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The Prussians en South Pop Sevilla 2015, lo imposible era no moverse

Por Paloma García 0

Es poco más de la una de la mañana cuando Dominic Massó y su tribu aterrizan sobre el escenario del Teatro Alameda en la novena edición de South Pop Sevilla. Con una intro tan potente como seductora, los primeros toques de Cold Trees suponen toda una declaración de intenciones. Estos chicos vienen pegando fuerte.

Su melodía electrónica de indie rock envuelve la sala rápidamente y no deja indiferente a nadie, disipando de un plumazo la melancolía canalla que el gran Nacho Vega ha dejado clavada en el escenario media hora antes. Presentan Mul Mul (Green Ufos, 2014), un álbum lleno de contrastes sonoros con un denominador común: una voz limpia y personal a la que pocos acordes le hacen sombra. Derrochan un directo intenso y enérgico, apoyado en parte en los riffs entusiastas del guitarrista Jorge Alarcón.

The Prussians tienen muchas ganas de tocar y, sobre todo, de hacernos bailar. Los teclados de Ferchu Vallejos echan chispas con Arabian, mientras la sala vibra al ritmo de las influencias evidentes de grandes bandas británicas gracias a la potente percusión de Tino Lucena. Entonces llega Last Call como un canto hipnótico y el tono del concierto cambia de tercio haciéndose más íntimo. Se presenta una nueva canción, Kerala, compuesta gracias a la inspiración de un viaje a India. En la atmósfera densa de los sonidos más oscuros sobrevuela una lírica trabajada.

Foto: José Manuel Ceca
Foto: José Manuel Ceca

Y como todo lo que bien empieza bien acaba, los chicos tienen reservado para el final lo mejor, con un Biel Abrines al mando de un bajo muy bien equilibrado. La banda se abre y se relaja. Está cómoda y confiada con un público que disfruta con cada tema. Llegado el momento, el vocalista coge las baquetas como un arma tribal para marcar uno de los últimos bailes del viernes en South Pop Sevilla 2015. Suena Red Lips cerrando el repertorio.

Los mallorquines reparten algunos discos y regalan un par de canciones extra como A Stone. Quieren tocar más y el público lo pide. Deben de ser cerca de las tres de la mañana. Se hace el silencio y se mantiene la indecisión, pero a los pocos minutos los platos de la batería comienzan a desmontarse. Lo esencial ya está demostrado. Fin del hechizo prusiano.

Los últimos rezagados nos marchamos de la sala dejando a un Dominic Massó aún entregado. Sentándose al borde del escenario, habla con los que quisieron más y no tuvieron, colocándose una gorra y regalando sonrisas. Lo hemos pasado en grande. No cabe duda de que ellos también.

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