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Crónica del concierto de despedida de El Pardo

Por Ana Rodríguez 0

Crónica del concierto de despedida de El Pardo

Las despedidas no son plato de gusto para nadie. Sí, es un tópico, es una evidencia, pero que la premisa de un concierto sea esa y que lo disfrutes tanto te deja con la cabeza (y el corazón: seamos sentimentales) trastocados. Y así acabó el pasado sábado, saliendo de la Maravillas, rogando por que lo de El Pardo solo sea un «hasta luego», como ellos mismos dejan entrever.

Comenzábamos septiembre con esta noticia y arrugabas el morro como esos críos que se encuentran con algo que no les gusta. Pero al tiempo que hablaban de ese «hasta luego» publicaban una carta en la que explicaban el porqué de esta decisión: ya no era un enfado tonto sino una mezcla de tristeza y comprensiva aceptación. Una parajoda, vaya.

Si ya de por sí la música es algo complicado en este país, que subsiste gracias al cariño y fidelidad de unos pocos, la situación de El Pardo ha jugado a que la mayor parte de sus integrantes sean inasequibles al desaliento: cambiar de batería en cinco ocasiones durante este último año te debe hacer pensar si es que Sandro Rey te está troleando.

Pero más allá de esa anécdota, no creo que la posición de El Pardo fuera fácil. Sí, la posibilidad de autoeditarse te da libertad creativa, pero su propuesta ideológica no creo que sea cómoda para una gran mayoría: nadie escapa a sus amargos dardos. Parece que la canción protesta se quedó atrás, con el cambio de siglo, pero es que El Pardo va más allá: ya lo dije en la crónica del Sound Isidro, lo suyo en la canción con-ciencia. Cada una de sus canciones conlleva una construcción argumental de peso que te hace reflexionar sobre los vicios pequeñoburgueses que cada uno tenemos. Y claro, no creo que eso sea plato de gusto para algunas «mentes iluminadas».

Llegados a este punto, este detalle da igual pues tengo la sensación de que ninguno de los presentes en la Maravillas nos pensábamos mejor que nadie; así que allí estábamos, atentos, preparados para corear sus potentes estribillos, pues no sabemos cuándo podremos volver a vivir esa extraña y agridulce fiesta que suponen los conciertos de El Pardo, con ese poderío sónico y rítmico que consiguen (aunque haya cambios en sus integrantes: Javi, el nuevo batería, Juanma (en el lugar de Javier Marzal) y con el característico recitado de Raúl Querido, que parece invitarte a reflexionar.

Somos «Terroristas» en manos de «Las clases ociosas». Así empezó la noche del sábado, dejando claro quiénes eran los receptores de ese mensaje, los que teníamos que gritar «Vergüenza», los que nos replanteamos qué está ocurriendo mientras decimos «¡Europa SÍ!» y pedimos «Dinero gratis» y un «Nuevo plan de jubilación» para esos cuatro que van a ser los más ricos del cementerio.

Así llegamos a la parte central del concierto, la más divertida, la dedicada a esos dos prohombres que esperan su oportunidad como Vladimir y Estragon, «Un yerno ideal» y «PDRSNCHZ», que ya tenía guasa el cantarla allí, en el antiguo Nasti. No debemos olvidarnos de «Skasta», con sus referencias a Ismael Serrano y Ska-P, que a más de una nos hace pensar en lo que tenemos que aguantar por parte de aquellos que nos intentan explicar qué es ser mujer.
Y volvimos a la severidad de «Amor, Pureza y Salvación» y «Nestlé», y a la crudeza de «Matadero»: tiene tantos caminos de interpretación y referencias de consumo cultural que probablemente sea el tema más incómodo de los últimos que han compuesto.

Ya quedaba poco: «La charla final» y, para terminar, «Karkajada», ese tema con el que creo que todos nos subiríamos al escenario para hacer coros de risas falsas, como finalmente hizo uno de sus antiguos miembros, Miguel López Breñas (Cómo vivir en el campo, Alborotador Gomasio), después de muchas invitaciones por parte de Raúl Querido.

«¿Ya?» era la pregunta confundida con la que nos quedábamos en esos últimos minutos del sábado. Ya había terminado el concierto y ya comenzaba esa etapa imprecisa, de reflexión sobre el proyecto, que no sabemos cuánto durará. En parte te sentías como en un desengaño amoroso: no te marches, a mí me importas, yo todavía te quiero…

Sí, falta un «podemos intentarlo» pero creo que ellos tienen claro que cuando decidan volver allí estaremos, dispuestos a montar un doble fiesta, la del concierto en sí y la de su reaparición en los escenarios.

Hasta luego, El Pardo. No acepto un adiós: os queda mucho que cuestionar.

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