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Contempopránea Alburquerque: La familia feliz

Por Jose A. Rueda 0

Amistades que solo ves de festival en festival. Pequeñas celebrities del mundo indie de las que por fin corroboras su existencia más allá de las redes sociales. Un cortejo de besos y abrazos me da la bienvenida a la vigésima edición del Contempopránea en Alburquerque. Hasta algunos de los rostros que creo nuevos me recuerdan: “¿tú y yo no nos conocimos en la plaza de España hace dos años?”.

Es jueves 23 de julio y la familia del Contempopránea ya está ocupando casas, hostales y cámpings del pueblo y sus alrededores. La zona oficial de acampada, al lado de la piscina municipal, ve crecer como setas tiendas de campaña con el logo de la conocida multinacional francesa (¿de verdad no existe otra marca?).

‘Familiar’ es la palabra que más he escuchado en las últimas tertulias sobre el Contempopránea. Es un sentimiento unánime y no hay palabra más apropiada para describir el festival. Ya en mi particular pre-Contempopránea, cuando recorría en coche los primeros kilómetros desde Almería hasta Badajoz, recojo en Granada a un desconocido Julio que me había reservado dos plazas en una de esas webs para compartir vehículo. Resulta ser Julio Jiménez, co-responsable del libro De Viaje Con Los Planetas y DJ Le Marchand De Sable, uno de los encargados de amenizar con sus coplillas indies la tarde del sábado en la piscina. Así de pequeño y espontáneo es el mundo independiente con el que voy a compartir las próximas horas. Con Julio y su compañera Leticia se hicieron más agradables las 8 horas de camino desde el desierto almeriense hasta la interminable dehesa extremeña.

“Mucho te tiene que gustar el Contempopránea para venir de Almería solo para esto”, escuché dos o tres veces durante este finde. Pues sí, así es. Tardé tiempo en pisar uno de los festivales pioneros de la escena indie, pero cuando lo hice en 2012 quedé prendado de su magia: las bienvenidas en la plaza, las fiestas en los pubs, los chapuzones en la piscina, los desayunos en bares castizos donde suenan Los Planetas… Desde el primer día me sentí parte de esta familia y hasta hoy solo me he saltado la edición del año pasado. Ahora se ha convertido en una cita veraniega ineludible y hay que ir aunque sea con la pierna escayolada, como hizo Laura Alonso, voz de los barceloneses Neleonard, que inauguraron el festival con su pop melancólico acolchado de folk, muy del gusto de sus protectores Elefant Records y del propio festival Contempopránea. No tardarán en repetir por estos lares.

La Habitación Roja celebrando la veintena.  Por Rafael Tovar.
La Habitación Roja celebrando la veintena.
Por Rafael Tovar.

A Contempopránea hay que ir, aunque sea sin ensayar, que es la sensación que desprende el irregular concierto de Nosoträsh. Pero, ¿qué más da si en su recital echaron mano del Popemas, cénit creativo de las asturianas y obra crucial del pop español de los 2000? Una lástima que casi las echaran del escenario cuando Cova aporreaba los primeros compases de “Gloria”. Se quedaron sin tocarla. A Contempopránea lleva viniendo Alex Díez desde que hace 15 años formó Cooper. Junto al Castillo de Luna, los flequillos más perfectos y las camisas más impolutas del festival firmaron su sexta actuación en Alburquerque. Son un “1” fijo en la quiniela. A Contempopránea hay que ir aunque no se aparezca en el cartel, como La Habitación Roja, que estaban siendo homenajeados por cada una de las bandas participantes hasta que por fin se consumó la sorpresa a voces. Agustín Fuentes los invitó a soplar las veinte velas que tanto el propio festival como la banda valenciana han cumplido en 2015. A continuación Jorge Martí y los suyos desgranaron una pequeña antología de hits (apenas media hora de concierto) que pusieron bocabajo el recinto contempopráneo. Al día siguiente repitieron en acústico en la piscina, donde improvisaron un escenario en el merendero junto al que yo había decidido echarme una siesta. Todo un privilegio ser despertado por Jorge, Pau, Marc, Jose y Jordi. Anti-estrellas del pop, cercanos y amables, cumpliendo peticiones y lanzando alguna puyita a Los Planetas (aunque luego lo enmendaron versionando “De viaje”). Solo la sirena que anunciaba el cierre de la piscina consiguió echarnos a todos de allí.

Deneuve, último adiós. Por Rafael Tovar
Deneuve, último adiós.
Por Rafael Tovar

Jugarreta comercial para algunos y ejercicio de nostalgia para otros. Sea como sea, ciertas resurrecciones musicales se agradecen, como bien ha dado cuenta esta edición del Contempopránea. Los Fresones Rebeldes, que justo en la ladera del Castillo de Luna se despidieron de los escenarios en 2001, realizaron un concierto impoluto en el que ametrallaron todas sus balas de azúcar hasta acabar, como era predecible, con “Al amanecer” y “¿Por qué me tengo yo que enamorar?”. Entre todas las demás reuniones que se daban cita en Alburquerque se añadía el extraño “hola y adiós” de Deneuve. Los cordobeses habían colgado las guitarras a finales de 2012 y casi a rastras los tuvo que llevar la organización del Contempopránea hasta la ladera del castillo. Adolfo Carrillo dejaba claro que, aunque más de 3 años después de su separación oficial, esto se trataba del concierto de despedida.

Extrema y dura dicen que es esta tierra y en nuestras carnes lo sufrimos al caer la noche y vernos enfundados en nuestras chaquetas, rebecas y sudaderas que, conocedores de cómo se las gasta el verano pacense, habíamos traído con nosotros. Pero quizá lo que nos dejó fríos fue el enésimo mal concierto de Supersubmarina. Puesta en escena a lo grande, con imponentes pantallas de led en busca de un montaje del nivel de Lori Meyers y Vetusta Morla. También quieren ser como ellos sobre el escenario, pues al parecer ya no basta con picotearles en lo musical. Sin embargo, si ya les cuesta encontrar férreas melodías como las de los granadinos y opulentos versos como los de los madrileños, la ejecución de los de José Chino en directo se queda atrás. Pero muy atrás.

Supersubmarina intentando arrancar. Por Rafael Tovar
Supersubmarina intentando arrancar.
Por Rafael Tovar

El orden de las actuaciones suele ser motivo de enfado entre los festivaleros. Aquí diríamos que Ángel Stanich intentó acalorar la noche con sus versos, pero el buen folk-rock del santanderino no era apto para altas horas de la madrugada. Una collejita a la organización: habríamos cambiado encantados el horario de Ángel por el de Nosoträsh o Cooper. Y ya puestos a pedir, Neuman y Mercromina habrían quedado de lo lindo si hubieran tocado uno detrás del otro. En nuestras mentes se habrían fundido “Hell” con “Cacharros de cocina”, “Tell you” con “Evolution” y “By fear” con “En un mundo tan pequeño”. ¿A que habría sido delicioso?

Del mismo modo el rocanrol de Los Enemigos iba más a tono con el de Chucho (un gustazo volver a escuchar “Desde el jergón” y “Septiembre” en la garganta profunda de Josele Santiago, así como “Alicia rompecuellos” y “De aire” por parte de Fernando Alfaro). Pero aquí el orden de los factores sí que estaba concienzudamente diseñado para alterar el producto, que no era otro que la sorpresa del sábado por el vigésimo aniversario. Si Mercromina tocaron primero, Chucho lo hicieron a continuación y la sorpresa venía después, la posibilidad de reunir a la antigua banda de Joaquín Pascual y Fernando Alfaro se respiraba en el ambiente, pero no se hizo creíble hasta que Agustín Fuentes movió los labios para pronunciar las palabras mágicas: Surfin’ Bichos. No hay palabras para describir tanta emoción. Los primeros acordes de “Viaje de redención” nos pusieron el vello mirando al cielo en una actuación simbólica que se redujo a tres temas. Tres piezas míticas que sonaron impecables, como si no hubieran pasado los 23 años que tiene Hermanos Carnales (de aquí extrajeron las otras dos: “Mi hermano carnal” y “Fuerte”).

Los Enemigos. Manolo Benítez disparando rock.  Por Rafael Tovar.
Los Enemigos. Manolo Benítez disparando rock.
Por Rafael Tovar.

Mientras otros festivales resucitan grupos a golpe de talonario, Contempopránea lo hace desde el compadreo y la amistad. Me imagino a Agustín, cerveza en mano, diciéndole a Joaquín, Fernando, Carlos y Jose María: “oye, ¿por qué no os juntáis y tocáis aunque sean 2 ó 3 temas de los Surfin’?”. Y ese es otro de los fuertes del Contempopránea. Que aquí no hay grandes fajos de billetes ni sesudos estudios de mercado. No hay un target “hipster-gafapasta” al que calentar las tarjetas de crédito. Y si lo hay, si existe un público objetivo al que Contempopránea se ha ceñido, a lo mejor son “viejóvenes” de 30 y 40 deseosos de grandes dosis de nostalgia. Pero hasta ese tiro le ha salido por la culata (y para bien) como manifiesta la gran cantidad de veinteañeros vistos en la ladera del castillo. La nueva masa independiente viene mucho más madura de lo que pensábamos.

El cariño por la música se entiende como fundamental a la hora de cuidar un festival como este. Pero en Contempopránea van más allá y a la consabida melomanía se añade el mimo a los contempopráneos, a los alburquerqueños, a las bandas, a los DJs, a los (más o menos) profesionales del indie: directores de sellos, vendedores de discos, promotores, periodistas… Y todo con una cercanía y un calor naturales.

Porque las cosas que pertenecen a la naturaleza misma no se extinguen fácilmente. ¡Larga vida!

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