la maqueta, hecha a partir de ideas sueltas, concebidas y grabadas en la intimidad a lo largo de diferentes momentos mientras estaba en su anterior grupo, Doyle & the Forefathers, está terminada.

La maqueta terminó en manos de un periodista de The Quietus, que viendo sus posibilidades y tras buscarle infructuosamente un sello en el que lanzar su disco, terminó creando un sello en la propia revista nada más que para lanzarla. Posteriormente, dio lugar a un lp, que lleva por nombre, “Total Strife Forever”, en un juego de palabras que hace referencia a lo que a Doyle se le venía a la cabeza viendo el positivista disco “Total Life Forever”, de Foals.

Una de las motivaciones que se encierran en la decisión de cambiar de proyecto, es el desencanto de Doyle con la música de guitarras y su directo, la impostura que siente existir al interpretar, y que dice, deja relegada la música a un segundo plano, cosa que no pasa de igual manera en el campo electrónico.

Se me viene a la cabeza un ejemplo, para ilustrar lo que quiere decir, cierta batalla de bandas a la que Muse allá por sus inicios se presentó; sabían que el grupo anterior eran mejores que ellos, así que salieron a “romper”, saltar, y bailar, y dieron con la clave; actitud, actitud, actitud. Y gustarás, ya toques mejor o peor. Es algo grande, y miserable al mismo tiempo. Y ganaron.

Así que al hacer el disco, buscaba hacer algo personal, plasmar sensaciones y sentimientos que no pudieran ser manipulados, dejar que la propia música se manifieste y llegue, por sí sola, hasta el oyente. Aquí el propio músico cae en una paradoja, ya que al llevar la actuación al directo y que no sea como escucharlo en casa, siente la necesidad de demostrar que su directo es algo más que apretar unos botoncitos, que existe la magia del directo al tocar ciertas partes en directo, pero eso es harina de otro costal.

El resultado es un disco denso, de canciones sin letra que pretender reflejar los paisajes en los que se inspiró William, que van desde el cuasi techno reflejado en “Hinterland”, progresiones parecidas a  Fuck Buttons como en “Glitter Recesion”, o capas de sonido ambient como en “Midnight Kyoto”, mezclado con canciones más accesibles de corte pop electrónico que suenan a M83 “Heaven How Long”, unos tranquilos Yeasayer en “Looking for Someone” o la explosión de color a lo Animal Collective en que se convierte la melancólica “Dripping Down”.

Toda una amalgama de sentimientos, canciones bien hiladas entre sí, que adquieren sentido en un disco que entra de forma sorprendentemente fácil para el tipo de música que propone, y que nos acompañará siempre que nos apetezca sumergirnos en un ambiente retrospectivo y melancólico.

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