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Al resplandor de Guadalupe Plata

Por Jose Eduardo Medina 0

Guadalupe Plata / Julia Sanchís

El trío jienense reluce como el metal que llevan por nombre, en su vuelta a la capital andaluza. Relámpago agrio y torcido que rasgó la noche del Viernes de Dolores desde la sala Fanatic, descargando las canciones del trío de discos homónimos que ha publicado el grupo hasta la fecha.

Guadalupe Plata / Julia Sanchís
Guadalupe Plata / Julia Sanchís

Cálida y húmeda caía la jornada en el margen de la ciudad, polígono industrial donde aguardaba la picadura tóxica del blues nacido de las entrañas de los olivares de Jaén. Pedro de Dios, voz y guitarra, Carlos Jimena a la batería y distintas percusiones y Paco Luis Martos, al barreño, bajo y guitarra, desfilaban por las alturas de la sala Fanatic, pasarela desde donde iniciar el descenso a las turbias profundidades de su música. Con las manos en las herramientas de labor, la maracas de Carlos Jimena se arrastran como una cascabel por los platos de la batería, mientras tres dedos de Pedro acarician la guitarra con movimientos sinuosos.

Negro prólogo removido a la cuerda en el barreño y pasado a cuchillo por el cuello de botella de brillante y afilado metal. Relatos en el borde del delirio donde se juega con el deseo, la ruina y la muerte, en la voz desgarrada y gutural de Pedro de Dios. El público se agitaba enfervorecido en el ritual orquestado por el doblar profundo del tambor — ‘Pobre Mary, no baila el boogie, no…’ —, baile con rumores de ultratumba en una revisión contemporánea de las danzas de la muerte, ahora pegajosas como el barro de un pantano y con el olor acrílico del esmalte de uñas.

Mirada al suelo y abrazado a la guitarra, rasgando las cuerdas con una triada de dedos mientras la mano izquierda se desliza frenéticamente a lo largo del traste, la única conexión de Pedro de Dios con las sombras en movimiento más allá de la luz del escenario son los acordes metálicos arañados por el amplificador. Una mezcla viscosa de blues y rockabilly servida a largos tragos que van cargados con el sabor más amargo del campo andaluz, una vida aprisionada en el secano del olivar, donde la locura es la única salida a la férrea tradición.

Guadalupe Plata / Julia Sanchís
Guadalupe Plata / Julia Sanchís

Entre gritos y rugidos, los congregados se entregan a los hilos metálicos pulsados a ritmo frenético, espasmos de un arrebato místico espoleado por el sermón que dictaba la Ibanez de Pedro de Dios — ‘Jesús está llorando, porque has sido mala…’ — en el papel de profeta de una religión donde el camino lo guían las bajas pasiones en descenso sin frenos hasta la desesperación.

Mito y realidad se dan la mano para recibir a un invitado excepcional. Sobre el escenario, se paseaba aquel señor ante el que Robert Johnson cayó de rodillas en un cruce de caminos, para guiar de nuevo otras manos punteando una guitarra. Subiendo de revoluciones por encima de lo humano, el boogie destartalado nos bañaba con ansia  — ‘He pasado la noche, baby, rezando por tus huesos, ya no puedo más, ya no puedo más…’ — esperando ser correspondido.

Armamento pesado para cerrar la noche con un improvisado exorcismo, ante la posesión colectiva de los allí presentes por una rabia sin control destilada de los estribillos — ‘¡Oh! Lorena, ¡oh! Lorena, disparas tú o disparo yo… ’ — que abrasaban los oídos en alianza con la distorsionada guitarra, de la misma manera que los chupitos de whisky, repartidos desde el escenario, al pasar por la garganta. Cuerdas chirriantes, el brillo hipnótico del traste de metal, agarrado como un arma de fuego con la cual arrojar ráfagas de munición, mientras se vitoreaba a Úbeda desde el público y Pedro de Dios, como último acto de fe, se arrodillaba aferrado a él delante del amplificador.

Guadalupe Plata / Julia Sanchís
Guadalupe Plata / Julia Sanchís

Más de hora y media después del comienzo del concierto, despertamos súbitamente del trance en el que nos vimos sumidos por Pedro, Carlos y Paco, exhaustos y manteniendo los efectos psicóticos de su blues que corría todavía como ardiente licor por las venas. Rito vivido que nos había llevado a un estado alterado donde la percepción se confunde hasta el punto de mezclar las marismas del Guadalquivir con las fangosas aguas de los pantanos del Mississippi.

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