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K-Pop: Culturetas y One Directioners; ¿son tan diferentes?

Por Ross Gallagher 0

Lo primero querría pedir perdón por la inexactitud del titular, pero no se me ocurría otro que pudiera resumir de forma directa y entendible al público la idea general de la que voy a tratar a continuación.

En mi último artículo sobre la charla que se dio sobre la industria musical 3.0 en el marco del pasado Primavera Club, en el que participaba Alberto Guijarro, director del Primavera Sound, salieron unos cuantos temas interesantes sobre los que me gustaría exponer.

En cierto momento, la charla derivó hacia el modelo de negocio existente en el K-pop. El K-pop es un “movimiento” musical que tiene origen en Corea del Sur, en el que hacen uso de sonidos típicamente occidentales como pueden ser Hip-hop, Rock, R&B o Dance siguiendo un corte eminentemente comercial. Un ejemplo de K-pop que nos ha llegado, sin ir más lejos, es el Gagnam Style de PSY que todos conocemos y hemos padecido, o disfrutado, o un poco de cada, en algún momento.

Lo curioso de este modelo es que existen compañías que se encargan de producir grupos desde la base. A diferencia de las boys band occidentales como pueden ser actualmente Auryn o One Direction, en los que los miembros del grupo se juntan, o los juntan, ya a una edad más o menos adulta, estas compañías “fichan” a los artistas cuando cuentan con apenas diez o once años de edad.

La compañía se ocupa de buscarle educación y academias donde mejoran sus cualidades, y más o menos a los 15-16 años, realizan un campus de trabajo donde productores nórdicos, suecos sobre todo, trabajan para alcanzar una calidad óptima, produciendo allí canciones y finalmente sacándolos al mercado, creando así Idol bands totalmente pensados y dirigidos al consumo de masas.

Además, al sacarlos al mercado, lo hacen de una forma muy cuidada; crean un mundo detrás de los chicos, y a través de las redes sociales, cuentan cada detalle de su vida, si se ha cambiado el pelo o los pasos de baile que están ensayando, todo ello en multitud de idiomas, creando así engagement y un negocio en el que la música es sólo parte del montaje.

Y no penséis que su mercado se restringe sólo a Corea, donde tienen aproximadamente un 10% del negocio; tienen como principal mercado latinoamérica e incluso en Europa encuentran un nicho donde explotar su producto.

En este momento es cuando Alberto hace una reflexión; ésto, que de entrada nos puede parecer una barbaridad, no está tan lejos de lo que hacemos los culturetas; nos encanta leer un libro sobre Tom Waits y ver que vivía en una granja y que es de determinada manera.

También señaló, por ejemplo, que hubo un momento en el que Micah P. Hinson se puso muy de moda, porque hubo una historia, que nunca llegó a saber si era verdad, de que era un expresidiario con una historia oscura; buscamos algo más aparte de la música, una historia que además se explota en forma de biografías, documentales y un largo etc. Y con esto culmina, sentenciando; lo que nos parecía una barbaridad, nosotros también lo hacemos.

Ahora yo me pregunto; ¿eso es realmente así? ¿Realmente no existe diferencia entre el seguidor del K-pop con el que se interesa por la vida de Ian Curtis, o de Kurt Cobain, por poner un par de ejemplos?

Estoy completamente de acuerdo en la exposición de Guijarro en que sí, nos encanta saber cosas sobre el artista cuya obra nos gusta. Y esa percepción del artista influye de manera crucial en nuestra percepción de la obra, de manera retroalimentativa; un artista con un background interesante te ayuda a disfrutar de esa obra, mientras que un artista que se comporta como un capullo tiende a hacer que su obra se vea más irrelevante.

Hay miles de ejemplos sobre esto: qué verdadero fan de Eels no ha querido leer “Cosas que nuestros nietos deberían saber”, su autobiografía. Quién no conoce la leyenda detrás de Jeff Mangum, que tanto ha ayudado a impulsar Neutral Milk Hotel. O cómo explicar el repentino interés por Rodríguez, si no es por el documental Searching for Sugar Man. Qué es lo que hace de la obra de Daniel Johnston algo tan especial, si no es su peculiar condición y su imaginería.

Y al contrario, ¿cuántos fans habrá perdido Bono por su forma de ser o Morrisey por su mala disposición a la hora de dar conciertos? Por ejemplo.

Evidentemente nada de esto está directamente relacionado con la música. Las canciones no suenan distintas. Pero lo que indudablemente cambia es la manera que tienes de apreciar esas canciones, de saborearlas, El mensaje puede volverse más realista, adquirir una dimensión extra que no puedes encontrar en las notas, y que, sólo a veces, puedes vislumbrar en la letra de las canciones. Da la impresión que puedes llegar a percibir lo que existe detrás de las composiciones, por qué son como son.

¿Es realmente esto equiparable al engagement que hablábamos en el caso del K-pop? ¿Adquieren las canciones del K-pop, realizadas en ese campo de trabajo, una dimensión extra por saber qué le gusta al boy comer, o cómo lleva el pelo? En realidad, seguramente sí, en cierto aspecto.

Quiero decir, en este caso, estoy convencido de que el fan consigue empatizar con las canciones de manera más fácil porque siente que conoce al artista, al que admira. En este caso a lo que se apela sin embargo, es radicalmente distinto a los casos anteriores; aquí se apela a la fascinación, a la reverencia; los artistas son ídolos que rozan la perfección, son guapos, bailan bien, son todo lo que quisieras ser. Encarnan un ideal, lo guay, es la imagen de triunfadores que siempre nos han dicho que debemos ser.

Sin embargo, las historias de Kurt Cobain, de Mr. E, Ian Curtis, Daniel Johnston, son precisamente historias del espectro contrario; artistas que han escrito sus obras desde una experiencia vital más o menos trágica, que han conseguido hacer de la música una vía de escape y por ello percibimos su obra como más sincera, y por tanto, más real.

Pero bueno, tampoco todos los referentes son tan trágicos; ahí tenemos a Refused o los Sex Pistols; las experiencias son distintas pero tienen en común una cosa: su experiencia vital respaldó el tipo de música que hicieron en su momento, y le dotaron de sentido, significado, se volvieron multidimensionales, adquieron vida más allá de melodías, armonías y ritmos. Saber esa historia resulta relevante a la hora de valorar y apreciar la obra per se, no es tan sólo una forma de empatizar.

Además también podemos querer saber más sobre el contexto histórico detrás de los grupos; todos las bandas y artistas que han innovado, haciendo que la música evolucione, y que han influido de diversas maneras en las generaciones siguientes y que han configurado finalmente el panorama actual.

Todo esto, por tanto, no lo considero comparable ni de lejos a lo que representa la industria K-pop y la fascinación que sus fans puedan tener por los artistas, en tanto que esa fascinación está cuidadosamente preparada, desarrollada y pulida desde el primer momento con un solo fin; conseguir dinero, sin relación alguna con la obra.

Eso no quita que el “cooltureta” muchas veces caiga en la misma trampa que el fan de K-pop, ya que al fin y al cabo apenas somos distintos, si es que lo somos; pues no habremos escuchado lo buen@ que está tal o cual cantante, hemos sido testigos de maniobras publicitarias como la de Bat for Lashes haciendo una portada en la que salen desnudos, o hemos visto como The Strokes pusieron de moda los pantalones de pitillo hace ya más de una década.

Así pues, estoy de acuerdo en que a todos nos gusta saber qué hay detrás del artista cuya música nos gusta, en eso no somos en absoluto diferentes, y coincido también que asiduamente el cultureta cae en lo mismo que cae el fan de K-Pop; sin embargo difiero en que el conocimiento de las vivencias de los artistas y el contexto creativo en que surgieron sean equiparables a trivialidades como el color del pelo del cantante, o que sepa hacer uno u otro paso de baile. Sencillamente no tienen la misma relevancia, no tiene el mismo interés, Alberto acertó en los comentarios, pero erró con los ejemplos.

Aquí no quiero ya entrar en juicios de valor, si esto es bueno, malo, mejor o peor, me la suda, hablando mal y pronto. Eso se lo dejo a la Policía del Buen Gusto, a los cruzados antihipster y a su comandante el cambiacapas Lenore. A mí me interesa aún menos que el peinado de los artistas k-pop.

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