Crónica del BBK Live 2017

Por Juanjo Rueda 0

banner WIR

Festivales, qué lugares. Un karaoke con una diabólica marca de bebida que tiene un ciervo rojo como logo. Un espacio de una conocida ginebra inglesa donde se ha montado un toro mecánico. Demonios, hasta había un stand de uno de los perfumes femeninos más conocidos del mundo. Como ya he comentado en alguna otra ocasión, los festivales de música son, en muchos casos, los parques de atracciones para adultos. En eso se han convertido hace años. Miles de adultos que no hemos dejado de ser niños vamos a festivales a ser bombardeados con un aluvión de experiencias que no siempre son musicales. Bombardeados sin descanso por constantes y grandilocuentes estímulos a los sentidos, con la idea clara, en gran parte de los casos, de diversión constante y sin cavilaciones. Que nadie se aburra, que haya actividades para todos. Los festivales de música nacieron como un evento comunal de raíz sociocultural, de conocimiento y ocio musical donde lo cerebral (intelectual) y lo emocional (diversión) quizá estaba más equilibrado. Ahora parece que lo emocional se impone, hay que impactar por esta vía. Ahora los festivales están más cercanos al paquete turístico de experiencias que a la sacralidad y venerabilidad del centro cultural o el museo. Quizá es mejor que así sea. El viernes, en medio del chirimiri bilbaíno, si te parabas unos minutos a contemplar la estampa desde alguna ladera, te asaltaban la multitud de luces, focos, marcas y casetas de venta de productos conocidos, y el paisaje nocturno que se dibujaba en Kobetamendi me hacía pensar que todo esto no está tan lejos de la artificialidad de Las Vegas. Al fin y al cabo, el cambio y la evolución es inevitable, como diría Tony D’Amato (Al Pacino) en “Un Domingo Cualquiera”: es parte de la vida. No me opongo ni lo desdeño del todo, simplemente describo mis percepciones que es muy probable que sean las de un tipo algo gruñón, algo descreído y algo comodón al cual le incomoda tener que ver conciertos más por las pantallas ya que desde su posición no se atisba bien el escenario, todo porque le agobia bregar por el sitio en filas más cercanas (y eso que el BBK no es un festival donde haya excesivas apreturas para el volumen de gente que maneja).

Más allá de estas reflexiones más generales sobre los festivales, hay que decir que, particularmente, el BBK Live volvió a gozar en esta edición de un cartel que equilibraba bastante bien pasado y presente con nombres más que conocidos y atrayentes (Depeche Mode, Primal Scream, Brian Wilson, The Killers, Two Door Cinema Club, Phoenix, The Avalanches, Spoon, Royal Blood, Justice, Die Antwoord o Blonde Redhead, entre otros) a los que sumaba delicias más alternativas, de esas que van en la letra pequeña del cartel. La organización y logística del evento es más que notable (quienes llevan viniendo desde hace bastantes ediciones, me han hablado del espectacular avance en estos aspectos de unos cuantos años a esta parte), con una búsqueda permanente de mejoras para facilitar o hacer la experiencia más cómoda y gratificante al visitante, como la implantación del Cashless para agilizar el pago (aunque el sistema tiene puntos a pulir) o el acierto claro de este año de añadir un servicio de limpieza casi permanente en la zona de servicios. A ello hay que unir la localización natural del evento que es sin duda un punto fuerte y uno de los elementos que le confiere una mayor distinción al festival entre sus competidores.

Jueves: cuéntame cómo pasó

A ver si os pensáis que vivo de esto. No, todos los que colaboramos y/o coordinamos esta web tenemos nuestros trabajos con los que (mal)vivimos y nos ganamos los cuartos de verdad. El tema es que debido al trabajo que me da verdaderos beneficios monetarios, no pude asistir a la jornada del jueves. Tocaba el viernes preguntar por la jornada anterior y las opiniones que más me sorprendieron, por lo oscilante en algunos casos, fueron las referentes al concierto de Depeche Mode. “¿Qué tal Depeche Mode?”, era mi pregunta más habitual, algunas personas por un lado me decían que había sido un concierto aburrido y otras decían que había sido un concierto más que bueno acorde a la estatura de una banda que, vaivenes creativos actuales, está por encima del bien y del mal. Puede que en el debe de los primeros estuviera el hecho de que por lo visto tocaron temas (“Going Backwards”, “Wrong”, “Corrupt”, “Cover me”, “Where’s the revolution”) de unos últimos discos que no alcanzan el nivel de otros más típicos que no interpretaron (“Just can’t get enough”, “People are people”, “See you”, “Master and servant”, “A question of time”, “Condemnation”, “It’s no good” o “Blasphemous rumours”), pero es que el repertorio de la banda es tan extenso que la estrechez festivalera hace que no se pueda complacer a todos. Yo creo que una actuación de Depeche Mode que tuvo temas como “Never let me down again”, “Enjoy the silence”, “Stripped”, “Personal Jesus”, “Everything counts”, “I feel you”, “Walking in my shoes”, “Barrel of a gun” o “World in my eyes” muy mala tuvo que haber sido para no haberse disfrutado. Yo lo hubiera hecho, maldita sea.

Viernes: Chirimiri de estilos

Me doy cuenta que, por lo general, la gente quiere una música sin muchas complicaciones con la que conectar y divertirse rápido, más allá de valorar si está bien interpretada y la dificultad de la propuesta musical. Muchos prefieren el potito conocido y más estandarizado antes que la exigencia y atención al detalle que requieren las cosas no asimiladas por desconocimiento. Hay que impactar rápido al público porque la curva de atención es breve ante aquella música más detallista y sutil -poco explosiva- y eso lo sabían bien Phoenix y The Killers, que empezaron ambos conciertos con parte de su artillería pesada, queriendo hacerse oír desde el principio. Todo lo contrario que Fleet Foxes, cuya música se aleja del afán de protagonismo aunque necesita que le presten mayor atención.

Fleet Foxes venían a presentar un disco de canciones con estructuras algo más complicadas o quebradas que, sin dejar el preciosismo instrumental de sus dos discos anteriores, son menos inmediatas, exigen una mayor implicación por parte del oyente. Es cierto que su folk pastoral deudor tanto de bandas como The Band como de la música vocal barroca puede no ser lo más animado para un festival de este tipo, pero situado en las primeras horas de la tarde (sobre las ocho) y con un cielo encapotado como elemento dramático que daba un mayor peso al elemento melancólico de sus canciones, su concierto me pareció notable. Supieron amplificar su propuesta más intimista manteniendo sus señas y detalle (bastante bien la ejecución instrumental y los coros de voces), logrando sonar algo más orgánicos y menos progresivos que en su último disco. Los nuevos temas convivieron con bastante naturalidad (estupendas interpretaciones de temas como “Third of May / Odaigara”, uno de los momentos cumbre de su nuevo disco, o “If you need to, keep time on me”) con sus clásicos anteriores (“White Winter Hymmal”, “Blue Ridge Mountains”, “Mykonos”, “Helplessness Blues”). Aunque la sensación general con la que creo que se recibió el concierto fue con evidente frialdad ante una propuesta poco explosiva en lo formal pero de mayor profundidad en lo musical. Cosas de los códigos y contextos entre emisores y receptores en este tipo de eventos festivaleros.

Phoenix. Foto: Tom Hagen

Como digo, por el contrario, Phoenix, salieron ya desde el principio con algunos de sus mejores ases, ya fueran de su nuevo disco (“Ti amo”) como de anteriores (“Lisztomania”, “Entertainment”). El problema es que después de semejante comienzo, la energía flaqueó un poco (la bajona evidente tras ese primer subidón) aunque quedaban aciertos casi siempre seguros como “If I ever feel better”, “Trying to be cool” y “1901”. Además fueron avispados no enrocándose excesivamente en temas de su nuevo y algo más flojo disco (“J-Boy”, “Fior di latte”). Un buen concierto festivalero donde se apreció la buena solvencia musical de la banda, sabiendo hacer buen balance entre el pop masivo y la atención cuidada a los elementos musicales. Tengo que decir que en el tramo final de concierto pasé un momento por la carpa Starman para otear y oír justo el final de la actuación de Jens Lekman, quedándome con la sensación de que me perdí un buen concierto.

The Killers. Foto: Rob Loud

Por su parte, The Killers se presentaban como el  concierto más esperado de este día (por asistentes, concentrando unas 40.000 personas, y por parte de la organización, que los colocó en el horario preeminente del escenario Bilbao, sin ningún otro grupo que les hiciera sombra). La banda liderada por Brandon Flowers lleva sin editar LP desde hace 5 cinco años, algo que parece que se romperá este 2017, y su actuación basó su éxito en un público entregado a las cartas ganadoras de siempre y el cual no dudo en rellenar, mediante coros o su propio recuerdo de unas canciones muy conocidas, los huecos que dejaba la banda musicalmente. El sonido de la banda fue bastante plano y poco orgánico, con una batería y una voz que devoraban el resto de instrumentación; teclados, guitarra, bajo o coros femeninos sonaban aplastados o, en algunos casos, casi ni se apreciaban. Fue un concierto que comenzó sin esconder bazas, con una apertura con “Mr. Brightside”, “Spaceman” y “Somebody told me”, tras las cuales el público estaba completamente ganado a pesar de las carencias antes nombradas u otras más puntuales (un Brandon Flowers que parecía quedarse sin aire al cantar el estribillo de “Somebody told me” e incluso entraba algo a destiempo en momentos puntuales del tema, aunque en el resto de temas sí fue de los más destacados del grupo). A pesar de esto, tras este impactante inicio, el concierto entró en un páramo en el cual unos temas ya no demasiado complejos, eran interpretados todavía más simples y planos, y donde sólo algunos picos parecían querer, sin éxito, cambiar la dinámica (como “Human” o “Read my Mind”). Al final, tras dos bises (“Shot at the night” y “When you were young”), el público terminó en general muy contento a pesar de un concierto exiguo en cuanto a calidad musical.

Royal Blood. Foto: Dena Flows

Lo de Royal Blood en el escenario Heineken fue básico y simple pero no esencialmente sencillo. Lo suyo consiste en explotar el rock más primitivo de raíz blues y garajera, heredero de otras bandas como The White Stripes (aunque en el caso de los ingleses son bajo y batería) o Led Zeppelin (oyendo a la banda en directo, no cabe duda de que Jimmy Page debe estar en el altar de Mike Kerr). Su concierto, a pesar de lo básico de su puesta en escena, consigue exprimir los máximos matices a su formato y sobre todo se entrega a una orgía del riff que, la verdad, se agradece y se echa algo de menos en estos tiempos en los que parece un recurso algo relegado al segundo plano musical entre la alternatividad. Quizá en el futuro tendrán que dotar a su propuesta de nuevos matices, como le pasó a los White Stripes, para no caer en la repetición mecánica de clichés, pero por ahora, lo suyo funciona bastante bien. Por cierto, a esa misma hora, estaban en la carpa Starman Niña Coyote eta Chico Tornado, a quienes tuve el gusto de ver y escuchar hace ya un tiempo en la sala El Veintiuno, y que comparten un formato semejante a Royal Blood (con batería y guitarra en este caso). A pesar de algunas semejanzas musicales, lo suyo termina teniendo más en común con el stoner-rock de Kyuss que con el blues-rock de Led Zeppelin. Si desplegaron la mitad de energía que cuando los vi, más de uno tuvo que salir con el cuello ligeramente dislocado.

Mi jornada del viernes terminó en el escenario Ron Matusalem donde estaban Los Punsetes. Los madrileños siguen siendo ese grupo que se le aprecia o se le odia por esa propuesta en la cual Ariadna sigue con sus “performances” de tenso estatismo, vestidos pintorescos y con su poco canónica forma de cantar. El resto de la banda suena bastante compacta y fresca, afianzada en su pop de toques punk y new wave. Tienen un buen arsenal de excusas en forma de grandes canciones (“Alférez provisional”, “Mabuse”, “Dos policías”, “Me gusta que me pegues”) con las que “justificarse” ante aquellos a los cuales les saca de sus casillas la marcada personalidad del grupo. Por cierto, ¿qué os está pareciendo hasta ahora “Mi opinión de mierda” del festival?

Sábado: lluvia y barro musical

Hacer planes en sábado por la mañana tras una noche de festival (aunque esta no se haya desmadrado), es comprar un billete para no cumplirlos. Eso es lo que me pasó cuando me plantee ir a ver el concierto de Delorean en el kiosko del Arenal a la una del mediodía. Sí, a la una y no llegué a tiempo (llegué justo cuando habían terminado). La pereza y el ser un comodón es lo que tiene en algunos casos, enanos y enanas.

Ya por la tarde, la primera parada tras llegar al recinto fue Brian Wilson en el escenario Bilbao. Brian Wilson entra en otra categoría a todo lo demás. Viéndolo no podía de dejar de pensar que estaba contemplando un monumento vivo, un hombre que ha compuesto parte del mejor pop de la historia y que ha influenciado a multitud grupos y compositores. Me embargaba la misma emoción y parte del sentimiento de pequeñez que ante lo que está cargado de historia, la misma emoción que puedo experimentar estando ante el castillo de Loarre o la catedral de Burgos. Por otro lado, tenía un sentimiento de cierta aflicción al ver a un hombre setenta y cinco años al que escasamente le llega la voz para cantar un tema entero, algo que se compensa con la magnífica banda, formada por músicos más veteranos (como su compañero Beach Boy, Al Jardine) y otros más jóvenes (el propio hijo de Al Jardine, Matt Jardine). La banda suena precisa y brillante, encargándose de cubrir y disimular las carencias más que evidentes que el paso del tiempo ha provocado en Brian. La estampa de Brian no llegando a poder cantar casi ningún tema es ciertamente triste, pero este hombre es un pequeño Mozart del pop que si a su edad quiere estar “coflado” en su teclado cual director de orquesta mientras el resto de músicos tocan sus canciones, antes que marchitarse hasta morir en su casa sin molestar a nadie (no vaya a ser que cuestione la imagen de eterna juventud de la cultura pop, que encima nos tiene que decir lo que es o no digno de la vejez), pues adelante. Mi respeto, siempre. Interpretaron completo y de forma magnífica (obviando las carencias vocales de Wilson) el “Pet Sounds”, antes cayeron algunos clásicos de “los chicos de la playa” como “California Girls”, “I Get Around”, “Help me Rhonda” o “Don’t worry Baby, para terminar cerrando, como no podía ser de otra manera, con una genial “Good Vibrations”. Emocionante y algo triste a la vez pero es lo que hay, vuelvo emplazaros a la frase de Tony D’Amato de más arriba (¿o acaso os pensáis que vosotros no os haréis viejos y también pensaréis que tenéis derecho a vivir lo que os quede como bien os parezca?).

!!! (Chk Chk Chk). Foto: Tom Hagen

!!! (Chk Chk Chk) son una apuesta segura para el meneo. Nic Offer compite con Angus Young en ver quién lleva los pantalones más cortos y también en entrega sobre un escenario. Él es quién personifica este proyecto musical desde años, en el cual ha habido una gran rotación de músicos. Hace tiempo que se sabe que cartas juegan,  no sorprenden pero tampoco defraudan, dance-funk-rock sudoroso donde los nuevos singles (“Dancing is the best revenge”) y las canciones más antiguas (Heart of hearts”, “One girl / One Boy” o “Slyd”, con la que terminaron el concierto) funcionaron perfectamente engrasadas en la clase de step que se desplegó en el escenario Heineken por parte de Offer y Shannon Funchess.

El tratamiento de máximas estrellas que había sido para Depeche Mode y The Killers en los días anteriores, recaía en esta jornada para los irlandeses Two Door Cinema Club. Para mi gusto un tratamiento excesivo hacía esta banda que en cambio hay que decir que entregaron, durante el rato de los vi, un show bastante efectivo, enérgico y saltarín, con una sonorización de la que deberían aprender The Killers y una solvencia bastante acorde al estatus que se les había asignado. Mientras, lo de Primal Scream fue algo de cal y mucho más de arena. Entre lo positivo, la querencia por tocar bastantes temas del “Screamadelica”, que en algunos casos fueron los mejores de todo el setlist. ¿Lo negativo? Que en muchos casos los temas sonaban deslavazados, casi beodos (canciones con un pulso básico rock como “Rocks” o “Country Girl” sonaron como una maraña algo inconexa y sin alma), donde cada músico parecía hacer la guerra un poco por su cuenta. Pero entre algunos despropósitos, pequeños apuntes de magia casi involuntaria, como despedirse con una aceptable “Come Together” bajo la lluvia, y que hacen que el fan que hay en mí se vaya con un regusto del concierto un poco mejor de lo que en realidad fue.

Primal Scream. Foto: Dena Flows

Y con Die Antwoord llegó el escándalo. Tachados de zafios y deslenguados con razón (como si eso les importara). Su propuesta ha resultado ser la más polémica porque también era una de las más que más se saltaban a la torera los estándares de rebeldía burguesa. El dúo surafricano crea rechazo porque nos enfrenta con algunas dialécticas reprobables en su discurso de “white trash afrikáans”, en el cual resulta difícil diferenciar cuánto hay de reivindicación sincera y cuanto de performance que nos escupe a la cara a ver cómo reaccionamos. Es verdad que musicalmente han dejado de impactar y resultan limitados (tampoco es que el punk de guitarras tenga mucha más amplitud de miras), que su chiste, por repetido, ha dejado de tener casi gracia. Pero uno también puede dejar a un lado moralinas y lanzarse al barro de su hip-hop empastillado y de videojuego (cercano a la fiesta techno en Coliseum), en una actitud no muy distinta a la de disfrutar irónicamente de juegos tan moralmente reprobables como “Grand Theft Auto”.

Dejo para el final el bosque. Hay que terminar hablando del escenario Basoa. El bosque. Si no estuve todo el concierto de Two Door Cinema Club fue porque en un determinado momento decidí ir a conocer el espacio más singular de todo el festival. Un emplazamiento más apartado y situado entre los árboles, en el cuál se sitúan una serie de altavoces y el espacio para que los DJs desplieguen sus conjuros en forma de sesiones para que, quienes se acerquen, sean abducidos. Ahí pude perderme un rato entre las sesiones de Job Jobse y Andrew Weatherall. Un espacio singular, con embrujo, que parece situado en un plano paralelo al resto del festival y que sin duda es un acierto total.

Al final, el domingo, tras dos días de cielos cubiertos, salió un sol magnífico para despedirnos. Había terminado mi primer BBK. Un festival que merece bastante la pena por más pejiguero que pueda ponerme (y no exactamente con el BBK, sino con el formato general de estos eventos). Un BBK Live menos. Un BBK Live más. Agur eta eskerrik asko.

banner WIR