PolifoniK Sound 2017: calor, fiesta y música

Por Juanjo Rueda 0

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Calor, fiesta y música, en este orden.

Calor. Ha estado muy presente en esta edición, algo que puede parecer normal en un festival que se celebra a finales de junio pero que en este caso, sin entrar en la turra generalizada de mucha gente cuando llega el verano, ha sido una particular e intensa canícula la que han tenido que soportar unos cuantos grupos que tocaban en las primeras horas del festival, en el escenario Ámbar concretamente,  teniendo que lidiar con un foco solar que no se podía regular su intensidad (como pedían, por favor, Cosmen Adelaida). Durante las horas de sol, el calor también se hacía evidente, y en este caso quizá más molesto para el público, en el interior del pabellón en el cual se situaba el escenario Huesca la Magia de los Festivales. A pesar de esta pega evidente (lo del precio de la bebida es un mal casi endémico de todos los festivales, no siendo esta cita barbastrense especialmente sangrante en este aspecto), la organización del festival ha rayado a buen nivel (localización, acceso, puntualidad, limpieza).

Fiesta. Porque el Polifonik es uno de esos festivales más modestos que busca ser amable con el mayor número de asistentes. Es un festival que no busca el riesgo, una  mayor intelectualización o una vertiente más artística de sus propuestas; y la gente, a su vez, no va al mismo para verse sorprendido con multitud de propuestas más desconocidas (aunque no quiere decir que no las tenga), la gente va a disfrutar de grupos que conoce, que están más que asentados en casi todos los casos, y va a divertirse. La gente va a disfrutar de un ambiente festivo y ahí el festival cumple sobradamente, no en vano, no son muchos los festivales que llegan a diez años con buena salud.

Y música. Porque al final es lo que da sentido a todo. Más allá de otras consideraciones culturales más o menos elitistas, el cartel del Polifonik ha contado en esta edición con suficientes ganchos musicales para disfrutar. El Polifonik no será un festival innovador en sus líneas musicales pero sus diez años de existencia son una buena noticia para la ciudad de Barbastro y para la provincia de Huesca como evento cultural. Y en vista de la asistencia general de público este año, no parece que haya que temer por las próximas ediciones.

Viernes

El primer concierto que este cronista llegó a oír en la jornada del viernes fue el de Steve Smyth. El australiano ha sido uno de los nombres a descubrir de esta edición; su rock tiene toques ásperos como el de un buen whisky de raíz americana, con un cierto regusto en las guitarras a ese tótem que es Neil Young y en lo vocal a Tom Waits, situándose, más contemporáneamente, en un punto medio entre la americana de Micah P. Hinson y, sobre todo, la intensidad de Retribution Gospel Choir (la entrega en el escenario de Smyth no desmerece a la de Alan Sparhawk). Por sonido, interpretación y propuesta musical, probablemente el mejor concierto que oí el viernes.

Bigott hace unos cuantos años atrás garantizaba un grandísimo directo (sus conciertos fueron reseñados como los mejores del año 2012 por esta redacción) pero desde la nueva reformulación de la banda (sin Paco Loco) los directos que le he visto han resultado algo más deslavazados, con cierta languidez, donde antes había una mayor energía a chorro y una continuidad sin bajones. Siendo un buen directo, mi sensación general no deja de ser la de que no se aprovecha del todo la enorme calidad y variedad del cancionero que dispone el zaragozano en lo que parece una intención de ajustar, en mayor o menor medida, todos los temas a la atmosfera musical de sus dos últimos discos (que son más que notables, todo sea dicho). Como anécdota reseñar que hicieron una versión del “10:15 Saturday night” de The Cure.

Iván Ferreiro. Foto: Gustaff Choos

La siguiente parada era Iván Ferreiro, el nombre de mayor tirón popular del viernes. Su concierto vino a evidenciar la excelente y numerosa banda que acompaña al gallego y que hace que la solvencia en directo, más allá del gusto personal por sus temas, esté asegurada. De hecho, la banda se hace imprescindible para trasvasar con éxito parte de la carga intimista de la música del gallego a la épica maximalista de estos recintos. Con un repertorio sin sorpresas (“El equilibrio es imposible”, “Turnedo”, fuga evidente al repertorio piratero con “Años 80”, etcétera) estaba claro que los asistentes iban a terminar contentos, como así fue. Tras Ferreiro, Amatria fue el encargado de comenzar a transmitir ganas de meneo al personal con temas saltarines como “Animal” o la infecciosa, valga el símil, “Chinches”.

Llegado e este punto, este cronista se autocorto el rollo y decidió que era el momento de volver a Huesca ya que el día siguiente se prometía intenso y hacía falta frescura para afrontarlo bien (física y mentalmente). Esto hizo que me perdiera a Varry Brava y Elyella DJs; me contaron, a posteriori, que el despiporre festivo y el baile fue lo que marcó tanto el concierto como la sesión.

Sábado

El sábado empezó con vermú musical en el paseo del coso de Barbastro, en la terraza Turmeon. Sobre las dos de la tarde, comenzó la sesión de Virginia Díaz, hora y media larga de hits infalibles (como “La revolución sexual” de La Casa Azul, “Common People” de Pulp, o “Killing in the name” de Rage Against de Machine, por nombrar algunos) aderezados con alguna cosilla bien reciente (“Everything Now” de Arcade Fire) para conectar de forma rápida y sin alardes técnicos con unos asistentes que venían ya predispuestos a la fiesta.

Seis y media de la tarde, primer concierto de la jornada. Los oscenses El Verbo Odiado tuvieron que lidiar con un castigo solar severo. Su propuesta, más allá de lo siempre inoportuno de la hora y algún problema técnico, suena afianzada, marcada cada vez más por un dream pop que cuando se lanza a las fugas y desarrollos instrumentales tiene más puntos en común con Sigur Ros o Cocteau Twins que con sus admirados Radiohead.

Cosmen Adelaida también fueron ajusticiados por el astro rey. Su actuación, a pesar de ello, fue una fresca, estimulante y buena traslación en directo de su particular amalgama de pop con trazos post-punk, donde los temas de su reciente disco “Dos Caballos” (como “Hermanos Wright”, “El futuro” o “Piranesi”) lucen igual de lozanos que anteriores aciertos (“Becerro de oro”, “Familia/trabajo”, “La fantasmaja”, o “Si quieres, salgo”)  incluidos en “7 picos” (2011) y, sobre todo, en “La foto fantasma” (2014). Muy buen concierto el suyo.

Tras estas actuaciones anteriores, amagado entre las sombrillas del escenario exterior (Ámbar), tocaba entrar a sudar un poco al otro escenario. Era el turno de Tailor for Penguins, su pop me resultó tan agradable como inocuo y fácilmente olvidable. Tras ellos, fuera, era el turno de Señores, los vascos gozaron ya de un sol en retirada y desplegaron su rock en el que se muestra clara la expresividad de un ligero toque punk melódico emparentado claramente con el estilo de Nueva Vulcano. Tras esto, llegó el momento de reponer algo de fuerzas con calma, comiendo y bebiendo algo, hecho que hizo que me perdiera la actuación de Ramón Mirabet. Se siente, no siempre se puede estar a todo dentro de esa gincana que son los festivales en mayor o menor medida.

Caída ya la noche, en el escenario Ámbar, llegaba el turno de Maga. Los sevillanos son una apuesta segura y lo demostraron con el mejor sonido de todo el festival. Reproducían sus canciones con una precisión casi facsímil respecto al formato en disco mientras Miguel Rivera desprendía un carisma natural y sencillo. Presentaban nuevo disco, “Salto horizontal”, cuyo primer single, “Por las tardes en el frío de las tiendas”, sonó en directo y fue acogida como lo que es: una de las grandes canciones de la coyuntura del indie patrio de este 2017, un tema que ha nacido para ser un clásico de su repertorio como lo son “Agosto esquimal” o “Diecinueve”. Tras ellos, tocaba el principal reclamo de esta jornada de sábado: Sidonie. Su directo es generalmente eficaz, como fue el caso, y los miembros originales manejan un carisma rock algo tópico pero que saben llevar sin caer en lo ridículo aunque lo puedan bordear. Se presentaron en el escenario a ritmo del “Loser” de Beck, quién era una influencia clara en sus inicios (escuchad “Swedish girls” de su debut, por ejemplo) algo que no pudieron apreciar los asistentes de este concierto ya que obviaron el repertorio inglés de sus primeros discos (una pena porque entre ellos están, para mi gusto, algunos de sus mejores temas). De todas formas hay que decir que tienen otras canciones con ganchos melódicos para contentar de sobra a un público que, seguramente, se enganchó a ellos más tardíamente. Sonaron cosas como “La Costa Azul”, “Fascinado”, “Carreteras Infinitas”, “Nuestro baile del viernes”, “El incendio”, “No sé dibujar un perro” (con “performance” de carteles con la letra de la canción de clarísima inspiración dylaniana) o “Estáis aquí”, con la que terminaron un concierto que sirve para demostrar que Sidonie es el tipo de banda que da cierto lustre, a su manera, al “maindiestream” patrio.

Sidonie. Foto: Gustaff Choos

Tras el concierto, la bajona y el cansancio de todo un día comenzó a hacer mella e hizo que me perdiera el concierto de Full (se siente de nuevo) descansando en la hierba exterior y disfrutando de los coletazos finales de la sesión de Ebrovisión DJs (un veterano como yo no se resiste a los cantos de sirena de temas de The Smiths, Teenage Fanclub o Primal Scream, por ejemplo). Aún tuve arrestos para pasarme por la actuación de Delafé y aunque las bases enganchaban con su uso de samples conocidos, no llegué a conectar con el “flow” pop de Óscar D’ Aniello por mucho que su nueva singladura busque reflejar la influencia de referentes contemporáneos tan interesantes como Kendrick Lamar, Kanye West o Wu-Tang Clan. En este caso bien puede que fuera un defecto mío, producto de cierta fatiga. Así pues, decidí que el PolifoniK había terminado para mí.

Calor, fiesta y música en Barbastro. Y que dure.

Todas las fotos son cortesía del festival.

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