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Aniversarios Olvidados (I): discos que cumplen 10 años

Por Jose A. Rueda 0

Al entrar en la recta final de 2014, volvemos a la carga con la serie de reportajes Aniversarios Olvidados. La idea es reivindicar discos que han cumplido aniversarios redondos durante los últimos meses y que, al contrario que otros, no se han reeditado o reinterpretado en directo.

Diez años se antojan pocos. O más bien sorprende comprobar que ya ha pasado una década desde la salida de tal o cual disco. Algunos de ellos han estado presentes, como The Libertines, cuyo debut de 2004 se ha celebrado sobre las tablas de varios festivales del planeta. La banda de Pete Doherty ha aprovechado el cumpleaños para volver a juntarse y hacer las delicias de sus no pocos fans. Otro artista que ha estado de actualidad durante 2014 ha sido Morrissey (de vuelta a España 6 años después de su última visita), que podría haber aprovechado para rescatar You’re the quarry, su disco más exitoso en solitario. También Arcade Fire han rechazado la posibilidad de hacer un poco de ingresos extra reeditando su debut Funeral, que ha cumplido otros diez añitos.

En España no habría estado de más que Nueva Vulcano -casi recién descubiertos por el nuevo-indie a raíz de la versión de “Te debo un baile” por The New Raemon- hubieran recuperado Principal primera, que, además del debut, es uno de sus mejores discos. No se ha reeditado ni celebrado en directo como tampoco se ha hecho con los cinco discos siguientes, los primeros de esta serie de reportajes que estrenamos aquí.

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DISCOS DE 2004: DISCOS QUE CUMPLEN 10 AÑOS.

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Viaje de estudios

Aun recuerdo el titular de Mondo Sonoro en 2005 (“la gran esperanza indie”), así como la manía de todos los medios en hablar de “los nuevos Planetas”. Cierto es que venían de Granada y que estaban apadrinados por los jefes del indie estatal, lo cual les abrió una vía directa a Radio 3 para que Viaje de estudios sonara hasta la saciedad. Las guitarras y las melodías remitían, sin duda alguna, a ese power-pop noventero de sus paisanos planetarios, pero también conectaban con Cecilia Ann, con los que había colaborado Julián cuando apenas tenía 15 años. Y es que Lori Meyers lo formaron cuatro precocísimos músicos al calor de la productiva escena granadina cuando los noventa no habían alcanzado su fin (en 1998, aun siendo menores de edad, autoprodujeron su primera maqueta). Sobre el guitarreo armonioso se plantaban las letras de Noni, irradiando las preocupaciones propias de la posadolescencia (amor y desamor, amistad y enemistad, etc) las cuales, más que contentar al público coetáneo, fueron muy del gusto de los indies de la generación anterior, que miraban con cierta decepción la madurez de sus grupos favoritos. Solo dos discos duró esta esperanza blanca del pop español, pues tras Hostal Pimodán (editado en dos tiempos entre 2005 y 2006) abandonaron a la audiencia del indie añejo para convertirse, junto a algunas bandas inicialmente ignoradas en los 2000 (Vetusta Morla, Love of Lesbian), en los líderes del actual movimiento denominado peyorativamente “nuevo indie” (o “indie-maintream”). A lo mejor es verdad eso de que “Lori Meyers antes molaban”.

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Franz Ferdinand

El mainstream alternativo “made in UK” se inundaba de épica melódica (Travis, Coldplay), rock a lo grande (Muse) y poses glam irrisorias (Placebo). Probablemente no era el mejor momento para el talante lacrimoso ni para el “yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”. No eran tiempos de nihilismo y los pocos en darse cuenta fueron Alex Kapranos, Nick McCarthy, Bob Hardy y Paul Thomson, que decidieron retomar la fiesta del brit-pop justo donde la habían dejado Blur y Pulp. Pese a que el cuarteto se forma en la Facultad de Bellas Artes de Glasgow, el refinamiento artístico-intelectual lo guardan en un cajón en favor de un propósito claro: hacer bailar y punto. El objetivo lo cumplen con creces, pues solo en este debut se encuentran las sucesoras al trono de los éxitos noventeros a los que guiñan (a saber: “Girls and boys”, “Parklife”, “Common people”, “Disco 2000”…). Tampoco les falta la sátira y el ingenio tan puramente británicos a los que suman, en su imagen, el estilo. Y es que la banda recicla la estética mod que, a la larga, se convierte en el signo de identidad del indie de los 2000 (vuelven los flequillos rectos, las chaquetas, las corbatas y se añaden chapas con iconos ochenteros). Un carácter retro que en lo musical no solo se estanca en emular los himnos bailables de diez años atrás, sino que se adhieren al revival new wave (Radio 4, Bloc Party, LCD Soundsystem) y se fijan con descaro en el post-punk bailable (Gang Of Four, Josef K). El resultado es una bárbara colección de hits que aun hoy resultan indispensables en cualquier pista de baile alternativa (“Take me out”, “The dark of matinée”, “This fire”, “Jacqueline”…) y que ha sido imitada hasta cansar incluso por ellos mismos, lo cual ha restado un alto porcentaje de interés en cada uno de los discos posteriores.

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La increíble aventura

El post-rock estatal parió, entre finales de los 90 y principios de los 00, una serie de obras capitales que puso nuestra música alternativa en boca de medios internacionales tan poderosos como Pitchfork y All Music. Schwarz, Manta Ray y Migala firmaron brillantísimos discos de una corriente que, lamentablemente, se diluyó por la propia voluntad de los grupos. A lo mejor es que el carácter eminentemente instrumental de Migala contuvo lo mucho que tenían que decir sus componentes: ahí está Nacho Vegas poetizando historias sobre un soporte musical completamente ajeno al que practicaban sus dos ex-grupos, o Abel Hernández que, aunque actualmente se encuentra algo más cercano a los ambientes espaciales y cinematográficos de Migala, delega en las letras la principal guía de las canciones de El Hijo. Curiosamente, justo antes de esta explosión poética de Abel, Migala dijeron adiós con el disco más instrumental de todos. La increíble aventura alcanzó la calidad de sus dos obras primordiales (Arde y Restos de un incendio) y hasta algún atrevido lo calificó como el mejor. Bien es cierto que, con antecedentes como los dos discos mencionados, La increíble aventura solo podía sonar a ellos mismos, pues Migala ya tenían un campo lo suficientemente cultivado como para recoger sus propios frutos sin tener que mirar de nuevo a Mogwai y Godspeed You! Black Emperor. La apuesta ciega de Jesús Llorente (Acuarela Discos) tiró la casa por la ventana incluyendo un DVD que llenaba de imágenes todo el minutaje del disco (obra y gracia de Nacho García Piedra). Esta aportación audiovisual daba una nueva dimensión a las canciones, y hasta alteraba por momentos la percepción inicial del conjunto del álbum. Lo que era seguro desde la primera escucha es que se trataba del disco más oscuro de la banda e, incluso, parecía que intentaba construir algún tipo de mensaje político hasta que descubríamos que el que estaba hablando era Darth Vader (la obsesión por el cine va más allá y se incluyen samples de La Guerra de las Galaxias y El Mago de Oz). La mayor ausencia lírica beneficia una recreación en lo instrumental que alcanza picos de soberbia en “www (searching for the Wicked Witch of the West)” y en el broche de oro de “Lecciones de vuelo con Mathias Rust”, once extraordinarios minutos que servían de epílogo a la carrera de uno de los mejores grupos de nuestra historia musical.

Los Planetas - Contra La Ley De La GravedadLos Planetas
Contra la ley de la gravedad

No vamos a pedir a Los Planetas que reediten Contra la ley de la gravedad, pues bastante caja han hecho últimamente con los aniversarios de Una semana en el motor de un autobús y Super 8. Alguno pensará que tampoco hace falta reeditar Contra la ley de la gravedad por ser “el peor disco de Los Planetas”. La inclusión de algunas canciones editadas anteriormente no sentó nada bien al público y a la crítica que, ignorando el contexto en que se gestó el álbum (la presión de RCA que les obligaba a lanzar un elepé cada dos años), les colgó injustamente el sambenito de “peor disco” del grupo. Sin embargo, este álbum supone un punto álgido en la carrera de la banda, pues inicia la separación de los caminos estéticos e ideológicos de Los Planetas y el proyecto posterior de J y Manu Ferrón (Grupo de Expertos Solynieve). Primero porque los granadinos disparan su mayor repertorio protestón contra la industria discográfica como principal objetivo -recuerda que el disco se hace “Cumplimentando compromisos contractuales”-, y extienden la crítica al sistema ultracapitalista en “La canción del fin del mundo” -retrato impecable de la sociedad en el neoliberalismo contemporáneo-. Luego llegaron Grupo de Expertos con el propósito inicial de dar rienda suelta al gusto de J por el rock de los setenta (desde Kevin Ayers y The Byrds hasta Veneno y Vainica Doble), pero en el que acabaría por volcar toda la canción protesta, reservando Los Planetas (no se sabe hasta cuándo) para el flamenco psicodélico. Así pues, Contra la ley de la gravedad cambió el discurso de Los Planetas, dibujó el camino de Grupo de expertos Solynieve, rompió el contrato discográfico con la multinacional y, por si fuera poco, aportó al acervo planetario una de sus mejores colecciones de clásicos (“Devuélveme la pasta”, “Nunca me entero de nada”, “No ardieras”, “El golpe de gracia”, “Deberes y privilegios”…). ¿Y aun lo siguen llamando “el peor disco de Los Planetas”?

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Antics

Lo peor no fue empaquetarlos con el precinto de post-punk revival, sino insistir con aquello de que eran una burda copia de Joy Division. La lúgubre emotividad de Turn on the Bright Lights era la responsable de tan cansina comparación, que quizá los obligó a replantear el itinerario sonoro y poético del grupo. Interpol buscaron un nuevo registro, ni mejor, ni peor, solo diferente. Y lo consiguieron sin necesidad de perder la identidad que (diga lo que diga la crítica más hostil) habían ganado con el disco de debut. El giro comienza en las letras de Paul Banks, que mutan la oscura atmósfera de desolación por una más resignada y no por ello menos conmovedora. Con ese cambio lírico, el instrumental sobreviene de forma natural: la sección rítmica se arrima al pop e, incluso, al baile, al tomar buena nota de los esquemas compositivos de Pixies. Asimismo, las líneas de bajo serpentean entre el pop bailable y el funk, logrando Carlos Dengler (el bajista) una comunión con Sam Fogarino (el baterista) que dan como resultado los ritmos tensos y flexibles de Antics. A pesar de la tristeza en los versos de Turn on the Bright Lights, el primer disco de Interpol había llegado a muchísimo público. Por lo que el valiente paso hacia unas maneras que, aunque aparentemente más luminosas y digeribles, se alejaban bastante de las que podrían haber sido una apuesta de éxito seguro, fue su singular declaración de retirada al underground. Y si el resultado fue todo lo satisfactorio que fue Antics, mejor que mejor.

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