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Falleció Leonard Cohen

Por Juanjo Rueda 0

Falleció Leonard Cohen a los 82 años

I’m ready, my lord”, mira que lo avisaba, joder. Él estaba preparado pero como suele ser habitual, nosotros no. No nos hacemos idea de la evanescencia de nuestra vida. Te levantas por la mañana, coges el móvil y decides mirar la aplicación del Marca para ver y leer sobre el partido Brasil contra Argentina y ahí lo ves: ha muerto Leonard Cohen. Maldita sea, qué le den a Brasil, qué le den a Argentina, qué le den a las ínfulas juveniles del deporte profesional. Ha muerto Cohen, otra muerte que nos vuelve a pillar a contrapié en un año negro, negrísimo. Y mira que lo avisó, joder.

Cohen siempre pareció mayor. Ya cuando comenzó en esto de la música parecía que lo hacía tarde. A diferencia de otros casos, él era escritor de reconocido prestigio, “Los hermosos vencidos”, su segunda novela, tiene su rinconcito de reconocimiento dentro de la literatura canadiense del siglo XX. Él era escritor e hizo el camino inverso dentro del universo musical, quería ser también músico, cantante, compositor. Y siempre pareció mayor, parecía que lo hacía tarde aunque en estos días 33 años, la edad con la publicó su primer disco, nos parezcan relativamente juveniles. Cohen empezó en la música con un aire de señor maduro, con un aura de mentor (“Master song”) cuando en realidad no dejaba de ser un alumno todavía. Desde el iniciático, enorme, “Songs of Leonard Cohen” (1967), el canadiense fue fraguando una figura de poeta maduro y descreído, algo canalla pero también muy sentimental. Cohen consiguió una voz propia en base a esos inicios más cercanos a un folk más o menos ortodoxo. Una voz propia, su voz, esa voz ronca que con el paso de los años se hizo más cavernosa, una voz que a pesar de lo que cantaba en “Tower of song”, no era precisamente una voz de oro, pero esas limitaciones vocales, su peculiaridad a la hora de cantar, fue parte importante dentro de esa reformulación del concepto del crooner más allá del cantante de big band que tenía en Sinatra al gran referente. Una reformulación del concepto crooner y del cantautor, con ese aire de “hermoso vencido” que sería tomado como referencia por creadores de la talla de Tom Waits, Nick Cave o, en nuestro país, Nacho Vegas. Las canciones de Cohen fueron en parte el reflejo musical en tono poético de aquellos “Maridos” (1970) de John Cassavetes que se ahogaban ante la sensación de vacío existencial, de juventud perdida; normal que Cohen fuera uno de los referentes musicales de muchos de los padres de aquellos que hoy estamos en la treintena. Llegado el momento tuvo el acierto de reinventarse por medio de la cacharrería sintetizada en “I’m your man” (1988), se convirtió definitivamente en maduro maestro que ya ha visto demasiado y que era consciente de la cuesta abajo. Esta reinvención o admisión de su condición fue el leitmotiv, sonoro y existencial, bajo el que desarrolló su casi siempre magnífica producción posterior (con parón budista para tomar aire).

Cohen se ha ido, ya lo avisaba en su último disco (que probablemente se convierta en objeto de culto por ese gusto por lo macabro) y en la carta de despedida que le escribió hace unos meses a Marianne, pero no le hicimos mucho caso a pesar de su edad, quizá porque no queríamos asumir otra perdida de este calibre para la música. Deja tras de sí una buena ristra de discos grandísimos y, en muchos casos, seminales (“Song of Leonard Cohen”, “Songs from a room”, “Songs of Love and Hate”, “New skin for the old ceremony”, “Recent songs”, “I’m your Man”, “Old ideas”, “You want it darker”…), dentro de los cuales el listado de temas a recordar puede hacerse gigante: “Suzanne”, “So long, Marianne”, “Winter lady”, “One of us cannot be wrong”, “Bird on the wire”, “The Partisan”, “The old revolution”, “Avalanche”, “Dress reharsal rag”, “Famous blue raincoat”, “Chelsea hotel #2”, “There is a war”, “Who by fire”, “Field commander Cohen”, “The traitor”, “The window”, “The guests”, “Dance me to the end of love”, “Hallelujah”, “First we take manhattan”, “Everybody knows”, “I’m your man”, “Tower of song”, “Waiting for the miracle”, “A thousand kisses deep”… Cantaba, o más bien recitaba, Cohen en “Tower of Song”: “but you’ll be hearing from me baby, long after I’m gone / I’ll be speaking to you sweetly from a window in the Tower of Song”; Cohen se ha mudado definitivamente a lo más alto de esa torre de la canción, allí donde oía toser a Hank Williams, y como bien dice, desde lo más alto, seguiremos escuchándole mucho tiempo después de que se haya ido.

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