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Hans Laguna – Manual de fotografía

Por Juanjo Rueda 0

Crítica del cuarto disco de Hans Laguna, "Manual de fotografía".

8.5

Nota
8.5
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Comenta el propio Hans Laguna en su particular nota de prensa, que en este “Manual de fotografía” ha intentado capturar la luz a su manera y como podrían hacer aquellos pioneros de la fotografía del siglo XIX. Esto ya deja entrever un sentido exploratorio del sonido y una especie de idea, de búsqueda de innovación para superar esquemas fijos. Esto último es algo que ya lleva haciendo en sus dos anteriores discos, ampliar su campo expresivo ya sea por medio del drone (“Oteiza”, 2013) o por medio de un folk que busca la no referencialidad (¿post-folk?) en unas raíces completamente difusas (“Deletrea”, 2014). Este nuevo paso acertado y firme supone una continuación de los esquemas de “Deletrea”, donde parece abrir ligeramente el diafragma para que entre algo más de luz (“lo que era oscuro / brilla sin más”, canta en la enorme “Año de luz”). La fotografía que nos arroja Hans Laguna es menos sombría, tanto en lo musical como en las letras, de la expuesta en aquel anterior disco. El “zeitgeist” del disco parece ser una especie de reservado optimismo, ya que la melancolía acecha a la vuelta a la esquina.

Ahondando en el tema fotográfico, al escuchar esta nueva obra uno tiene la sensación de que ha intentado capturar el instante de creación sonora de forma algo análoga, salvando lenguajes, a la captura de la luz de una fotografía antigua. Las canciones se pueden llegar a percibir como si se estuvieran construyendo por primera vez, sin ensayos previos, con una sensación de ligera imprevisibilidad pero a la vez, y contradictoriamente, perfectamente compactadas. Una sensación que ya estaba presente en aquel “Deletrea” pero que en este “Manual de fotografía” da una nueva vuelta de tuerca. El esqueleto de los temas es folk, con rasgueos y acordes de guitarra acústica similares en varios temas, pero sobre ese esquema va colgando detalles y arreglos: teclados, vibráfonos, sitar, flauta, vientos, ritmos pregrabados, percusiones tropicalistas o coros de voces. En sus temas se localizan influencias -tropicalismo, ecos de folk mediterraneo y americano fronterizo, guitarras slowcore- pero que son complementos, detalles, que vienen a sumarse a un todo que resulta más libre; reafirma que ha conseguido algo tan difícil y de agradecer como es sintetizar una voz propia dentro de tanta mímesis sin personalidad. Vuelven a ayudarle en esta construcción del armazón sonoro Cristian Pallejà y Ferran Resines en la instrumentación y producción, o Blanca y Tuixén de Les Sueques en los coros mientras suma nuevos socios vocales como Julio Bustamante, Montse Azorín y Nacho Vegas (este último en “El bosque”).

Las letras son algo más luminosas sin atreverse abrazar el optimismo -con saludarlo vale- por miedo a que te clave una puñalada: “y sin embargo sospecho / que ser tan ligero tiene su precio / porque hay días en los que siento / que soy un melón / vacío por dentro” (“Cosas que antes”). Son letras que en bastantes ocasiones usan la repetición de frases casi como mantras y que ayudan a generar esa atmósfera particular de los temas o a configurar un determinado estado ánimo en el oyente. Son letras que desde lo particular y de forma descriptiva, con cierta asepsia, muestran uno de los males de nuestros días, el combate contra la melancolía; mientras en otros casos ejercen casi de parábolas de estilo cercano al zen (en la nombrada “El bosque”).

Entre rasgueos de guitarra que suenan como a crujidos y arreglos que proporcionan profundidad de campo, Hans Laguna deja una decena de temas pertinentes donde el notable es la tónica y el sobresaliente se instala en muchos momentos (“Año de luz”, “Cantar y pasear”, “Mejor”, “Cosas que antes” o “Contradicción”). Hans Laguna se reafirma con este disco como uno de los creadores más singulares de este país, como un outsider muy necesario.

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