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New X-Men de Grant Morrison: mutar o morir

Por Juanjo Rueda 0

Ha tenido que ser el cine el que dé el último y más importante empujón a los superhéroes en el imaginario general de la cultura popular. No es que antes no estuvieran bien asentados en ella, al contrario, pero parecía que siempre tenían una consideración menor (tampoco es que ahora hayan ganado mucho prestigio entre las “élites culturales”), como subcultura que estaba sobre todo ligada a lo adolescente (fuego que no se extingue y al que Alan Moore ha echado gasolina recientemente) pero ahora, gracias al cine, se ha normalizado mucho más a un consumo de ocio más aceptado para todas las edades. Ahora Hollywood exprime un filón de historias y personajes que parece mentira que hayan tardado tanto en llegar con fuerza al cine. Quizá han tenido que ver varios factores, por un lado ha habido que esperar a la sequía de ideas que vive el cine comercial norteamericano para que apostara por este nicho; por otro, el que este mismo Hollywood haya sido consciente del filón de mercado que hay con unos consumidores que han alcanzado cierta madurez (la franja entera de los treinta y los cuarenta) pero que han crecido con muchos de estos personajes y cuentan con recursos económicos; y, por último y no menos importante, la dificultad, hasta hace bien poco, de plasmar de forma plausible (medianamente verídica) algo tan rocambolesco como señores y señoras que vuelan, trepan por paredes o lanzan rayos por los ojos. Como bien digo, esto último no es algo menor, ya que los superhéroes es el único género genuino creado por el cómic y del que, hasta ahora, parecía que sólo en él tenía auténtica sensación de verosimilitud quedando algo ridículo cuando saltaba al cine (y a pesar de los avances no han conseguido ser tan creíbles como en el medio donde nacieron). Cualquier otro género (negro o policíaco, fantástico, romántico, comedia, aventuras, etcétera) ya había sido tratado por la literatura o el cine previamente, y aunque tenga elementos del género de aventuras, el superheroico ha demostrado ser un género (o, como mínimo, subgénero) diferente con sus propios códigos, registros y clichés. Ha terminado creando una serie de mitos populares cuyo valor cultural es mayor del que creemos o valoramos.

Toda esta introducción anterior me sirve para llegar una serie de preguntas, ¿llegaban a imaginar Stan Lee y Joe Kirby (como Joe Shuster, Steve Ditko, John Romita, Bob Kane, etcétera) cuando les dio por configurar su universo Marvel, que, setenta y pico años más tarde, iba a estar tan asentado en varias generaciones e iba ser uno de los sustentos principales de la industria de otro importante medio como el cine? Y, concretando más, ¿pensaban que los X-Men iban a conseguir el potencial que han acabado de teniendo? Seguramente no, porque, supongo, era raro imaginar que esa idea que parecía no tener mucho éxito en inicio iba a convertirse en el gran eje de Marvel (junto con Spiderman) y uno de los productos de ocio cultural de masas más importantes de nuestros días. Los X-Men eran distintos ya en origen, quizá por eso su posterior éxito. Mientras miles de ideas para crear superhéroes nacían de ese todo vale que era exponer al futuro superhéroe a algún tipo de compuesto, generalmente radioactivo, que le permitía desarrollar sus capacidades (“¿Saben lo que me pasaría a mí si un isótopo radioactivo me golpease en la cara? Contraería Leucemía y me moriría”, comentaba un personaje en la muy recomendable etapa de Brian Michael Bendis en Daredevil), en el caso de los X-Men nacían de algo tan vago pero quizá más plausible (dentro de todo lo plausible que puede ser algo en el universo superheróico) como que ellos surgían como una evolución natural de la especie humana. O sea, eran personas que nacían ya con ese tipo de mutación en sus genes que generalmente se manifestaba en la adolescencia (guiño evidente al público al cual se dirigían), y estos adolescentes o postadolescentes sufrían el rechazo por tener habilidades extraordinarias que no eran comprendidas por la gran masa(enfurecida), normal que esto conectara fuertemente con millones de adolescentes con déficit de autoestima y búsqueda de reconocimiento (o sea, casi todos). Pero no sólo eso, su significación como grupo vilipendiado por su diferencia les hacía perfectos para que pudieran ejercer de metáfora -nada compleja- de cualquier grupo oprimido o discriminado (ya fuera por cuestiones de raza, sexo, etcétera). Joder, normal que los X-Men se hayan convertido en semejante fenómeno de masas con el que casi todo el mundo puede, más o menos, sentirse identificado o integrado. Pero, en algún momento de esta larga travesía, en la Casa de las Ideas se olvidaron de que el concepto de mutación, el concepto de cambio, era muy necesario para que una serie de semejante trayectoria pudiera seguir sobreviviendo y el rumbo se hizo errático por mucho que las ventas acompañaran. Y ahí entra Grant Morrison, que llegó dispuesto a dar alguna hostia a tiempo que pusiera de nuevo a andar -a avanzar- a la colección.

Los X-Men trazaron un curva ascendente desde su renacimiento en los años setenta y ochenta guiado por el guionista Chris Claremont y el autor (además de dibujar participaba en los argumentos e ideas de la serie) John Byrne. Con ellos se viviría la etapa más clásica de estos personajes donde parecía no haber cortapisas y freno a conceptos entre inverosímiles y geniales que inundaban la serie, encantaban a miles de lectores y hacían que los personajes evolucionaran, cambiaran. Esa inercia creativa se mantendría a la marcha de Byrne, con Claremont todavía al timón para dar coherencia y ayudado por jóvenes y modernos dibujantes como Jim Lee. Pero se puede morir de éxito, y eso es lo que (casi) pasó a principios de los noventa, cuando Marvel, buscando rentabilizar los personajes al máximo, creaba una nueva cabecera: X-Men, a secas, que se sumaba a la clásica Uncanny X-Men. A partir de ahí comenzó un pequeño sindiós en el que Claremont optó por abandonar el barco y donde los títulos relacionados con los mutantes se reproducían sin mucho orden ni concierto. Repetición de argumentos que demostraban estancamiento, personajes que posaban en viñetas más que otra cosa, macrosagas que no llevaban a ningún sitio o cuyas consecuencias finalmente eran nulas… Un despropósito casi constante.

Pero las “crisis” o la pérdida de rumbo son también oportunidades para apostar por decisiones arriesgadas que luego pueden dar grandes réditos (pregunten a Laporta y Guardiola, por ejemplo). A principios de siglo XXI, accede al puesto de editor en Marvel un dibujante más o menos joven y atrevido como Joe Quesada (que ya había trabajado previamente para la compañía y había dirigido una pequeña editorial propia, Event Comics), el cual decide entregar la cabecera de X-Men (la creada en los noventa) a Grant Morrison para que haga y deshaga a su antojo. Grant Morrison es un guionista que empezó a ganar fama en el mercado norteamericano cuando fue uno de los referentes de aquella segunda generación de guionistas británicos (la primera tuvo a gente como Alan Moore o Alan Davis) que empezaron a trabajar en la industria norteamericana a finales de los ochenta (otro nombre de esta segunda generación sería, por ejemplo, Neil Gaiman) gracias a obras como Arkham Asylum, Animal Man o Doom Patrol (todas para DC). Morrison desde entonces ha destacado por ser un provocador al que le gusta jugar con conceptos que se mueven entre la (pseudo)ciencia, la metafísica y el ocultismo (véase si no su Doom Patrol o Los Invisibles), donde su gusto por la psicología del personaje (moviéndose entre lo freudiano y lo jungiano) es constante. Gusta de trastear con los personajes, dándoles una vuelta de tuerca pero sin que pierdan su esencia. Junto a él, llegaba el también personal Frank Quitely al dibujo, otro escocés (de Glasgow también) con el que Morrison ya había trabajado en proyectos como el de Flex Mentallo o JLA: Tierra 2 y que en ese momento era bastante popular debido a su participación en la rompedora serie The Authority.

Nuevos X-Men
Dibujo: Marc Silvestri

Una de las primeras acciones de Morrison tiene que ver con la estética de la cabecera de portada que pasará a llevar el adjetivo “New”, que se podrá leer, en su edición en inglés, tanto del derecho como del revés. Algo que entronca perfectamente con lo que pretendía, un nuevo rumbo, un nuevo comienzo, una nueva mutación que parece que ahora sí va a en serio. Debido a la influencia de la película de Bryan Singer -estrenada en el 2000, más o menos un año antes de la llegada de Morrison- eliminará los coloristas trajes por unas ropas más cercanas a las de la película, cambio que no pasará desapercibido incluso para los propios personajes como en la respuesta de Lobezno cuando a la pregunta del profesor Xavier sobre que les parecen los nuevos uniformes este responde: “[…] de pronto no tengo que parecer un idiota a plena luz del día“ pero sin olvidar guiños a los antiguos como cuando se comenta como triunfan los viejos y coloridos uniformes en la India, en Bollywood. Además de estos cambios estéticos, Morrison convertirá (debido a una de las consecuencias del primer arco argumental) el instituto en una institución que haga honor a su apelativo, acogiendo a centenares de alumnos, con todo tipo de mutaciones diversas y evidentes (nada de la mutación va sólo “por dentro”), donde los personajes clásicos principales pasarán a ejercer de profesores/tutores y donde establecerá conflictos o choques generacionales -“No somos delincuentes internacionales, no somos famosos superterroristas. Es cierto que queremos acabar con todo lo que has creado y cambiarlo. Pero no es porque seamos monstruos, sino porque somos jóvenes y ese es nuestro derecho“- además de poner en duda los diferentes conceptos de identidad o de lo que se entiende por normal, reflexiones presentes en otros trabajos suyos. Todo ello introduciendo nuevos personajes de creación propia que tendrán una mayor o menor importancia en el desarrollo de las tramas además de hacer avanzar a personajes clásicos que andaban muy estancados, unos personajes clásicos principales a los cuales dota de evidentes y no disimuladas pulsiones sexuales (otra característica que suele haber en sus obras) que ahondan en ese psicologismo en clave pseudofreudiana o jungiana que aflora en la obra del escocés. No olvida, tampoco, su gusto por lo psicotrópico o los “estados alterados” de la mente mediante las drogas, siempre, como digo, adaptándolo al particular universo en que tiene lugar la historia. Aunque rupturista y provocadora (para los estándares Marvel) a la vista de algunos de los conceptos nombrados, su etapa casi se podría definir como una reformulación de estética punk-pop de algunos de los mejores momentos vividos previamente por los personajes (la saga de Fénix Oscura, los días Días del Futuro Pasado, etcétera). Monta un juego de referencias y guiños previos, que sabe que pueden encantar al fan veterano, pero que pasados por su particular turmix de estilo consiguen llegar al nuevo lector que puede no ser un experto en la historiografía de la serie ya que en algunos casos se puede haber enganchado por las películas.

New X Men
Dibujo: Frank Quitely

Mientras en el apartado de guión la serie mantiene una agradecida cohesión (se olvida de macrosagas o de digresiones a otros títulos que puedan molestar al lector), en el dibujo es todo lo contrario. Empezó la serie el excelente, y muy personal, Quitely pero debido a la dificultad para adaptarse a un periodicidad de entrega mensual tuvo que ir delegando su trabajo en otros dibujantes hasta el final abandono a mitad de esta etapa. Entre la ruleta de dibujantes que cubrieron huecos y terminarían sustituyéndole tenemos desde nombres notables venidos un poco a menos (Chris Bachalo, siempre reconocible y disfrutable pero alejado de la gracia “divina” de obras como Muerte: El Alto Coste de la Vida o su estilización actual) o bastante a menos (Marc Silvestri); a profesionales sin tanto renombre pero de probada eficiencia y clase (John Paul Leon, Phil Jimenez o Leinil Francis Yu); llegando a otros que no estuvieron especialmente finos en esta participación en la serie (Igor Kordey o, en menor medida, Ethan Van Sciver).

Durante 40 números -más un anual- Morrison abordó esta nueva etapa en la colección con conceptos distintos y, en la mayoría de los casos, interesantes (aunque también se le puede acachar que, a veces, algunos asuntos no son resueltos con la precisión con que son planteados). Revisó viejas ideas en un salto adelante que consiguió adaptar la serie al siglo XXI, convirtiéndose en una etapa clave para todo aquel que quiera disfrutar de estos personajes en formato cómic y que ahora se vuelve a poner a la venta en un coleccionable de ocho tomos que la convierten en una apuesta interesante.

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