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Reflexiones tras la muerte de Bowie

Por Juanjo Rueda 0

Ahora que ha comenzado a remitir el shock con el que nos despertamos el lunes, ahora que parece que han terminado las hiperbólicas y merecidísimas reseñas a la vida y obra de David Bowie, es quizá el momento para compartir un par de reflexiones que me han surgido derivadas de esta perdida. No, no voy a dedicarme a la típica confesión personal de cómo Bowie marcó musicalmente mi vida, que lo hizo y bastante, y tampoco voy a dedicarme a glosar las excelencias de sus obras, que son muchas y varias, algo que ya se ha hecho estos días en otros medios con mejor voluntad (en realidad la obra de Bowie ha sido motivo de magníficas valoraciones durante muchos años). Pues no, una de mis reflexiones tiene que ver con algo tan sencillo como el paso del tiempo, con el hecho de que vamos haciéndonos mayores y nos estamos enfrentando al fin de esa edad de oro de la música popular que va del 1965 al 1975 aproximadamente. Bueno, en realidad no al fin de esa edad de oro (que ya terminó) sino a las grandes figuras que la hicieron posible. Es curioso que hemos crecido con algunos de ellos ya fallecidos (Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Nick Drake, etcétera), resignados a que ese era su estado natural, almacenados en ese ámbar de la memoria que siempre los conservará jóvenes, pero ahora estamos viendo como otros que consiguieron driblar esa macabra consigna de glorificación de la juventud que es “muere joven y deja un bonito cadáver”, están siendo atrapados por ese tiempo ante el que no se puede escapar como el mismo Bowie sabía en 1973. Con la muerte de Lou Reed en 2013 y ahora de David Bowie, nos estamos enfrentando sin casi pausa a la inmediata desaparición de las figuras que nos quedan de esos gloriosos años, los/as Leonard Cohen, Bob Dylan, Neil Young, Van Morrison, Paul McCartney, Keith Richards, Iggy Pop, Scott Walker, Joni Mitchell, Patti Smith, Pete Townshend, Stevie Wonder, entre otros/as. Algunos nombres más o menos afortunados, creativamente hablando, en esta última etapa vital pero todos valiosos por lo que han sido y por lo que son: patrimonio cultural vivo. Valoremos en consecuencia los conciertos que les queden por dar y los discos que les queden por sacar (en algunos casos serán buenos o malos pero la voluntad creadora es digna de mención).

Mi otro pensamiento tiende a contrastar con el pesimismo del anterior, y es que Bowie era el primero que no se regodeaba en un culto al pasado, en su propia “retromanía”. Mostró siempre un interés por estar al tanto de nuevas corrientes musicales que poder incorporar, con mayor o menor acierto, a sus discos y canciones y parecía tener bastante confianza en las nuevas generaciones de bandas y músicos. Quizá al contrario que otras figuras de su generación, más hurañas, más encerradas en si mismas, Bowie se mostró colaborativo con nombres y bandas diversas a quienes parecía dar su aprobación como pasó con Placebo, Trent Reznor, Arcade Fire o Tv on the Radio. Es por eso que siento enormemente la perdida de Bowie y aunque creo que es muy difícil que vuelva a darse un artista de su calado artístico y popular, debido tanto al talento de Bowie como a la particular idiosincrasia de nuestra época, pienso que la música tiene mucho presente -el futuro es una ilusión, como decía Loquillo- con nombres que pueden mantener, entre todos, el testigo dejado por un artista -aquí esta última palabra no es baladí- irrepetible. Escucho, por ejemplo, el tema de adelanto del próximo disco de Animal Collective y creo que todavía hay motivos para emocionarse con la música que viene, que ya está aquí, antes que estar sólo lamentándonos por un pasado que no volverá aunque conviene no olvidar y que hay que seguir disfrutando.

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