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Birdman, el metacine de Iñárritu

Por David Sánchez 0

birdman

Decia Albin Straight en la maravillosa The Straight Story (1999) que lo peor de hacerse viejo era recordar cuando uno era joven. Michael Keaton pasa por la caja de la alopecia y no escapa de la mano negra de las canas, es un ejercicio de transmutación del Bruce Wayne de los 90 a un saco arrugado en horas bajas dentro de la industria. Ya solo le queda el recuerdo de ser aquel superhéroe que enamoró a toda una generación, quizás no muy selecta, pero sin duda numerosa.

Birdman (or the unexpected virtue of ignorance) es la nueva película del director mexicano Alejandro González Iñárritu, autor de Amores Perros (2001), 21 Gramos (2003), Babel (2006) o Biutiful (2010), un bonito palmares de cintas complejas, con raíz emocional pero siempre abocadas al drama. Con Birdman Iñárritu ha decidido ahondar en la comedia más trágica, haciendo un homenaje postmodernista y con pólvora del clásico El crepúsculo de los dioses (1950), la cinta de Billy Wilder en la que Norma Desmond, una estrella del cine mudo, cae en las más profundas sombras de la ignorancia colectiva con la llegada del sonido al cine. Quizás la mejor cinta para ejemplificar el cine dentro del cine.

Birdman recoje esa fórmula y la adorna con comedia absurda, actores de sobresaliente y pinceladas críticas que dotan a esta historia de autoengaño y vejez de una personalidad única. La caída en picado en Riggan Thompson (Michael Keaton) de estrella del cine taquillero como protagonista de la saga de superhéroes Birdman, a su intento de hacer algo realmente grande como actor, pasando por Broadway, es el punto de partida de la historia. El estudio del eterno dilema del cine moderno de hacer cine de autor contra el dinero de los estudios, el cine dentro del cine más loco e irreverente que se recuerda, enseñándole a Cronenberg (Map To The Stars 2014) cómo hacer las cosas en condiciones.

El auténtico logro de Birdman es conseguir aunar en una misma película reclamos lo suficientemente atractivos para el público masivo, pero a su vez, tener profundidad, cuestiones metafílmicas y un escandaloso desarrollo formal con el que el más sibarita del séptimo arte disfrutará. Iñárritu nos plantea las dos optativas pero consigue alcanzar el equilibrio perfecto.

El concepto metafílmico es una auténtica delicia para los amantes del cine. El cine dentro del cine que traspasa el propio cine. No es casualidad que el personaje de Riggan sea interpretado por Michael Keaton. Michael Keaton no interpreta, es Riggan, un papel que parece escrito casi biográficamente para él, el rol que llevaba esperando toda su vida. Y eso se nota, en esas escenas en las que los ojos se humedecen para contarnos la historia de su vida, donde la rabia de todos estos años relegados a actor de segunda sacan toda su furia y nos dejan escenas que pasarán a la historia del cine como la disputa con la crítica de teatro (Lindsay Duncan), una defensa sin cuartel de Iñárritu hacia su gente, los actores, tan volublemente vapuleados por la crítica y tan poco considerados en las consecuencias de las mismas. Pelos de punta.

Pero no solo de Michael Keaton vive Birdman. De hecho, en la primera mitad de la cinta, la más divertida versión de Edward Norton en el cine se lleva todas las ovaciones, un personaje que busca en la actuación el único momento de su vida en el que no actúa, un Zach Galifianakis, el hipertenso director de la obra que consigue en los pocos momentos de aparición hacernos sonreir, y por supuesto el exuberante y acertadísimo reparto femenino con unas notables Emma Stone, Naomi Watts (¿esta chica hace algo mal?) y Andrea Riseborough. Un róster de lujo para hablarnos de las miserias de la sociedad moderna a través del teatro y el cine, de la inseguridad, lo crudeza de envejecer y lo duro que es esta profesión, una profesión por otro lado, compuesta por gente normal, con sus problemas diarios que a veces se ignoran en post de buscar el mito. Iñárritu nos muestra la humanización del actor. Y lo hace jugando con la siempre interesante estrategia del doble, por un lado Riggan, el personaje que conocemos, y su voz interior, Birdman, la estrella de cine que hay dentro de él. Este choque nos lleva a las partes más poéticas de la cinta, la búsqueda de la liberación personal de las cargas del pasado, a hacer las paces con uno mismo. Todo ello apoyándose en una realización absolutamente perfecta.

En el plano formal la película es impresionante. La realización que a priori podría parecer informal con una cámara que no para de moverse en todo momento, esconde una complejidad milimétrica que delimita el guion y lo que vemos a su merced. A través de movimientos circulares, magníficos planos secuencia, paseos por los pasillos con steadicams y algunas virguerías audiovisuales que desafían a las leyes de la física, Iñárritu nos hila esta historia con imaginativas conexiones entre escenas que escapan de cualquier lógica temporal dentro de la acción, pero cuyo resultado no puede ser más atractivo y natural. Para que cortar plano cuando puedes inventártelo.

Como todas las grandes comedias, Birdman esconde mucho drama. Una crítica al cine taquillero y la industria del espectáculo a través de gente corriente que actúan como actores. El peso del exitoso pasado frente al cada vez más desilusionante presente, y la búsqueda dentro de nosotros mismos de esas alas que nos ayuden a escapar de un mundo en el que cada vez hay menos espacio para nosotros.

Te gustará: Si te gusta reírte y pasar un buen rato, si te gusta el metacine, disfrutas con la formalidad audiovisual y tienes un mínimo de espíritu analítico.

No te gustará: Si echas en falta algo más de crítica al sistema (recordemos que produce Fox, poco más han podido hacer en ese sentido)

Nota : 9/10

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