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20 años del “Odelay” de Beck

Por Juanjo Rueda 2

Revisión del "Odelay" de Beck por el 20º aniversario de su publicación

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Veinte años no es nada cantaba Gardel en el famoso tango pero veinte años en nuestra percepción, en nuestras vidas, son mucho. Pensemos cómo éramos hace veinte años y la cantidad de cosas que han pasado desde entonces, desde las más evidentes (universales) a lo más accesorio (locales): hemos visto en este tiempo a tres Papas; un presidente de los Estados Unidos negro; vimos caerse las Torres Gemelas, sufrir el 11-M y la ejecución de Saddam Hussein y Gadafi; la suplantación de la peseta por el euro y la actual mayor crisis económica global desde el crack de 1929; vimos morir a Bowie, Lou Reed, Prince, Michael Jackson, James Brown, Cruyff y Muhammad Ali; España ganó un Mundial de fútbol y uno de baloncesto; hemos visto la segunda retirada, retorno y tercera retirada de Jordan y nos ha dado tiempo a ver la carrera entera de su supuesto sucesor (Bryant); hemos contemplado la disolución de ETA y como Venezuela ha tomado el testigo como mantra de la derecha; hemos sido testigos directos de como Internet y las formas de comunicación derivadas de ésta (móviles, tablets, redes sociales) han cambiado nuestros hábitos sociales; maldita sea, hasta Plutón ha dejado de ser un planeta. Veinte años no son nada… y una mierda.

En la música ha pasado algo parecido en estos veinte años, hemos visto enterrar varias veces a ese muerto llamado rock que resulta que está muy vivo. Hace veinte años se vivían los estertores de ese fenómeno llamado grunge, que trascendió la etiqueta musical, mientras las ideas más frescas, menos manidas, parecían proceder del hip-hop y de esa etiqueta igual de vaga que la actual indie: la electrónica, donde estilos como el drum’n’bass, el breakbeat, el house, el jungle, el trip-hop, el ambient o la IDM parecían que iban a suplantar al algo anquilosado rock. Todo ello unido a la actitud postmodernista que parece incidir en esa idea de que todo está inventado y ¿qué hacer ante ese callejón sin salida? Pues mezclarlo todo, tirar del collage, del “corta y pega”, de reciclar piezas para crear hermosos (u horribles en algunos casos) frankensteins que suenen a todo para quizá así terminar sonando a nada convencional. Y esto en el fondo es “Odelay”.

Odelay” fue el trueno de ese rayo previo que había sido “Mellow Gold” (1994), un disco que era un bazar de todo a cien donde asomaba el crossover musical descacharrado y que tuvo en “Loser” el himno surrealista nerd que la juventud adocenada de la MTV necesitaba. “Loser” convirtió en referente a un disco que parecía destinado a no pasar de más allá de los radares de la crítica, y con él a su creador. Y lo que hizo Beck tras esto fue doblar la apuesta, corregir, pulir y aumentar todo lo que funcionaba en ese disco para crear un colorido caleidoscopio musical. La influencia del hip-hop iba a ser de nuevo evidente, marcada ya con el uso de la sampleadelia para la creación de los temas (usando samplers de temas originales o versionados de James Brown, MC5DylanAntonio Carlos Jobim o, incluso, Schubert) y la presencia en la producción de los Dust Brothers o Mario Caldato Jr., colaboradores de otros difuminadores de fronteras musicales como han sido los Beastie Boys, con los que es indudable que tiene ciertas concomitancias esta obra de Beck. Pero Beck no renuncia a la ortodoxia folkie en temas como “Ramshackle”, una ortodoxia de la que también era un particular militante en discos como “One foot in the grave”, editado el mismo año que “Mellow Gold”, pero consigue que esa raíz musical suene coherente dentro del tótum revolutum del disco; por cierto el tema “Ramshackle” es el que cierra el disco, con pista oculta final, pero en la edición internacional se incluirá un tema extra, “Diskobox”, en el cual colabora Jon Spencer que con la Blues Explosion también hará bandera, a su manera, de algunas características de crossover en un disco como “Acme” (1998). Pero no nos descentremos, como comentaba, es normal que suene coherente cuando la coherencia del disco es mostrarse absolutamente ecléctico, sonando en sus diferentes temas o en una misma canción toques de bossa, folk norteamericano heterodoxo, psicodelia pop sixties, hip-hop de aire old school, funk marciano o noise rock, dando ese aire de caos improvisado a sus canciones del que hicieron broma en Futurama, aunque esto sea algo totalmente consciente, como le comentaba el mismo Beck a Pablo Gil en su entrevista en el libro “El pop después del fin del pop”: “la mayoría de las grabaciones son muy planas, así que si introduces más elementos en el sonido puedes llevar esa canción a un nivel diferente. Y ése es el área que me atrae, que me excita. Por eso la gente que está habituada a escuchar música pop entendida a la manera tradicional puede encontrar mi música caótica o “estropeada”. Pero fue escrita de ese modo”. Todo esto cuaja en temas de magnetismo freak inmediato como “Devil’s Haircut”, “Lord Only Knows”, “The New Pollution”, “Where It’s At?” o “Sissyneck” entre otros ganchos ante los que resulta difícil no caer rendido y que, a pesar de estos veinte años, siguen manteniendo gran parte de su frescura original intacta.

Veinte años han dado de sí, en el historial de Beck, para revisitar a su manera (como casi siempre) el legado de la música negra en “Midnite Vultures”; para ponerse tristón en “Sea Change” y crearse, de forma voluntaria o no, un fuera de foco del que le costaría salir; intentar repetir un “Odelay” con menos creatividad y mucha autocopia en “Guero”; dar algún traspiés (“The Information”) y algún disco que debería ser de culto (“Modern Guilt”); para finalmente confirmarse como autor maduro en 2014 con “Morning Phase. Aunque en estos veinte años Beck ha demostrado que todavía es un creador fértil, “Odelay” sigue sobresaliendo como el mayor pico de una discografia que no va escasa de cumbres.

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