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La banda que pudo reinar: 20 años de “Dog Man Star”

Por Juanjo Rueda 0

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Somos muy amigos de las efemérides, de recordar y darle vueltas a la historia, a la retromanía, para recrearnos en un pasado que nos suele parece más atractivo que el presente que siempre es incierto aunque pueda ser igual o más excitante. En este caso, viene bien revisar uno de los grandes hitos de una banda como Suede, ya que, como el de unos triunfadores instituto, parecen vivir más de un pasado más ilustre y que no volverá. A la vista de esto, en 2014 han recuperado y homenajeado “Dog Man Star” (1994) por su veinte aniversario, algo que parece en su caso lógico en un presente, el de la banda, que busca reverdecer laureles copiándose a si mismos (pero perdiendo gran parte de chispa y frescura en el proceso), conscientes de que su gloria creativa quedó atrás hace un tiempo. Una gloria creativa que tuvo uno de sus momentos importantes en este segundo disco de la banda tras un primer y más que notable disco de debut homónimo que fue uno de los principales culpables (indirectos) de levantar la liebre de aquella “new wave of the new wave” que terminaría siendo conocida en todo el mundo como ese gran circo de cinco pistas que fue el “Britpop”. Suede parecían, en ese primer momento, destinados a la gloria, a ser los jefes de pista de ese circo pero quizá no se contaba con que el grupo iba por otro lado que hizo que otros supieran captar mejor el “zeitgeist” musical del momento y/o, sobre todo, el favor de la prensa, adelantándoles por la derecha (Blur y Oasis). Incluso su papel de “outsiders” irónicos terminó siendo asignado a dos ladinos talentosos como Luke Haines (The Auteurs) y Jarvis Cocker (Pulp). Iban para reyes y se quedaron, a nivel popular, en duques (¿blancos?) de esta película musical.

“We’ll be the wild ones, running with the dogs today”

Parte de la “culpa” de esa abdicación la puede tener este segundo y ambicioso segundo disco (el más ambicioso de su carrera), un disco más cohesionado que su debut, más operístico y teatral; más dramático en su romanticismo afectado; más épico, más encerrado en si mismo que los de Blur y Oasis (más descriptivos e irónicos los de los primeros, más desafiantes, simples y directos los de los segundos) y, paradojas, que servía para describir el estado de ánimo de miles de jóvenes británicos que no veían un futuro tan esperanzador en manos de un John Major sobre el que todavía sobrevolaba la sombra de una Margaret Thatcher que lo tuvo en su gobierno. Captaba el ánimo desencantado de miles de jóvenes que jamás se fiarían del sonriente Tony Blair en 1997, ya que sabían que parte de las grandes historias de amor -como pasa en este disco- no tienen final feliz, pero que todavía querían pequeños golpes de épica, sentimiento y arte para sentirse vivos.

Suede lo tenían (casi) todo para coronarse, eran admiradores confesos de Bowie y la herencia del glam-rock; tenían una pareja creativa formada por un vocalista de voz personal e imagen ambigua junto a un guitarrista creativo, los cuales no tardaron en ser comparados con los todavía recientemente disgregados Morrissey y Johnny Marr de The Smiths a los cuales también rendían culto (de hecho, el nombre de la banda proviene de la canción de Morrissey “Suedehead“); y cultivaban una imagen de ambigua sexualidad tanto en los discos como en persona (otro punto de conexión para relacionarlos con los anteriores). Las letras e historias de Brett Anderson, hablaban de una juventud confundida, encerrada en una sensación constante de desorientación vital que ni las drogas ni la fiesta del viernes o el sábado noche conseguía tapar. Estas características se potenciaban y pulían en este segundo disco, un disco que describe esa sensación de bajón de domingo post-fiesta que parece capturar la foto de la portada obra de la fotógrafa Joanne Leonard en los años setenta (de nuevo, el gusto por lo retro), donde la carga de ambigüedad sexual seguía muy presente con ese cuerpo masculino desnudo tirado en la cama a la luz de una posible mañana, quizá tras una noche de excesos. Pero no sólo de autocompasión se alimentaba este disco, también, al igual que el anterior, había himnos rabiosos para que los perdedores comprendiéramos que la rabia de los sueños no alcanzados era compartida, como pasaba en ese “We Are the Pigs” guiado por los riffs cortantes e imaginativos de Butler y en cuyo vídeo se mostraba una Inglaterra suburbial y belicosa que no estaba dispuesta a acatar su destino de cerdos, unas imágenes no demasiado lejanas a las distopías de un “1984” o de un “V de Vendetta”. El sonido de este segundo disco, producido de nuevo por Ed Buller, jugaba con una producción muy cuidada y por momentos ampulosa pero que, como pasaba en los discos de glam rock de Bowie, conseguía sonar sucia en temas como el mencionado “We Are the Pigs”, “Heroine” o “This Hollywood Life”. También conseguían jugar con un sonido algo espectral y que buscaba difuminar esos límites musicales entre los que se movía la banda, como ocurría en esa obertura que es “Introducing the Band”, con una percusión amenazante y una imaginativa, retumbante, línea de bajo; o esa fantasmal “Daddy’s Spedding” (que homenajea a James Dean, otro punto para conectarlos con los Smiths) guiada por pianos con un fondo que, por momentos, parece que juega con el uso de sintetizadores mientras, llegado el momento, se cuela una guitarra distorsionada que termina gobernando el tema sobre diferentes efectos o sonidos pregrabados (ese sonido de helicóptero). Los medios tiempos siempre han sido uno de los puntos fuertes de la banda, como muestra el anterior tema, y que tiene uno de sus puntos culminantes en “The Wild Ones”, uno de los singles extraídos del disco y uno de esos temas que rezuma clasicismo, dramatismo y épica pop a partes iguales; en “The 2 of Us” o “Black or Blue” aparece la sombra Scott Walker gracias a los arreglos de Brian Gascoigne, colaborador de Walker; mientras “The Asphalt World” es el culmen de esos relatos de nocturnidad urbana que describen esa especie de “nausea” vital donde la maestría de la guitarra de Butler se expone con elocuencia, trazando, en casi diez minutos, recovecos y ambientes que hacen lógica la comparación con Marr. Otro de los singles de este disco fue “New Generation” con una veta más pop y grandilocuente mientras de “The Power” sonaba más domesticada, construida en un pop más directo y simple, ambas parecían prefigurar, la segunda sin tanto acierto (probablemente la canción más floja del disco), el siguiente paso de la banda (“Coming Up”, 1996). “The Power” fue ya uno de los temas compuestos por Anderson en solitario, tras la decisión de Bernard Butler de bajarse del tren tras el habitual choque de egos, ocasionando uno de esos “what if…?” para el que el fallido conato de The Tears (“Here comes The Tears”, 2005) no llegó a dar una respuesta satisfactoria.

“We are the stars of the firing line”

El disco termina en el melodrama esperanzado y vestido de épica orquestal (con la sinfónica de Londres) de “Still Life”. Un tema para hacernos sentir vivos y seguir adelante a todos los “hombres perro” que soportamos una vida inmisericorde, para hacernos sentir, con esta música, que nosotros podíamos ser las estrellas, por breves minutos, de este mundo gris. Un disco que sirvió para que, probablemente, perdieran la corona y la batalla del “Britpop” pero que terminaran ganando la del paso del tiempo, confirmándolo como una de las grandes obras de esos esquizofrénicos y eclécticos noventa que tuvieron lugar en las islas británicas. Para algunos, muchos, la gran obra de Suede, aunque, personalmente, puede disputárselo, sin pretenderlo, “Sci-fi Lullabies” (1997), su recopilación de caras B, un greatest hits sin greatest hits. Pero esto es otra historia. Como fue otra historia “Coming Up” (1996), un disco ya sin Butler y el gran canto del cisne (pop) de una banda a la que después se le acabó la chispa (en el estudio, que no en directo, siempre cumplidores) aunque se puedan encontrar temas rescatables en todos sus discos posteriores. Pudieron reinar, es más, como ese personaje de Sean Connery en la clásica película de John Huston, a su manera y durante unos breves fotogramas de la pelicula musical de los noventa, lo hicieron.

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