Crónica del festival Tomavistas 2017

Por Ana Rodríguez 7

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El festival Tomavistas 2017 ya es historia: pensemos en el de 2018. Quizás me pase de hiperbólica pero la tercera edición de este festival se presentaba con el cartel más redondo en lo que llevamos de año por el potencial de un cartel diferente, que se sale de lo habitual, con el punto justo de grupos indie-tex que te hacen vender más entradas y satisfaciendo a aquellos que quieren algo más que el “diseña tu moda” en el que se están convirtiendo algunos festivales. Y cumplió.

Su propuesta convenció pues la afluencia fue superior a la del año pasado, especialmente en las horas punta donde se sitúan los cabeza de cartel: la explanada-graderío del Tierno Galván se llenó con Goldfrapp, Temples, Lori Meyers, León Benavente… incluso una propuesta tan especial como la que traen Suuns tuvo una buena recepción y nos sorprendió a aquellos que pensábamos que, después de Delorean, muchos se marcharían.

Alguno me podrá decir que hay cosas que deslucían el conjunto. Sí, las hay, la parte de servicios podría haber sido mejor: los puestos de comida y los baños parecían pocos y un volumen mayor se hubiera agradecido, aunque no se montaran las turbas de otros festivales; el método de pago fue un poco caótico (con lo rodado que está el sistema de chip en las pulseras, no veo lógico el volver a los tickets que se canjeaban cada día); una vez que conoces los WC portátiles de última generación, los de toda la vida te dejan un poco con el morro torcido.

Una vez dicho esto, pasemos a la crónica propiamente dicha, que en general fue bastante satisfactoria.

Viernes 19 de mayo – bailad, bailad, malditos

A los de las series americanas Uber siempre les funciona bien, pero yo tuve la suerte de que me tocara un conductor con el hipotálamo descalibrado y me perdí a Holy Bouncer, la primera ración de psicodelia del fin de semana: una lástima porque “Hippie Girl” Lover sonaba genial y tenía ganas de disfrutar de estos barceloneses que acaban de publicar su primer trabajo. Después de estos valientes, que les tocó hacer frente a un sol de justicia y a la poca gente que había a aquellas horas, le tocó el turno a White Bats, que prometían más de lo que fueron porque en conjunto resultaron mono-tonos pese a su destreza instrumental. Se podría decir que sufren el síndrome de la canción aleatoria, porque al escuchar de manera aislada “Daylight, Sunset” convencen pero de manera continuada te encuentras con una llanura auditiva: un poquito de riesgo por su parte te arrastraría a su universo y se agradecería.

The Big Moon @ Ignacio Sánchez-Suárez

A la tercera fue la vencida: llegaron Los Bengala, la juerga hecha carne, la obligación al movimiento porque aunque estés sentado vas a mover el pie con su ritmo adrenalítico. Su desparpajo, sus camisas atigradas, la constante interpelación del público, la alegría que desprenden… Guillermo y Borja son dos animales escénicos a los que es difícil resistirse y que te caen en gracia desde los primeros acordes, incluso cuando a Borja se le olvida la primera estrofa de la descarnada 65 días: conocerlos es convertirlos en una cita obligada de tu calendario musical. Tocaron la mayoría de los temas de Incluso festivos, versionaron a El Niño Gusano con “Creo que te voy a dejar (bueno, no sé)” y nos descubrieron un tema nuevo del disco que sacarán en otoño. ¿Estos chicos fallan alguna vez?

Los siguientes que tocaron en el escenario grande fueron Los Nastys, que sorprendieron: yo iba allí esperando encontrarme un concierto garagero con cierto toque punk, pero, además de eso, nos pasearon por la psicodelia y el rock setentero, estilos tan dispares como los looks de sus integrantes.

Aquaserge fue la grata sorpresa de la tarde: no sabíamos que el Celler de Can Roca tenía un grupo de música. Bromas aparte sobre el parecido razonable de Benjamin Gilbert con esta familia, es difícil que te defraude un grupo en el que están algunos miembros de Stereolab y el batería de Tame Impala y que experimentan con la música y con instrumentos tan poco habituales en la música moderna como el clarinete y otros atípicos instrumentos de viento. Kraut, más psicodelia, sus toques de improvisación jazzística… esto es la llegada de la postmodermidad al conservatorio.

Distribuir los grupos en un festival en función de afinidad y agendas debe ser peor que un sudoku samurai. Esta reflexión se debe a que algunos nos planteamos que The Big Moon habría tenido una mejor recepción el sábado: el indie rock femenino no está hecho para los aficionados a los sintetizadores y los pijos canallas. Parecía que pasaban y se perdieron disfrutar de un grupo inglés que sabe crear su propio sonido a partir de reminiscencias de Elastica, Echobelly y Veruca Salt y que se atreven a versionar a la Madonna más gamberra con “Beautiful Stranger”. Ellas saben y no necesitan convertirse en un producto de ruptura prefabricada como otras que prefiero no mencionar.

Los siguientes en llegar fueron Schwarz con su psicotropia oscura e industrial. La propuesta de Alfonso Alfonso cumple ya casi 20 años y, francamente, se le debería prestar más atención pues nos dejó una actuación poderosa rítmica a base de guitarra, teclados/sintetizadores y 2 juegos de percusión. Si hubieran sonado justo antes que Suuns aquello habría sido para convertirse en una belieber del kraut.

Llegó la franja horaria de los cabeza de cartel, que abrieron Lori Meyers. Montaron una gran fiesta (fueron los primeros en llenar la explanada, de coros, bailes y aplausos) y demostraron el oficio que tienen sobre el escenario, su capacidad para conducir las pulsiones de su público hasta lo más alto. Sin embargo, los Lori ya no quieren a Tokyo ni a sus primeros seguidores: se han situado en un registro accesible para todos los públicos que ya no agrada tanto a los primigenios.

Había que prepararse para el verdadero plato que venía a continuación en el escenario grande y prescindir de C.Tangana era necesario, y porque las cosas como son: una es trapera porque le encanta coser pero nada más.

Goldfrapp @ Ignacio Sánchez-Suárez

Bomba de humo mediante apareció Goldfrapp, muy sencilla ella, con un traje plateado, flanqueada por su grupo de una manera más que simbólica: en primer plano estaba ella arropada por una especie de paréntesis humano que eran las 2 multiteclistas, que lo mismo hacían los coros que tocaban los sintetizadores y sus keytars, dejando al batería y al guitarra en un segundo plano. Merece la pena señalarlo porque mucho se ha hablado de la abundante presencia femenina en el Tomavistas y en el caso de Goldfrapp dejó patente que las mujeres no son ni la novia ni la vecina. Durante su hora de concierto nos presentó los temas más destacados de Silver Eye sin olvidarse de grandes hits como “Strict Machine” u “Ooh La La”: un puro espectáculo en el cual menos es más y en el que el público no cesó de vibrar. Al verla, entiendes perfectamente lo que es un artista de verdad. Piensas en la forma sencilla que tiene de bailar y moverse, pero te das cuenta que si tú hicieras lo mismo en casa serías una morcilla ridícula envuelta en papel de aluminio.

Los penúltimos de la noche fueron Svper. ¿Dónde estuvisteis tanto tiempo? Probablemente son uno de los experimentos sonoros más interesantes de esta década pues entienden lo retro con sus sintetizadores y cajas de ritmo y saben hacerlo sonar como algo actual. La música electrónica hay que entenderla más allá de lo digital, para sacarla del copyright-paste mecánico e impersonal.

Hercules & Love Affair fueron los últimos y tras tanto deslumbre su propuesta de baile quedó un poco deslucida, pues en ocasiones Andy Butler peca de mecanicista. Divierten, sobre todo porque Gustaph y (especialmente) Rouge Mary, [email protected] cantantes, son un espectáculo en sí mismos, pero me quedé un poco desinflada al verlos: será que no se te queda el mismo cuerpo después de ver a Goldfrapp hecha una diosa que a Shirley Manson desafinando como una perra en el Mad Cool.

Sábado 20 de mayo – en busca del muro de sonido

Cala Vento @ Ignacio Sánchez-Suárez

¿Hay una forma mejor de comenzar el día fuerte que con Cala Vento? Me quedé con las ganas en febrero gracias a un sold out y al verlos en directo lo comprendí todo: un dúo de batería y guitarra que se comen el escenario y lo que se tercie. Te hacen vibrar, te traspasan el alma con sus letras y con unos estribillos que se pegan por la verdad absoluta que encierran (te jodes y baila, disfruta de la vida). Su limpieza sonora (afinada en directo por el genial Diego Castro (técnico de Juventud Juché y de Triángulo en su momento) en la mesa de sonido) y su sinceridad me hacen verles como los hermanos pequeños de Nueva Vulcano, así que sospecho que me van a hacer adictivos y voy a querer verlos con cierta frecuencia.

Rural Zombies tampoco se quedaron atrás y demostraron como con un solo disco han sabido crear un sonido propio, de pop-rock conectado con la electrónica, que invita a flotar, porque esa es la sensación que generan. También se notó el rodaje que han conseguido girando durante un año aproximadamente: disfrutan, lo contagian, confías en lo que están haciendo. Que sigan así y no les perdáis de vista.

Lamentablemente la siguiente actuación en el grande fue un susto. Después de los problemas de sonido que tuvieron en la Sol, Kokoshca llegaba con ganas de remediar aquel desastre. Sonaba “Mi consentido” y pensamos “genial, la fina voz de Amaia destaca sobre los instrumentos”, pero al término de la canción Alex, el batería, se desplomó: un golpe de calor acabó con el concierto. Una lástima.

Antes de volver al escenario grande, hablemos de las protagonistas del escenario pequeño: Las Odio y Mourn. No se parecen pero extrañamente se complementan: son ideología y destreza, sarcasmo frente a contundencia, fondo y forma. Ambos enfoques dignifican el hecho de ser un grupo femenino, aunque sea repartiéndose el pastel: mientras que Mourn demuestra el buen efecto y asimilación de las influencias noventeras (PJ Harvey, Sonic Youth…), creando un bloque sonoro difícil de derribar, Las Odio apuestan por la reelaboración del amateurismo punk. Mourn las gana en calidad sonora pero Las Odio demuestran que sus letras no son un ejercicio tonto y naïf, sino que son capaces de citar a Virginia Woolf en Un cuarto propio y de jugar a la autoparodia con la aclamada Indiespañol.

Entre medias de estos grupos Los Punsetes ocuparon el escenario grande con su mala baba existencial, con un buen puñado de canciones que los asistentes corearon, desde las nuevas (“Mabuse”, “Tu puto grupo”, “Viva”…) hasta otras más antiguas que no pueden faltar (“Tus amigos”, “Opinión de mierda”, “Maricas”…). Su sonido se ha afilado con los años (ya son más de 10) y han sabido desarrollar su propio estilo, reconocible, que amas u odias. A mí me parece que su desencanto autoparódico es terapéutico y necesario: es sano reírse de uno mismo y odiar como respuesta a Mr. Wonderful (e incluso a su backlash).

The Horrors @ Ignacio Sánchez-Suárez

Después de tanta maravilla mereció la pena dedicarse a la contemplación del espíritu gregario de las hormigas en vez de ver a León Benavente y a la reflexión sobre la psicodelia con la llegada Baywaves. ¿Cuántas raciones van ya de este estilo? A mí me dio por pensar si tenía algo que ver con la reedición en CD a principios de los 90 del In a gadda da vida de Iron Butterfly (con los respectivos papá y mamá de cada grupo recordando sus años mozos), pero la clave creo que la tenía @shewalkinglikea: es la tameimpalización de los nuevos grupos. Baywaves convencen, suenan bien, pero me da miedo, como tantos otros que están empezando, que no consigan un sonido que los identifique del resto de grupos psicodélicos.

Para cerrar tuvimos trío de ases: The Horrors, Temples y Suuns. The Horrors creó una gran alud sonoro de post-punk del que era difícil escapar y así se resarció de la mierda de sonido que tuvo en el BIME: no estaba el día para blanditos. Por su parte, Temples demostraron lo que es el encanto hecho psicodelia, pues estos sí que saben diferenciarse: será porque parecía que los habían sacado del Ministerio del Tiempo. Entre la oscuridad de sus compañeros de trío ellos supieron iluminar la noche con un sonido lleno de notas optimistas que enamoran.

Pero con quienes me quedo, probablemente sean, por afinidad, Suuns: me hechizó por la complejidad de su propuesta, por ese giro que le dan al punk con la electrónica, una sobriedad densa que te deja pensando en el sonido que consiguen hacer. Son geniales y para mí sorpresa tuvieron más público del que esperaba, como ya comenté al inicio. 2020 es de esos temas que merecen un monumento por sí solos.

Domingo 21 de mayo – la música amansa a los animales de ciudad

Las Robertas @ Ignacio Sánchez-Suárez

Ya solo nos quedaban horas para disfrutar del Tomavistas y empezamos fuerte la mañana, con psicodelia, claro 😉 Los zaragozanos My Expansive Awareness ya van por su segundo disco y tienen la insignia del valor de haber estado en SXSW, así que no es de extrañar el poderío que tienen en directo, lo cual les lleva por el buen camino. Esperamos grandes cosas de ellos.

Lo increíble vino después y tiene nombre femenino: Pavvla. En el disco nos había gustado su tranquilidad evocadora pero en directo nos confirmó que no era un espejismo de estudio. Nos recordó a Regina Spektor pero su gracia es la capacidad que tiene de contar la canción, adentrándote en ella porque empatizas con su narración, ya sea con sus canciones o con las versiones que hizo suyas de Artic Monkeys o de Chet Faker y Flume. Maravillosa.

De subidón en subidón nos fuimos a ver a Cómo vivir en el campo, que tuvieron uno de los peores horarios: las 14,00. Pero allí estábamos sus fans para aplaudir y animar en plan belieber: se lo merecen. Los calificaría de atemporales porque sus canciones en sí son historias del pop y del rock, que lo mismo tocan los 60 que se van a los 90, por la obra y gracia de su talento instrumental. Dan ganas de llevarte a los 3 a casa para no dejar de mimarlos.

«Los niños bailan más que sus padres», dijo el cantante de Atención Tsunami. Y no solo eso: siendo menos los asistentes se oían más los aplausos que se les daba a CVEEC que a ellos, que tuvieron una recepción “templadita se me está quedando fría la sopa”. Recordaban a mil referencias pero no remataban en cuanto a identidad propia. Bendita la inconsciencia de los niños que se entregan al ritmo de las guitarras.

Menos mal que Las Robertas llegaron para sorprendernos porque jamás te imaginas que pueda salir un grupo así de Costa Rica (así de cenutrios somos a veces). Lo suyo es el garage canónico y da gusto verlas por lo que llegan a sorprenderte. Con temple y seguridad hicieron suyo el escenario pequeño y el público, e incluso se atrevieron a hacer una versión de The Brian Jonestowm Massacre, uno de sus grupos favoritos. Definitivamente, uno de los mejores grupos del domingo.

Sobre Morgan… ¿qué decir? Sí, son grandes músicos y han logrado un gran éxito, pero mí no entender cómo ha llegado hasta allí un grupo de pop-soul que le gustaría a nuestras madres (meto a la mía en el saco, aunque ella lo gozaría en el Sónar). Menos mal que después tocaba Jeremy Jay con su propuesta intimista de cantautor pop-rock, una de las más esperadas y también una de las más reconcretadas e intensas, lo que te hace pensar si no sería más disfrutable en sala, en un ambiente más íntimo.

Enric Montefusco @ Ignacio Sánchez-Suárez

Ya se aproximaba la hora de los cabezas de cartel y llegó Enric Montefusco. Su proyecto en solitario corría el peligro de saturarme por su presencia en la mayoría de los carteles pero una vez visto en directo entiendo muchas cosas: su rodaje con Standstill le hace familiar y como tal sabe lo que su público quiere. Mantiene una conversación constante con ellos, en las canciones y en los intermedios, con guiños al pasado que hacen cantar a todos juntos (“¿Por qué me llamas a estas horas?”), y el concierto acaba pareciendo el cuarto de estar de tu casa con big band incluida. Tan bonito y tan reconfortante que aunque no sea tu estilo emociona ver cómo al final se baja del escenario para seguir cantando y fundirse con el público.

Nada que ver con Fuckaine, que yo dije “son divertidos”, y me quedé corta. Son una locura, que claramente lo hacen todo just for fun. A medio camino entre el punk y lo electrónico, son todo un espectáculo en el que mezclan samplers de los Cazafantasmas y las Spice Girl, se reinician al ritmo de la sintonía de Windows y su cantante, Fran, no para quieto. Bailes, risas, gestos provocadores, discursos absurdos, sustituciones del confeti por los Alien Tango e incluso volteretas en el suelo. Para estas cosas, hay que tener gracia, no intentar hacerse el gracioso, y ellos la tienen. Con poquito te montan una fiesta digna de “lo que pasa en un concierto de Fuckaine se queda ahí dentro”.

Y tras semejante subidón dimos por terminado el Tomavistas, en el que me hubiera gustado ver a Polock y a Rufus T. Firefly, y quizás pillarles el truco a Airbag. Pero los deberes del día siguiente mandaban: tras 3 días enormes e intensos, no bastaba con doparse como las abuelas. Con ibuprofeno y crema para piernas cansadas.

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