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Vida 2015, de la huerta a la música

Por Jose Eduardo Medina 0

Vida 2015 / web del festival

La segunda edición de Vida, muestra de música internacional de Vilanova i la Geltrú, era la reválida para un joven evento, nacido del sustrato dejado por el extinto Faraday, cuya intención de mantener las señas de identidad y el arraigo en la localidad de su predecesor no le ha supuesto una restricción de miras. El abanico de confirmaciones de cuidada elección, elegidas siguiendo un patrón de estilo, eran los primeros pasos para la esperada y prometedora segunda etapa.

Vosotras, y vosotros, que habéis pasado parte de vuestra vida, y particularmente de vuestros veranos, asistiendo a conciertos, sabéis cuán idílica es la vida diaria dentro de un festival. A las habituales colas para pedir bebidas, la nula probabilidad de encontrar servicios que cumplan unos mínimos de higiene o esa dieta variada que se sirve dentro del recinto, los de formato intensivo suman una oferta de cómodas parcelas para pernoctar y amplias zonas de recreo full-equip en las que, de forma distendida, podrás descansar cómodamente hasta el inicio del programa diario. Tal es así que, tras mi última estancia en la zona de acampada del FIB, tenía expresamente recomendado por mi médico no acercarme a menos de quinientos metros de uno de sus campings. Desoyendo las advertencias, y con una cuenta corriente lastrada a nivel crisis griega, encaminaba mis pasos a plantar los restos que sobrevivieron a Benicàssim en tierras de Vilanova.

¡Oh, albricias! Sombras libres y ausencia de cargamentos de cerveza Steinburg y vodka Kneb atravesando las puertas, duchas con paredes y baños no portátiles, sin noticias de patos, caimanes y demás hinchables zoomorfos retozando entre las tiendas. Aquel lugar parecía incluso acogedor, pero, desconfiando aún, quedaba todo un fin de semana para evaluar el espejismo de las primeras horas. Al atravesar las calles de Vilanova, apenas se advierten cambios en la rutina diaria, más allá de la habitual llegada de foráneos a un pueblo costero en los primeros días del estío. No me crucé con hordas de cuerpos color salmón saqueando la sección de bebidas en supermercados y comercios para cubrir más tarde, en apretada alfombra de carne, parques y aceras o enjambres decididos a convertir cada surtidor, fuente o estanque público en una improvisada fiesta de la espuma patrocinada por algún detergente de marca blanca; ausencias que me hacían dudar si realmente encontraría algún concierto por los alrededores. Uno es escéptico y ya no está dispuesto a creer sin ver, pero había motivos para pensar que no sería un festival al uso el que estaba a punto de vivir los próximos días.  

Fundamentalmente hay un rasgo que permite al Vida, y espero se mantenga así en el tiempo, distanciarse de esa realidad postapocalíptica que invade los festivales costeros, me refiero a su escala. El enfoque menudo da cierta libertad a sus organizadores para edificar una programación que sorprenda gratamente al público. Una pequeña vivienda colonial a los pies del faro, el jardín con vistas al mar y la luna en el atardecer reflejándose sobre las olas es la carta de bienvenida para los recién llegados. El lugar nombrado como Molí de Mar formaba parte del recinto del antiguo Faraday, así lo recordaba Hidrogenesse al final de su concierto. Invitados para el cierre de la fiesta inaugural, el dúo barcelonés sabe manejar las distancias cortas y, en un escenario que apenas levantaba un palmo del suelo junto a un público mayoritariamente local, las distancias ya eran reducidas de por sí. ¿Qué podemos decir de Carlos y Genís? El primero vestido con una camisa de brillante color violeta, el segundo con el traje enterizo color carne de la gira Un dígito binario dudoso (Austrohúngaro, 2012), entre ellos un anillo de dorada purpurina. Con igual heterodoxia que su atuendo, las canciones hicieron desfilar por el escenario una colección de iconos pop, personajes surrealistas, coreografías infantiles, referencias de serie B, animales y disfraces. Atrezzo vario para una fiesta de color rosa chicle y olor a algodón de azúcar montada por el vocoder y el sintetizador, donde, al rascar suavemente, se verá un poso de melancolía y deseo no correspondido. Contra las penas, dame un beso y ‘échame un kiki, amor.

El recinto de la masía continuaba siendo desconocido para mí. Recorrer el camino que desde el pueblo lleva a ella es atravesar un cementerio más del pelotazo inmobiliario y, dejando atrás desiertos solares y abandonado mobiliario urbano entre rotondas, la retícula de asfalto retrocede dando paso al color rojizo de la arcilla. En este punto, uno comienza a desprenderse de lo innecesario, olvidando las prisas y el estrés de la vida en la ciudad para integrarse con pinares y viñedos. Así son los dominios de un festival que sorprende a cualquier primerizo que no lo haya pisado antes, cayendo de bruces entre atillos de paja, herramientas de labor, cobertizos de madera y una brisa teñida del color dorado que deja el salvado de trigo en el aire. La pradera, apta para multitudes pero nada acogedora durante las horas de sol, se reserva hasta la llegada del frescor nocturno y, en el sopor de la tarde, un pequeño pinar ofrece su refugio de sombras al recién llegado. Idea, la de dar conciertos en el interior de un bosque, que se habría cruzado por la cabeza de los pioneros de Woodstock o Glastonbury y es una de las bondades más seductoras de un formato pequeño.

Caminante entre los restos de un plástico naufragio, esa es la sensación del extraviado oyente cuando aparecen ante él la quilla de un bajel varado entre agujas de pino y ramas de olivo. Un paisaje que sorprendió al mismo Neil Halstead cuando le llegó el turno de inaugurar la cubierta — ‘nunca he tocado en un escenario similiar’ — de la embarcación. El directo encajó como un guante en la arboleda iluminada con el rayo crepuscular. Al disolverse Slowdive, su guitarra se deshizo del pesado envoltorio de distorsiones shoegaze para, soltando lastre, migrar a melodías menos procesadas de dream pop o country-folk. Así fue el guión ejecutado por Halstead en directo, porque, a pesar de volver a los escenarios con su primera banda, en solitario no quedan huellas de sonidos complejos. Su catálogo de efectos con la guitarra acústica; rasgado, deslizado, punteado, y unas letras íntimas que buscan refugio ante la acelerada rutina actual, era un manifiesto que no podía ser predicado en suelo más fértil. La exaltación bucólica apenas duró ese instante y el chirriante sonido que deslució el directo de Xoel López fue sólo el pellizco que nos hizo despertar de golpe.

Aunque daríamos puntuación sobresaliente por el goce estético, el entorno de orografía salvaje supone un reto para la organización que llegó a verse superada en las horas puntas. Voluntarios perdidos, fallos en la recogida de tickets en las barras o, incluso, un servidor buscando por cuenta propia enchufes para continuar twiteando sobre el festival, fueron situaciones que enturbiaron a más de uno aquel sueño de una noche de verano. Sin embargo el balance continúa siendo positivo, destacando el trato recibido por quienes trabajaron en el interior del recinto y dieron incontables horas de su tiempo para pulir fallos de base. Desde las amables chicas del pequeño quiosco de bienvenida, que preguntaban ávidas de conocimiento por los grupos del cartel, hasta una zona de restauración donde se respiraba verdadero ambiente familiar, ese que va más allá del vídeo de promoción y los hashtags de instagram.

Aquí el público no encontrará las habituales franquicias de comida que pueblan festivales barceloneses, porque quienes se esfuerzan por mantener llenos los estómagos mientras suena la música son un grupo de emprendedores locales cuya pasión por la restauración les lleva a arriesgar en los fogones al mismo nivel que los artistas sobre el escenario. Encarna y Mari se encargaban de la primera línea, repartiendo agua y calmando los ánimos cuando las primeras barras fallaron, mientras Dani, chef con años de experiencia en la costa catalana, lograba salvar la nevera de un cortocircuito. En su carta podía leerse desde gazpacho de sandía a una lista de postres de preparación casera, todo un lujo en el menú diario de un festival. A pocos pasos, Paulo y Vanessa, teñidos de rojo barro hasta las rodillas, habían trasladado la puntera cocina fusión de su proyecto en el centro de Vilanova a mitad del bosque. Aventura de reality televisivo la de arriesgarse, entre frutales, a ofrecer precisos platos de gastronomía japonesa en riguroso directo. Estos ejemplos son sólo muestra de una tripulación que permanece en la sombra y tratan cara a cara con la gente, ejerciendo a tiempo completo para solventar los cabos sueltos de la organización.

No sé si serían alucinaciones provocadas por las altas temperaturas, pero la llegada de la oscuridad a los campos del Vida viró mi percepción del aparente inofensivo terreno. Las sendas se teñían ahora de hazes azules y violetas, vaporosas lámparas blancas brillaban bajo las altas copas y una suave niebla hacía zozobrar mi mente en la opacidad lechosa. Puede que todo fuera sólo un juego de Adam Granduciel. El cerebro de The War On Drugs continúa perdido en el sueño, un sueño que para algunos es comparable con aquel capaz de producir monstruos. Verdad es que no hay ruptura en el patrón de rock americano clásico que ejecuta la banda y que, incluso, esa suma de capas que llegan a dar una sonoridad particular a lo grabado, no hay forma de conseguirla fuera del estudio, pero cuando los dedos de Gramduciel se posan sobre las cuerdas todo funciona con la precisión de un reloj, directo de guitarra impecable donde encaja cada línea al milímetro en una estructura que aún debe obsesionar a su progenitor.

La cara nacional, muy numerosa aunque menos llamativa que los nombres extranjeros, no consiguió ganar la batalla en los escenarios de la masía. Salvó los muebles Nueva Vulcano, quienes supieron mantenerse en el ring a base de potentes derechazos de guitarra y ganchos en forma de estribillos que hicieron gritar a la platea, lugar donde otros cayeron noqueados. Juan Ramón Rodríguez (Jota) y Manuel Ferrón (Grupo de Expertos Solynieve) traían EP bajo el brazo, Lucro cesante (El seguell del Primavera, 2015), una vuelta más al folclore andaluz visto desde la óptica de la costa este norteamericana, rock empapado de blues y country, al que se añade un barniz de reivindicación política. Primer asalto perdido por un sonido problemático, que les hizo no estar demasiado cómodos sobre el escenario y K.O. técnico ganado a pulso por una desgana en la ejecución. A quien suele ver a Jota subido a las tablas, esta vez tocó la de arena, contagiando hasta la versión de ‘Déjame vivir con alegría que sonó plana, sin rastro del orgullo que le imprimió Vainica Doble y que se haya de plena actualidad con la encrucijada europea. Al menos esta vez logró vocalizar la letra.

Si hablo de la generación más joven, Juventud Juché abría el viernes, Hinds compitió con Woods y la mejor plaza se la llevó el joven debut de Mourn. La banda de chicas adolescentes tocaba a mitad de la tarde y sorprende verlas subidas al escenario cuando apenas rozan la edad mínima para ir sin acompañantes a un festival. No puede negarse que están cómodas en directo, de tradición familiar les viene, y su frescura es la de quien ve aún en la música un juego. Flaco favor hace a esta entrada de aire no viciado el fenómeno hype levantado por Pitchfork, colocando a su lado nombres como Patti Smith o P.J. Harvey. Los pasos de estas jóvenes, aunque no estén acomodados, hay que dejarlos seguir por un camino que irá madurando maneras en la composición y la interpretación, camino que debe ser el propio y no el de otros. La madrugada, y la espesura, encajó con The Saurs y Los Mambo Jambo, dando carnaza bailable a las ávidas bocas, lo contrario que el escenario de despedida. El hormigón blanco de La Daurada fue un epitafio para el sonido de Les Sueques, Le Petit Ramon y Modelo de Respuesta Polar, cuyos esfuerzos no pudieron hacer frente al precario acondicionamiento de un contenedor industrial.

Quien haya leído hasta aquí, tendrá la imagen de un evento sin sobresaltos, de perfil selecto y ambiente agradable, donde todo tiende a canalizar el lado bucólico del ambiente rural a través de la música. Woods y Super Furry Animal eran dos piezas fáciles de encajar en este puzle. Ambos trabajan con la improvisación sobre el escenario, hilando piezas en una jam de base psicodélica, que en los primeros se acerca a sonidos folk. Iguales ecuaciones con diferentes variables no dan el mismo resultado, Woods jugó sus cartas y alcanzó el éxtasis, Super Furry Animals se ahogó en el ácido lisérgico. Sin embargo, el discurso continuaba inamovible, y resultaba hasta irritante tanta contención. Todo cambiaría con la irrupción de la estrella del festival.

El pasado año las huestes incondicionales de Lana del Rey se desbocaron por la pradera del festival rompiendo esa candidez rural que posee el recinto. Sin marcar precedentes, esta invasión ha creado un papel estelar que levanta pasiones por encima del resto del cartel. ¿Recuerdan a alguien más allá de Robin Pecknold entre la maraña de instrumentos que eran Fleet Foxes? Si les pregunto por la batería, apenas vendrá a su cabeza algún sonido disperso. Pues, supuestamente, aquel hombre era el mismo que ahora se contoneaba con maneras de Jarvis Cocker, atravesaba el escenario a la velocidad de Jim Morrison o giraba el micro con más desparpajo que Roger Daltrey. Joshua Tillman parece haber tenido algo más que una revelación al cambiar de identidad y, a pesar de que Father John Misty se asemeje a nombre de reverendo, vuelve autoproclamado como profeta del rock. La masa respondió ansiosa a las provocaciones; gritos, avalanchas, manos desesperadas por comprobar si era real su carne, un exceso continuo que llegaba a ser hilarante, porque es igual de pernicioso pecar por exceso que por defecto. Tillman ha mostrado un talento antes oculto, es innegable dudarlo, tiene magnetismo sobre el escenario y ha unido a músicos con los que le basta una mirada para entenderse, no necesita subrayar esas cualidades hasta romper la hoja.

Después de ver al americano, ni la camisa floreada de Bobby Gillespie le evitó pasar como un tipo convencional. Sin nuevo material, a Primal Scream le basta su discografía para cerrar el festival montando una verdadera fiesta y, pese a empezar incendiarios utilizando ‘2013, la adrenalina se estabilizó hasta diluirse progresivamente en los ritmos flotantes del Screamadelica (Sire, 1991). ‘Movin’ On Up sellaba la unión entre la comunidad y el entorno, siendo la mejor elección para dar cierre a un festival que, tras ser premiado como revelación, dirige sus pasos hacia el futuro manteniéndose fiel a sus valores de inicio. Confirmados The Divine Comedy como primer nombre del próximo año, la siguiente edición continuará puliendo estrías, demostrando que otro modelo de conciertos veraniegos al aire libre es posible.

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