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“Grendel Tales: Guerra de Clanes”, guerra en los Balcanes.

Por Juanjo Rueda 0

Resiliencia, tiempo y distancia. Tres conceptos que sirven y marcan el ahora, relativamente, “lejano” y olvidado conflicto o guerra que asoló una buena parte de los Balcanes en los años noventa. Tiempo, no hace tanto desde que tuvo lugar la mayor contienda bélica en tierras de la vieja Europa, un conflicto que no se vivía desde la omnipresente Segunda Guerra Mundial y que cayó entre el resto del aparentemente optimista sentir europeo (el tratado de Maastricht de 1993 parecía abrir un brillante nuevo comienzo para el continente, aunque ahora veamos parte de las sombras de todo ello) como si la cosa no fuera del todo con el resto de países, convencidos o confiados de que algo parecido no podía estar volviendo a ocurrir tan cerca y tan lejos. Esa es la distancia, mientras relativamente cerca (en territorio europeo) se desarrollaba la mayor masacre étnica desde 1945, el resto parecíamos parcialmente ajenos a tan preocupante situación (en mi caso quizá fuera por la edad, cuando empezaba el alba de mi adolescencia), a pesar de la (dubitativa) participación de la ONU y a que algunos supiéramos de gente a la que le tocó ir ahí como parte de los cascos azules como fuerza militar de pacificación (terrible oxímoron para designar a cualquier fuerza militar). Así fue pasando este conflicto, con imágenes en la televisión de caos en calles de edificios caídos y coches herrumbrosos que nos hacían pensar que eso no era poca broma pero con nuestra cómoda capacidad de cambiar el dial para desconectar, algo que no podían hacer los implicados o quienes tenían conexiones personales allí. Aquí entra la resiliencia, la capacidad para sobreponerse o luchar contra ese dolor. La capacidad para mostrarlo o dejar que aflorara de algún modo, poniendo de manifiesto la sinrazón de lo que allí estaba ocurriendo y a la vez intentando explicarla. Algo así, es lo que quizá hicieron los croatas Darko Macan y Edvin Biukovic en el cómic del que voy a hablar y del cual ahora se cumplen 20 años de la edición norteamericana de su primer arco argumental. Un cómic, como se puede ver por la efeméride, hecho en pleno conflicto y en el que se usaba un concepto ajeno para hablar de una realidad dura que ambos autores conocían o a la que estaban conectados en mayor o menor medida. Un concepto y una realidad que, a pesar de lo que supuso, tampoco ha dado tantas obras de ficción que la traten con respeto y con calidad, sin caer en el sermón fácil, la pedantería o la asimilación banal, características algunas que suelen ser bastante habituales en la industria cultural yanqui del entretenimiento a la hora de exponer según que temas.

Grendel Guerra de Clanes

Pero antes hay que hablar también del personaje y el concepto Grendel. Grendel es un personaje creado por el autor norteamericano Matt Wagner en los años ochenta. Se trataba de un personaje que era un ladrón y asesino llamado Hunter Rose el cual se escondía tras un disfraz semejante en su máscara al oscuro de Spiderman y tenía como némesis a un policía licántropo que intentaba atraparlo. La idea inicial era algo así como una versión en negativo de Batman con algunos toques fantásticos. Un concepto que estaba bien y que en el futuro ha dado para algunas interesantes historias con este personaje (como las de “Blanco, Negro y Rojo”) pero que todavía no había desarrollado la amplitud y riqueza que iba a tener con el paso del tiempo y de la serie. Porque será en un futuro postapocalíptico cuando el concepto de Grendel pase de ser un especie de religión sectaria oculta que se identificaba con el demonio a convertirse en una fuerza de orden en la que el individuo no tiene valor más allá del colectivo (“muerte antes que beneficio personal” reza parte del juramento Grendel). Una “carambola” que le servirá al autor para explicar como la agresión individual pasaba convertirse en agresión institucionalizada. Será en esa especie de futuro indeterminado cuando dejará las historias en manos de otros autores para que desarrollen el concepto de Grendel en una cabecera llamada “Grendel Tales” y es aquí donde aparecen los autores antes nombrados y las obras “Diablos y Muertes” (publicada en 1994) y “La elección del Diablo” (publicada en 1995), que en nuestro país fueron agrupadas en un solo tomo llamado “Guerra de Clanes” (Planeta de Agostini, 1999).

“- ¡Somos el clan Grendel! ¡Deberíamos ser diferentes!

– Deberíamos. Pero la cosa no era perfecta ni cuando vivía el Khan. Nunca lo fue. No hay idea tan pura que no se manche al pisar tierra.”

Estas dos historias se complementan formando un todo unitario en el cual se nos muestra la guerra casi fratricida entre diferentes clanes Grendel -al modo de diferentes etnias- en un territorio indeterminado pero que correspondería a los territorios balcánicos (hay un momento en que uno de los personajes se baña en el mar Jadran, que es el nombre con el que algunas lenguas eslavas se refieren al mar Adriático). En el primer arco se nos presenta a uno de estos clanes -el Agram- que vive en conflicto permanente con otros clanes periféricos al suyo en vista de conseguir efímeras y aprovechadas alianzas. Estos clanes bien pueden ser trasuntos de las diferentes etnias en conflicto pero también pueden ser un paralelismo de las repúblicas que fueron adquiriendo su paulatina independencia tras la muerte del mariscal Tito (¿el Grendel Khan nombrado en esta obra?). Dentro de todavía unas normas y éticas propias del clan Grendel y que, como digo, priman al colectivo por encima del individuo a excepción de alguna figura de liderazgo como el Grendel Khan o el Grendel General (algo con lo que también podría hacerse paralelismo con las dictaduras “comunistas”), dentro, repito, de este marco destaca el personaje de Drago, un guerrero con un código de honor cercano al de un samurái al que la cercanía de la muerte le hace ver con perspectiva clara lo valioso de la vida y lo estúpido que es vivir con prejuicios que te llevan al conflicto antes que a la comprensión del otro. En el segundo arco, el hermano pequeño de Drago, Goran, es el que adquiere el protagonismo y algo de su espíritu humanista que le lleva a cuestionar su compromiso con el clan ya sea por amor o por salvar a la población civil que suele ser la víctima de los caprichos de ego, poder e intolerancia de algunos iluminados. No sólo aparecen estos personajes, ya que hay un elenco variado que va trazando una serie de héroes o villanos con grandes matices de gris y que sirven para trazar distintos puntos de vista y para comprobar como las heridas de guerra (algo que sabemos bastante bien en España) son difíciles de cerrar cuando se abren nuevas o cuando los muertos de cada uno (de todos) yacen calientes en sus fosas. Los Borna, Marica, Ivana, Zora, Igor o Antwerpen (general al mando de un ejercito de reconquista de un nuevo Grendel Khan, un ejercito y un nuevo Grendel Khan que bien podrían corresponder a EE.UU. y las dubitativas tropas de la ONU); todos ellos son piezas de un enfrentamiento estúpido, sinsentido, que pocos llegan a atisbar en esta perspectiva, sólo Goran y Borna que intentan ponerle remedio a su manera.

“- ¿Le odia?

– Le quiero. […] No le odio. ¿Cómo podría odiarle? Pero, si le pasa algo, le odiaré a usted. Le odiaré hasta mi muerte. Necesitaré ese odio para sobrevivir si mi amor muere.”

Como ya he comentado este trabajo es la sinergia de dos autores que se conocían bien de trabajar previamente y que hacen uno de los mejores trabajos de su carrera. Macan terminaría trabajando asiduamente para el mercado mainstream norteamericano donde escribiría historias para colecciones diversas como Hellblazer, Cable o el Capitán América (su miniserie “Dead Man Running” es para mí una de la mejores historias de este personaje). Mientras Biukovic tendría un infausto final, ya que fallecería en 1999 (víctima de un cáncer cerebral) sin poder terminar de explotar un talento que se anunciaba ya inmenso, para ello sólo hay que ver algunas de la páginas de este cómic que son a la vez de gran de belleza y de una capacidad y composición narrativa envidiable (más en ese tiempo de superhéroes hipertrofiados y de dibujantes que los hacían posar como maniquís). Su estilo podría estar arraigado en la escuela europea -los Moebius o Jean Van Hamme- pero con un aire fresco y novedoso que casaba muy bien para el mercado norteamericano. No sería justo olvidarme del colorista Matthew Hollingsworth que consigue dar más lustre todavía a las planchas de Biukovic. En conjunto tenemos una obra magnífica y no bien ponderada que, como ocurre con todo lo relacionado con Grendel (aunque entre otro de sus méritos es que se puede leer y es compresible sin tener mucha idea del universo Grendel), no ha visto una nueva edición acorde a sus méritos más allá de la lejana de Planeta que está descatalogada aunque todavía se puede encontrar, si se rastrea un poco, en algunas librerías especializadas. Una obra importante, olvidada actualmente en nuestro país y que trata un conflicto destacado desplazado también por muchos de su psique pero del que todavía se puede -y se debe- sacar importantes enseñanzas para nuestro presente; lo cual le confiere, a obra y contexto, un dramático y a la vez que certero paralelismo.

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