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Los Invisibles de Grant Morrison: canela fina

Por Juanjo Rueda 0

Con la publicación este pasado enero del tomo “El reino invisible” se puso final a la edición, por parte de ECC, de Los Insivibles de Grant Morrison. Un total de siete tomos que por fin hacen justicia con una edición cuidada y, sobre todo, ordenada de esta obra vertebral dentro de la trayectoria del guionista escocés.

Grant Morrison (Glasgow, 1960) es por méritos propios uno de los guionistas estrella del mercado de las majors norteamericanas. Su visión de diferentes e icónicos personajes (Batman, X-Men, Superman, JLA) y su trabajo ya sea para Marvel o DC casi nunca deja indiferente, y eso en un panorama tan esclerótico como el mainstream superheróico es algo siempre reseñable. Su trabajo comenzó a despuntar en la DC de los ochenta, avalado por el éxito de aquella invasión inglesa en el mercado yanqui cuya cabeza de playa fue Alan Moore (con quién tiene un distanciamiento notorio y sabido) y que propició que nombres como Jaime Delano, Neil Gaiman y el propio Morrison se asentarán como interesantes narradores en aquella efervescente DC de los ochenta. Morrison empezó a mostrar en colecciones como Doom Patrol y Animal Man algunas de sus particularidades como son el gusto por lo extravagante (lo freak), el concepto de la identidad (ya sea individual o colectiva) y, casi unido a esto, la percepción y cuestionamiento de la realidad. Estos conceptos se mantendrán y se amplificarán en Los Invisibles, la Opus Magna del pensamiento de Morrison.

Esta obra nace después de un periodo de descubrimiento personal tras el éxito que supuso el cómic “Batman: Arkham Asylum”, éxito en parte debido a la fiebre por el personaje tras el estreno mundial de la película de Tim Burton además de por la calidad de la obra. Como digo, tras esta obra, Morrison se encontró siendo un guionista de mucho más renombre y, sobre todo, bastante más dinero. Esto último propició que pudiera permitirse tomarse un tiempo sabático y viajar por todo el mundo, descubrir y autodescubrirse. Según cuenta en distintas declaraciones (como se puede ver en el documental “Hablando con dioses”, disponible en la parte inferior, o se puede leer en el epílogo del último tomo de Los Invisibles), en este viaje tuvo una serie de revelaciones, una especie de iluminación global que quiso plasmar en la obra que nos ocupa. Quiso implicar al lector en esta revelación y forzar en él también esta especie de experiencia. Los Invisibles, publicada entre 1994 y 2000, es la obra que va a canalizar todo lo que se iba filtrando de forma fragmentada en sus obras anteriores y lo que se seguirá diseminando en las posteriores: el concepto de identidad, lo freak, la percepción de lo real, la liberación de las ataduras sociales, la magia -de hecho, propio Morrison comenta que todo el cómic en sí es un sello mágico-, el vudú, el karma y el toque metafísico, las drogas, el sexo, y las referencias literarias (Marqués de Sade, William S. Burroughs, George Orwell o Lovecraft), musicales (The Beatles, The Kinks, The Undertones, Kula Shaker…) y las extravagantemente cinematográficas. Un “tótum revolútum” difícil de articular y complicado de digerir.

¿Pero de qué va más o menos los Invisibles? Los Invisibles son una célula anarquista-terrorista liderada por King Mob, personaje que es un trasunto del propio Morrison, que pretende liberarnos del yugo que el poder del orden establecido tiene sobre nosotros como individuos y como sociedad, un orden establecido controlado en gran parte por fuerzas de planos de realidad paralelos. Dentro de este argumento general, en el que intento desvelar lo menos posible (también por la dificultad de explicar con coherencia más aspectos del mismo), el lector comienza siguiendo la iniciación como Invisible de Dane McGowan, un nini de Liverpool que puede ser el próximo Buda y que ejercerá de elemento de identificación para el lector: es con el que iremos conociendo a la par que él lo hace qué son los Invisibles y qué está en juego con todo esto. Pero Jack Frost, nombre que recibirá McGowan tras su iniciación como Invisible, irá ligeramente compartiendo su protagonismo una vez se empiece a integrar dentro de la célula Invisible cuyos miembros son Lord Fanny (un chamán travesti brasileño), Ragged Robin (una bruja telépata), Boy (una experta en artes marciales y ex-policia) y el propio King Mob.

En este cómic Morrison despliega, como ya he dicho, la totalidad de sus ideas, referencias, obsesiones/idas de olla en una obra que toma en su desarrollo elementos tanto del género superheroico (el aire de supergrupo de los Invisibles), de la ciencia-ficción o el género fantástico (tenemos viajes temporales junto con desplazamientos y luchas en otros planos de la realidad), como del thriller (la conspiranoia, las conspiraciones dentro de otras conspiraciones, es otro elemento de este cómic). Estamos ante un delirio psicotrópico pop-punk que intenta cohesionar el mosaico de ideas y percepciones de Morrison acerca de la psique colectiva que configura la sociedad contemporánea de la segunda mitad del siglo XX. No pretende crear una obra que revolucione los esquemas formales del cómic, de hecho no lo hace, sino que su ambición es ampliar y replantear los propios esquemas mentales de percepción del individuo, premisa que sí le entronca en ambición con uno de los objetivos finales del arte y de la comunicación/expresión humana. Como ya he dicho, los Invisibles es un hechizo y pretende reproducir, según el propio Morrison, la sensación de descubrimiento, de iluminación, que sufrió en su momento. Quizá por ello no es un cómic de fácil lectura, Morrison se embarca en muchos momentos en farragosos pasajes de aire metafísico que lo hacen una lectura difícil y dispersa, además la obra puede dar sensación en varios momentos de no saber hacía dónde se va, de incoherencia, sensación quizá deliberada porque luego, en segundas lecturas, uno se sorprende con que todo está mucho más conectado e hilado de lo que parecía.

Los Invisibles por Phil Jiménez
Los Invisibles por Phil Jiménez

Esta es una obra de autor, de Grant Morrison, pero que cuenta con un variado elenco de dibujantes, elemento este que la emparenta con la niña de bonita del sello Vértigo -el cual editó Los Invisibles- como es The Sandman de Neil Gaiman. En este caso que nos ocupa, el trabajo de los dibujantes también es irregular: desde una cierta tosquedad en Jill Thompson (también habitual en la obra de Gaiman) o Steve Yeowell; pasando por el clasicismo más canónico de Phil Jiménez (seguidor del estilo de George Pérez) y algo más personal de Chris Weston; y terminando con el toque pop de Philip Bond y Warren Pleece; por nombrar a algunos de los más implicados del variado staff de dibujantes de la obra (que cuenta con destacadas pero más puntuales intervenciones de gente como el sobresaliente Frank Quitely, Mark Buckingham, Steve Parkhouse, John Ridgway, o Tommy Lee Edwards). No quiero olvidarme del destacado trabajo en las portadas de, sobre todo, Brian Bolland y de Sean Phillips (que también interviene el cómic con un estilo menos anguloso y detallista de lo habitual).

Recapitulando, estamos ante un cómic que exige bastante al lector y que puede hacer que en varios momentos uno avance en su lectura como un acto de fe más que como un acto inteligible pero que si uno se lanza a la piscina de esta experiencia dejándose llevar, se termina disfrutando del viaje. No puedo confirmaros que la obra haya cambiado mi percepción de la realidad o que su sello mágico haya tenido un influjo en mí (o sí y todavía no me he dado cuenta) pero sé que a su finalización me dejó con ese aire pensativo al que suelen arrojarte las obras con enjundia y que tienen poso sobre el que reflexionar o volver. De hecho, acabo de terminar de leerla y ya estoy pensando en volver a releerla. ¿De qué lado estoy? ¿Ya lo sé? Creo que sí. Sonríe.

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