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Paletos Cabrones vol. 1: Aquí yace un hombre

Por Javier Marquina 0

Crítica del cómic "Paletos cabrones" de Jason Aaron y Jason Latour
Crítica del cómic "Paletos Cabrones" de Jason Aaron y Jason Latour
Planeta DeAgostini Cómics. 128 páginas

El deporte es la nueva religión. Crea nuevos dioses, nuevos templos y nuevos fanáticos. Mueve enormes cantidades de dinero y condiciona la vida de sus fieles hasta extremos de privación del sueño, euforia o depresión. Enardece, sugestiona y embrutece. Saca lo mejor y lo peor de cada uno. Si unimos sus elementos icónicos y mitológicos a un deficiente desarrollo cultural, moral y académico, obtenemos un cóctel molotov de potencial destructivo ilimitado. El deporte es un arma de control devastadora; una excusa perfecta para transformarnos en ese monstruo repleto de bilis que el día a día va creando; el invento potencialmente maravilloso que pasa de fertilizante capaz de acabar con el hambre en el mundo a gas nervioso letal listo para diezmar el planeta.

Paletos Cabrones” habla de todo esto a través de la radiografía de una de esas zonas profundas incrustada en los Estados Unidos de América. Una nación llena de condados en los que el redneck es el amo y señor de cuanto se extiende ante sus ojos. Una nación consagrada a desahogarse en cada partido de béisbol o de fútbol americano. Una nación en la que un quarterback con una diestra precisa es el nuevo dios de un catecismo en el que el entrenador laureado es el profeta todopoderoso. Una nación en la que nadie discute las jugadas de un cuaderno en el que hay corrupción, violencia, extorsión y crimen, siempre que esté en la mano de ese líder deportivo que masca chicle, lleva gorra de béisbol y te llena la vitrina de trofeos estatales.

El microcosmos que se crea en esos lugares a los que apenas llega la autopista es el caldo de cultivo perfecto para trazar historias negras y densas en las que la furia, la sangre y los huesos rotos brotan de forma casi espontanea. Jason Aaron ya demostró en “Scalped” que es un maestro en eso de escribir guiones de género llenos de personajes memorables y situaciones que quedan para siempre en el recuerdo. Conoce los mecanismos que mueven las emociones y maneja como pocos los diálogos afilados y reales entre personajes ajados por la vida y rebosantes de acidez. Aquí, comienza a trazar una historia de retorno y redención del veterano de guerra tantas veces contadas en el cine norteamericano, pero desde un punto de vista más o menos novedoso en el que el capo mafioso del pueblo no es otro que el entrenador del equipo de fútbol americano local. El argumento recuerda sin tapujos a los arquetipos creados en la película “Walking Tall” protagonizada por Joe Don Baker primero y por Dwayne “The Rock” Johnson en su versión más moderna, donde el garrote de madera utilizado como contundente medio persuasor por el héroe adquiere tintes de arma mitológica a la altura de Excálibur. Sin embargo, lo que en el remake acababa siendo un festival manido y previsible con típico final idílico digno de superproducción de Hollywood, aquí es una progresiva y tensa exploración de conflictos familiares aderezados con culpa y remordimiento a los que tan aficionado es el guionista. Es cierto que el camino apenas ha comenzado, pero conociendo a Aaron, estoy seguro que no nos va a llevar por la senda de las palomitas rancias, lo malos planos y muertos y las chicas guapas decentemente casadas con el chico bueno de turno.

Crítica del cómic "Paletos Cabrones" de Jason Aaron y Jason Latour

Para redondear el conjunto, Jason Latour realiza una encomiable labor al frente del lápiz, la tinta y el color, trasladando ese sabor del sur de los Estados Unidos a las viñetas con contundencia y potencia expresiva. Hay peligro en cada uno de los dibujos, un velo rojizo de rabia a punto de estallar que se mastica en cada página. Es una sublimación del exmarine que se vuelve loco y se encarama a una torre con su fusil automático; del policía que dispara primero porque no tiene ninguna intención de preguntar; de esos amables vecinos que se cubren de túnicas blancas y pasan las plácidas noches quemando cruces y negros. Todo puede pasar y, si te desvías un ápice del plan de juego trazado por el entrenador, es muy probable que acabes en el hospital con todos los huesos rotos. Eso si tienes suerte, claro. La suciedad ética de los personajes trasciende en cada trazo y se apuesta por ciertos elementos escatológicos para reflejar esa decadencia que ha ido carcomiendo el alma del pueblo. La rotundidad del físico de los habitantes de este drama no es más que una metáfora de ese único camino que le queda a la justicia cuando el sistema ha podrido los mecanismos habituales. Si nada funciona, coge una enorme estaca y zúrrale la badana a todo el que intente evitar que hagas lo que debes hacer.

Aquí yace un hombre” es un primer clavo en un ataúd que jamás se cerrará. El primer tomo de una prometedora epopeya. Una declaración de odio y fascinación por una tierra en la que la atmósfera se enrarece con efluvios de racismo, estupidez y salsa barbacoa para costillas de cerdo ahumadas.

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