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Los hijos del Topo 1: Caín

Por Javier Marquina 0

Crítica del cómic "Los hijos del Topo" de Alejandro Jodorowsky
Crítica del cómic "Los hijos del Topo" de Alejandro Jodorowsky
Reservoir Books. 128 páginas

Soy de los que intentan desvincular al autor de su obra y trato de valorar los cómics con objetiva subjetividad, más allá de que el autor me caiga simpático o me parezca un perfecto gilipollas. La cultura universal está plagada de obras maestras ejecutadas por personajes insoportables y en el catálogo de miserias humanas es común el caso del genio al que estrangularías sin dudarlo con la cuerda del tendedero. Ser un impresentable no está reñido con rebosar talento, y muchas veces condenamos al ostracismo obras maestras absolutas solo porque el ideario de su creador nos parece surgido de una infecta letrina.

Como he dicho antes, no es mi caso. No sé si obedece a algún tipo de pragmatismo estético o simplemente soy un amoral cultural, pero lo cierto es que no me fijo en quién lo hace y trato de concentrarme en lo que hace. Por ejemplo, Alejandro Jodorowsky me produce un hastío letal como profeta, psicomago y filósofo, pero tenía unas enormes ganas de leer su última obra, un western místico que combina conceptos religiosos con Winchesters y Colts llamado “Los Hijos del Topo“, dibujado por el mexicano José Ladrönn.

A Ladrönn lo conocía ya de sus años en aquel Cable escrito por James Robinson y Joe Casey, un personaje de la Marvel con el que el mexicano hacía sus pinitos en el mercado americano clonando con clase y personalidad al indiscutible dios de los superhéroes: el Rey Jack Kirby. Su estilo mezclaba de manera bastante espectacular esos planos imposibles, siempre llenos de anatomías rotundas y cuadradas, con los que Kirby narraba peleas incomparables. Ya por aquella época se intuía que  Ladrönn no era un simple imitador. Si mirabas más allá de sus primeros trazos, en sus composiciones quedaba claro que había algo más profundo esperando salir a la superficie. Bajo esa apariencia casi nostálgica vestida de sentido homenaje, se escondía un autor de enormes capacidades, algo que los años y la propia evolución del dibujante se han encargado de corroborar.

Dicho esto, hay que hacer varias puntualizaciones. Si bien considero que es indispensable que el estilo de un artista evolucione a lo largo de sus años de carrera, esto no siempre implica una mejora del mismo. A veces cambiar es equivocarse y, aunque buscar nuevas vías siempre es necesario y loable, algunos dibujantes pierden el rumbo al tratar de hacer cosas diferentes, bien porque carecen del talento necesario para salir de un esquema conocido, bien porque no encuentran esa nueva ruta que se ajuste a sus habilidades. El caso de Ladrönn es, cuando menos, curioso. Su evolución como ilustrador es simplemente espectacular, llenando de realismo lo que antes era puro exceso superheroico. Las imágenes que crea, las viñetas que dibuja… cada pincelada posee una belleza innegable, pero todo lo que ha ganado en gracia y preciosismo, lo ha perdido en espectacularidad, fluidez y narrativa. Las páginas quitan el aliento y, sin embargo, una vez superada la primera impresión, no transmiten ese movimiento natural y necesario del que vive el Noveno Arte. Dibujar tebeos es algo más que juntar ilustraciones;  la narrativa, los encuadres y el ritmo deben adecuarse a la historia y no ser meros actores secundarios en lo que se cuenta.

Gran parte de la culpa de esto parece ser del propio Jodorowsky, cuya voluntad desde el principio fue hacer algo diferente. Él mismo cuenta que al no encontrar productor que financiara la continuación de su película “El Topo“, decidió convertirla en un cómic y sacarla al mercado. Para mantener una especie de ilusión que respetara los tiempos y formas de la cinta que tenía en su cabeza, decidió utilizar una estructura básica de tres viñetas apaisadas por página, un esquema que recordara a una pantalla de cine. Por desgracia, en el proceso olvidó que cómic y cine son medios complementarios pero independientes, y las cosas que funcionan en uno pueden no funcionar en el otro. Para muestra, un botón. Como guinda envenenada para este libreto de fondo fascinante y forma deficiente, los diálogos con los que nos regala el guionista chileno son un esperpento grandilocuente y ridículo, unas líneas pretenciosas que recitadas por la boca de los protagonistas parecen frases de vodevil casposo cantadas por actores que no creen en lo que hacen.

Después de semejante conjunto de hachazos, uno esperaría que renegara por completo de esta obra y, sin embargo, tengo ganas de leer el segundo volumen en cuanto salga. ¿Y por qué? La verdad es que no sabría decirlo. Dicen que la fe es la habilidad para creer en lo que no se puede demostrar, así que asumiré que esa sensación satisfactoria que me ha dejado esta primera entrega es fruto de alguna especie de reacción humanística, ecológica, teológica y numismática surgida directamente de las capacidades psicomágicas de Jodorowsky.

“Los Hijos del Topo” no es un buen cómic y, aun así, debo admitir que me ha gustado. No sabría decir muy bien si la mezcla de argumento interesante, ilustraciones brillantes, encuadres poco acertados y conversaciones entre ridículas e imposibles ha obrado algún tipo de milagro. Tampoco es que haya que darle más vueltas. Los humanos y sus gustos son un misterio que escapa a cualquier raciocinio. Si fuera uno de esos escritores que gustan de escribir frases lapidarias que harían enrojecer al mismo Paulo Coelho, diría que no somos más que un conjunto de órganos que odian el sabor de la ginebra y siempre se acaban pidiendo un gin-tonic.

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