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‘Cosmonauta’ de Pep Brocal

Por Javier Marquina 0

Reseña del cómic 'Cosmonauta' de Pep Brocal

 

Reseña del cómic 'Cosmonauta' de Pep Brocal
Astiberri Ediciones. 176 páginas

Punto de retorno seguro superado.

Sistemas de soporte vital reiniciados.

Protocolo de terapia psiquiátrica 3.0 activado.

Suministro de corticoides y adrenalina al 30%.

Activación en proceso.

Sujeto iniciando receso en fase de hibernación.

Aumentado temperatura.

Constantes vitales en ascenso controlado.

Conectando…

Conectando…

Conectando…

Conectado.

Lo único que te separa del vacío es una fina pared de plexiglás. Viajas por el espacio en un minúsculo profiláctico de cristal en el que apenas puedes moverte, lleno con la esperanza de llegar al extremo meridional de lo creado y así conocer a Dios. Está claro que las cosas que te pasan por la cabeza dan para ilustrar un tebeo. Por lo menos. Y para tratar temas de esos que uno identifica con el onanismo intelectual. Para eso también. Seguro. La capsula que te constriñe; la eternidad solitaria; tu cerebro condenado a funcionar en una soledad completa, fría, oscura y terrible; tu cuerpo como un mero accesorio que mantener; la realidad inaprensible. De lo más grande a lo más pequeño, cualquier reflexión personal, filosófica o teológica que iniciemos, acaba siendo un análisis de lo que somos como especie. La raza humana, siempre necesitada de una muleta espiritual para huir de su insignificancia de manera arrogante, no es más que un foco que proyecta sus deseos y frustraciones en un panteón de deidades que construimos para exorcizar nuestras pesadillas. Incluso en el ateísmo lo llenamos todo de orgullo, quizá menos condescendiente, pero siempre ridículo en su centrípeta atención al homo sapiens. Soñamos, inventamos la fe, pensamos y, quizá precisamente por eso, cada vez estamos más lejos de existir.

El vacío nos enseña humildad. Intrascendencia. Tolerancia. Igualdad. Es difícil ser racista, homófobo o misógino cuando comprendes que no eres otra cosa que un átomo de la más minúscula mota de polvo; una partícula insignificante en una creación que no cambia ni un ápice con ninguna de tus acciones. La autoconsciencia de nuestra propia futilidad es el camino directo a la justicia. Un agujero negro nunca discrimina. La antimateria es igualmente destructiva para todos. La inmensidad no entiende de asimetrías.

El protagonista de “Cosmonauta” está solo en ese universo gigantesco, viajando dentro de una nuez hacia un objetivo absurdo de trascendencia, de ascensión y, en última instancia, de pataleta y queja ante algo que no existe. Porque en eso consiste exactamente la religión. Es la excusa para cometer sin pudor nuestras faltas y errores. Es el mecanismo que construye el destino y lo muestra como la puerta de atrás con la que justificamos nuestros desastres. Somos minucia egocéntrica que se cree capaz de conquistar lo inalcanzable, y Pep Brocal es consciente del egoísmo implícito que nos anima; esa profunda cicatriz moral que nos sitúa en el medio de todo, ignorando que en un plano infinito, cualquier punto es el centro.

Prodigiosa demostración de talento y recursos, “Cosmonauta” es una fábula de la degeneración de una sociedad condenada, de unos individuos que, embarcados en la misión más importante de la historia, están más preocupados por los celos y el fracaso sentimental que por el futuro de la humanidad. El protagonista vive inmerso en una pesadilla en la que él mismo se zambulle, y es su propia egolatría lo que le lleva a rebelarse contra el sistema, no buscando redención u objetivos elevados que nos beneficien a todos, sino simple venganza digna de un fracasado como él. Una triste realidad presente en nuestro devenir diario. “Cosmonauta” es también un viaje interior, de descubrimiento, una revelación contada en rojo y azul en el que comprendemos que la grandeza es cuestión de escala, y que si nos acercamos lo suficiente, una sola neurona puede ser todo un cúmulo de galaxias.

Con un escenario espacial en apariencia estático, Brocal construye una trama absorbente, que se mueve a base de flashbacks por terrenos que danzan entre la comedia, el drama, el absurdo y la ciencia ficción. Nuestra visión es conducida con precisión por los caminos que el autor elije, y nos maneja a su antojo en un recorrido entre onírico y fantástico en el que queda claro que el que crea tiene el control absoluto sobre lo creado y quien lo consume. Emocionante, deprimente, claustrofóbica, ácida y certera, la fábula sobre la que se erige “Cosmonauta” es una historia-espejo que nos refleja en nuestra rebeldía miserable, en esa lucha contra lo establecido, con ese conjunto de reglas denigrantes que solo favorecen a los privilegiados que se refocilan en su indecente riqueza, y que al final no es más que puro egoísmo mezquino, interesado y rastrero. La lucha se convierte en rencor, en hastío y, en última instancia, en frustrante reconocimiento de la realidad.

La verdad nos hace libres y, a la vez, nos convierte en monigotes absurdos.

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