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La Industria Musical ¿Hay oportunidades de negocio?

Por Ross Gallagher 0

Estuvimos ayer asistiendo a una charla brindada dentro del marco del Primavera Club 2014 aunque realmente no relacionado con él; La Industria Musical 3.0, un escenario empresarial. En ella participaron Didac Lee (director del Grupo Inspirit y del Área Tecnológica del FC Barcelona), Xavier Carrillo (CEO de Digital Legends Entertainment) y Alberto Guijarro (director de Primavera Sound), todo ello moderado por Juan Álvarez de Lara (CEO de Seed&Click).

La premisa de la que se partía era clara; la música es un ámbito muy popular. Por ejemplo, en facebook, siete de las diez personas con más seguidores, a nivel mundial, son músicos. También hay un cambio de dirección en el comportamiento del consumidor, reflejado en un estudio que aseguraba que un 62% de la gente encuestada había utilizado un sistema legal de pago para escuchar o bajar la música en los últimos seis meses.

Está claro de qué va la conferencia; hacer de la música, algo rentable, algo de lo que poder vivir, a través de nuevos métodos o ideas. ¿Cómo lo hacemos? Si os lo preguntáis, ninguno de los de que escribimos en el Enano Rabioso, que no deja de ser una web centrada en el medio, cobramos lo más mínimo por escribir aquí; no se puede vivir de ello, y esto es así para la inmensa mayoría de bloggers del medio.

Eso, realmente, es anecdótico. Lo peor es que los propios protagonistas, los músicos, también son en su mayoría incapaces de vivir de la música que hacen. En la parte digital, contaba Alberto que estuvo en una reunión en la que figuraban los distintos actores del negocio musical; promotor, discográfica, músico y distribuidora digital, que fue en este caso, Deezer.

Deezer empezó explicando que la música se había democratizado, defendiendo su modelo de negocio por ser eficaz frente a la piratería. Sin embargo, el músico respondió que a él no le llegaba apenas dinero por esa vía. A ésta acusación le siguió una de Deezer hacia la discográfica, señalándole al músico que su problema es que su contrato estaba ligado a un negocio a la antigua usanza. Por supuesto, la discográfica acusó a su vez a Deezer y resto de presentes. Total, que tras tres horas discutiendo, al final no consiguieron llegar a ninguna conclusión válida, salvo que al parecer, no hay pastel para todos.

Siguiendo con el análisis, hablamos de la música en vivo. A ésta se le han asestado unos cuantos palos, en forma de crisis primero, y de subida del IVA después, que ha echado a mucha gente del sector, y aunque los festivales están funcionando en cierta medida, las salas son harina de otro costal. Apenas hay cultura de música en directo en España y por tanto, resulta muy difícil vivir de ello.

En experiencia propia, recientemente dimos una fiesta en Barcelona, en la que incluimos tres grupos, nacionales, dos de Barcelona, es decir, locales, que podrían haber atraído sus propios seguidores, y uno de Murcia, Perro, que ha adquirido cierto renombre en la última temporada gracias a su buen hacer.  Eran tres grupos más que decentes, pero la realidad fue que estando las entradas a 9 euros en anticipada, se consiguieron vender menos de 70 entradas, en total. Como podéis imaginar la hostia económica ha sido considerable, aunque no nos importe. Bueno, no demasiado, porque al fin y al cabo aquí no estamos por dinero.

Entonces, ¿qué pueden aportar las nuevas tecnologías?, ¿se pueden adoptar otras formas de negocio como el de videojuegos, o, por ejemplo, el método de explotación del FC Barcelona?

Xavier Carrillo es CEO de una compañía de videojuegos cuyo mayor proyecto tiene unas veinte millones de descargas. Habló ligeramente del concepto de gamificación, es decir, aportar características atribuibles a juegos, por ejemplo, competición o coleccionismo, a otros ámbitos. Sin embargo esta idea se desarrolló poco o nada, dejándola en el aire como una posible idea a tener en cuenta.

Pero sí que estableció un paralelismo con su medio muy interesante; su juego más exitoso es un free-to-play, es decir, es gratis. Es gratis hasta que por supuesto, una vez en él puedes comprar muchas cosas que te ayudan en el juego o te diferencian. El jugador quiere gastarse el dinero en su juego. Han conseguido una comunidad, sin invertir nada en publicidad, la cual se ha sentido identificada con su producto y compra esas ventajas virtuales con dinero real.

Y por tanto si el problema de la música es la piratería, igual lo que hay que hacer es enfocar todo desde un prisma distinto, ofrecerles algo en lo que QUIERAN gastar el dinero. Las viejas formas de negocio están rotas, no sirven, son inútiles, pues inventa nuevas formas de presentar la música gratis de tal forma que sea rentable, aunque no se pague por esa música.

Está claro que el ejemplo específico de los videojuegos no es aplicable, ni mucho menos. La estrategia del free-to-play se basa en ofrecer mejoras de la experiencia a través de esos pagos. Sin embargo, resulta difícilmente aplicable a un contenido musical. No se puede personalizar una canción como norma. Puedes hacer que suene con mejor calidad a través de pago, o limitando las escuchas, como hace spotify, pero entonces es inevitable que te pirateen y se cuelgue en buena calidad por otro lado.

Ya que no se puede modificar el “producto” en sí, la canción, que es necesariamente igual para todos, podemos concentrarnos en variar el resto; el coleccionismo, expresión o diferenciación personal son cosas que YA se comercializan en muchos aspectos; ediciones limitadas de vinilos, versiones deluxe, posters firmados, camisetas…

Además actualmente ya hay grupos, Pearl Jam, se me ocurre, que tienen su propia comunidad, un grupo de fans al que pagas por pertenecer, pero antes tienes que haber estado registrado un periodo de tiempo determinado, tiene sus foros de opinión y discusión, y a cambio tienen acceso a pre-ventas, conciertos secretos, bootlegs, etc. Por lo tanto, nada nuevo. Aunque quizá esté infrautilizado.

Añadir sistemas como status reconocimiento pueden incrementar el interés de ese fan por comprar merchandising o motivarlo a hacer que el grupo sea más famoso y gane exposición en las redes sociales mediante contenidos compartidos, por ejemplo.

De la música en directo también se puede hablar; sin embargo la existencia de unos costes de producción asociados a los conciertos dificulta muchísimo la viabilidad de eventos gratuitos y rentables. Abrir la sala, pagar al personal, técnicos, camareros, seguridad, hace que el gasto sea difícilmente sufragable si no existe una entrada a pagar. Incluso así, es difícil.

Aquí el concepto free-to-play implicaría llenar el evento para luego conseguir el dinero de otra forma. Evidentemente, obviamos el merchandising por estar extendido y aceptado. ¿Qué puede ofrecer un grupo/promotor en esta situación para conseguir rentabilizar sus actuaciones?

Venga, lanzo una idea; sacar a subasta en tu comunidad el tema que se va a tocar en los bises, y que ese tema vaya dedicado a ese alguien en concreto que ha pagado por elegir el tema, agradeciéndole su apoyo, y dándole un setlist firmado. Éste se me ha ocurrido en dos o tres minutos pensando, seguro que hay más formas. Pero aún así, resulta a priori difícil y arriesgado.

Aquí llegamos a un punto donde podríamos ligar la principal aportación de Dídac Lee a la conversación; la transversalidad. Dídac nos comenta que en el FC Barcelona, las entradas para ver los partidos son tan sólo un 10% del total de facturación. Es como decir, digamos, que de entradas de un concierto un artista consigue un 10% de sus beneficios y el resto viene de otros medios.

Está claro que el FC Barcelona es el FC Barcelona, y ese modelo es, evidentemente distinto, para el Albacete Balompié. De hecho el sr. Lee dijo que el modelo de negocio del Barça se parece más a la Disney que al club albaceteño; Disney tiene sus películas, sí, pero no vive sólo de las entradas en taquilla. Tiene parques temáticos, canales de televisión, inclusive la propia imagen de Mickey Mouse, mientras el Barça tiene a Messi.

De hecho, quizás los artistas deberían fijarse más en las propias estrellas de fútbol a la hora de rentabilizar sus carreras; Dídac nos dice que Neymar tiene una empresa de 40 trabajadores dedicados sólo a su persona, a encontrarle ofertas, patrocinios y a ayudarle a sacar el mayor partido a su imagen; el activo, el producto que vende Neymar es él mismo. Quizá por ahí pueda haber cierta escapatoria.

De todas formas, la transversalidad en el negocio musical ya se da, desde hace tiempo. Hay artistas mundialmente conocidos que cuidan su aspecto, hacen anuncios en la TV, etc., pero para ello antes han debido tener un reconocimiento y alguien detrás, un sello, una multinacional que les grabara los discos, los situara y los lanzara a la fama. Sin querer pensar mucho, Michael Jackson hizo una película, e incluso prestaba su imagen a videojuegos de la época.

Además igual que no hay Neymar si no está en un club relevante, en la música es difícil también abrirse camino por uno mismo, sin ayuda de un sello importante. De hecho Alberto Guijarro señaló que no conocía ningún grupo que sin ayuda de un sello hubiera llegado a ganarse la vida, tema sobre el que volveré en otro artículo.

¿Es totalmente inaplicable a una escala más reducida? Claro que no.

Al hilo de esto, y por poner un ejemplo, quizá una buena idea para un grupo, que sea medianamente conocido a escala indie, sea tener su sala propia, frecuentándola tanto como público como artista, y conseguir así rentabilizar, de modo transversal, su carrera. Apuesto que cualquier fan de los Planetas que pase por Granada ha querido ir, aunque sea por curiosidad, al bar de Eric. O qué seguidor de TAB no querría pasar por una sala que frecuentara Isa.

Está claro que la industria musical tiene que renovarse y encontrar nuevas formas de negocio. La gamificación es una idea que aunque no es totalmente innovadora en todos los aspectos, sí que incorpora mecanismos que pudieran ser novedosos y beneficiosos para todos, y el buen manejo de las comunidades pueden hacer mucho bien a la industria.

De todas formas, a mí sinceramente me interesan más las startups. Proyectos que empiezan pequeños, que quieren innovar. Ver cómo el pequeño/mediano promotor, grupo o emprendedor puede hacer de la música algo de lo que vivir. Ese, y no otro es el gran reto.

Alberto Guijarro habló, poniendo un ejemplo, de que en California se habían puesto de moda las tiendas de degustación de vinilos. Un sitio en el que alguien se lleva un vinilo, lo pone y tranquilamente lo escucha con el resto de la sala y hablan sobre él, mientras cae alguna copa, claro.

También salió a colación Boiler Room, aplicación para ver a DJ’s pinchando en directo en una sala a través de streaming, como un ejemplo de proyecto que ha triunfado. Eso sí, hay muchas aplicaciones exactamente iguales que se han quedado por el camino. Sería interesante saber porqué esa sí y otras no.

Otro ejemplo de emprendimiento a mi entender sería el de Cooncert; una web que te hace “comprar” la entrada de manera anticipada, y si se llega a un determinado número de entradas vendidas antes de una fecha límite, el concierto tiene lugar. Si no tiene lugar, se devuelve el dinero de forma automática. Es una manera que ahorra a promotor, sala y artista mucho dinero y esfuerzo, a cambio de tan sólo una reserva en las fechas de los implicados

Ya para terminar de comentar entraré a valorar la charla; realmente, yendo con el objetivo de identificar nuevas oportunidades de negocio en la industria musical 3.0, se cumplió más bien poco, porque por un lado yo vi más dospuntocerismo que otra cosa, y por otro tampoco se comentó nada que me fuera realmente desconocido o revelador referente a esas oportunidades, aunque sí que se aportaron numerosos detalles o matices de mano de personas que están en primera línea de batalla al frente de entidades económicamente muy importantes, lo cual es de agradecer.

Y por supuesto, hubo mucha conversación sobre música, prescriptores, culturización de la escena, aumento de los precios, engagement o la reverencia hacia los iconos musicales que hicieron de las casi dos horas de conferencia algo muy pasajero y por lo que repetiría encantado en cualquier otro momento.

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