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El producto indie: Rentabilidad sin ética

Por Jorge Coy López 0

El producto indie: Rentabilidad sin ética

¿Los grupos que se engloban dentro del indie realmente participan de su filosofía artística?

Me decidí a escribir estas líneas al contemplar la fulgurante y masiva universalización del término indie. Llegados al punto de definir bandas como INDIE a secas, brotaron una serie de preguntas en mi cabeza tales como: ¿Acaso esta denominación hace referencia a un sonido concreto? ¿Actualmente el contexto en el que se emplea es acorde a su significado original? ¿Los grupos que se engloban dentro de este “movimiento” realmente participan de su filosofía artística? ¿No puede ser todo un juego de marketing y mercado?

El indie se ha transformado en genero musical por simplicidad

Pues bien, una vez expuestas las cuestiones en mi mente no dejarían de perturbarme hasta realizar un breve ejercicio de análisis acerca del omnipresente panorama indie. Puesto que esta reinante obsesión por encasillar a los grupos dentro de un rango de fácil acceso, aunque éste resulte ambiguo y las bandas tengan escasa similitud en origen, forma y recursos con otras también englobadas en el mismo saco, es la principal causante de que se desvirtúen y confundan términos como el de indie que, a la postre ha sido transformado en género musical en un alarde de simplicidad y vaguería. Pues lo más cómodo es aunar todo aquello que se sale ligeramente de la norma y cuyo análisis requiere un mínimo de esfuerzo, en un rudo cazo para, de esta manera, conseguir un brebaje de movimientos, corrientes y géneros totalmente incoherente e, incluso, pestilente. Porque ante la pregunta: “¿Qué tocan estos?” o “¿qué escuchas?” resulta muy vanguardista a la par que fardón elevar el velludo mentón envalentonado y, con la media sonrisa de aquél que se jacta de su superioridad moral, responder con el anglicismo indie. Escueto y sonoro. Suena lo suficientemente alternativo como para usarlo cual técnica de cortejo. Lo que el sujeto desconoce es que su respuesta, escueta y sonora, es tan insustancial para la humanidad como la obra musical del magnánimo Juan Magán, no es nada personal.

Baluartes del movimiento independiente nacional tienen grandes discográficas a sus espaldas

Volviendo al hilo argumental, este empleo del término en cuestión obedece, en primera instancia, a la imperiosa e innata necesidad del ser humano por estructurar, de una manera práctica y reconocible, todo aquello que escucha, toca, degusta, olfatea o ve. Una necesidad en su origen noble. Mas el problema viene al analizar la desconexión absoluta entre el significado del término y el actual contexto en el que se emplea, pues un gran número de bandas las cuales se han bautizado como baluartes del movimiento independiente nacional tienen grandes discográficas a sus espaldas, incluyendo multinacionales, que realizan un trabajo exhaustivo de difusión y promoción, en muchas ocasiones a base de imposición y opresión mediante recursos exclusivos que les permiten abarcar un gran porcentaje del espectro musical en el mal llamado panorama “indie”.

Festivales estacandos

Este confuso panorama, analizado desde lo ofertado al gran público, resulta irrisorio, pues cuenta únicamente con una decena de grupos visibles e impulsados a la cumbre, en gran medida, a base de “técnicas de mercado”. Una vieja guardia que copa carteles sin piedad y de manera arbitraria, repartiéndose el suculento botín y estableciendo una preocupante e insalubre endogamia. Fomentada en cierta manera por la era de las plataformas de streaming, por sus sugerencias y listas prefabricadas. Una original forma de avasallar al personal. Lo cual parece cuanto menos paradójico considerando la heterogeneidad reinante entre las bandas que han sido encasilladas, consentida o forzosamente, en la selectiva “escena independiente”. Por desgracia, estas bandas son eclipsadas por los caciques indies (“caciquindies” si me permitís el chascarrillo) pues no son rentables al no tener acceso a ese tipo de difusión, a pesar de que cuenten con argumentos artísticos contundentes y sean un gran medio de renovación en una estancada apuesta festivalera que camina sin frenos hacia la autodestrucción por saturación. No, no se confundan, no achaco esta crítica a asuntos de seguimiento masivo. Puesto que esto último, en un mundo donde imperase una justicia artística, no sería causa sino consecuencia. No repruebo la exposición, sí la explotación/opresión.

El “do it yourself” parece haber caído

Todo ello no lo expreso con tono peyorativo, es simplemente un hecho contrastable que refleja la desconexión comentada con anterioridad. La cual ha provocado que muchos conjuntos no deseen verse ligados a esta etiqueta, pues la original y aplaudida forma de entender y concebir la música ha sido reducida a eso, a una abreviatura atrayente exenta de significado en la práctica. Parece que quedó bastante atrás aquel estimulante lema de toda una generación, el “do it yourself” parece haber caído y con él toda la insurrección y rebeldía inherente a la propuesta independiente.

Quizá el único punto sobre el que se sustente la idea de amotinar un colectivo de grupos tan diverso y abundante bajo esta etiqueta, sea tomando este colectivo como un bloque alternativo a las tan efectivas, en cuanto a cifras, radio fórmulas. Un muro tenaz. Una defensa numantina que batalle por hacerse escuchar, soportando las inclemencias del ambiente y los continuos bombardeos que llegan desde las trincheras del gigante de audiencias, el cual no hace más que expandirse nutrido por cadenas tan mediáticas como mediocres.

El actual término indie es un mero producto, un eslogan, un vil señuelo…

Desgraciadamente, todo este argumento se desploma como castillo de naipes cuando el gigante abduce y fagocita aquellas bandas “bandera” del frente opositor (a las que se hace alusión dos párrafos atrás), un hecho que presencias con impotencia y desazón. Es entonces cuando se activa tu vena maquiavélica y conspiranoica, y te planteas si no sería todo una estafa hilvanada por (parafraseando a Biznaga) predadores de noche, ejecutivos de día. Pues sería demasiado ingenuo pensar que su ejército de expertos no se hubiese percatado de que tenían ante sus ojos un mercado al alza a explotar. Sería demasiado ingenuo pensar que no están detrás de la anteposición de la celeridad a la calidad y, como consecuencia, la conversión de bandas en productos de mercado. Esa es la palabra que escuece, productos. Y eso es lo que representa el actual término indie (a mi pesar), un mero producto, un eslogan, un vil señuelo del gigante sin escrúpulos que reparte las cartas, un “anzuelo para incompetentes”.

Indie, la gallina de los huevos de oro

Definitivamente, se han hecho con la gallina de los huevos de oro, y es que esta renovada denominación, que se emplea como comodín abarcando todo un universo de sonidos y matices, es un efectivo reclamo para (ya lo advierten Cala Vento) “ganar complicidad con los que no quieren pensar”. Un aditivo que, en términos absolutos de significado, aporta lo que Trump en una asamblea de Greenpeace, desconcierto. Fruto de lo anterior es que cada uno encontremos, al menos, un festival indie a escasos dos metros de nuestra puerta, festivales (por lo general) de cartel monótono y predecible con un claro patrón común y una apuesta por el conservacionismo. Una apuesta segura, maquillada de alternativa, que no ceja en su obstinado empeño por ampliar los suculentos beneficios. Una apuesta abocada al colapso, pues sus organizadores parecen no haber oído nada sobre la diversificación de la oferta.

Escuece pensar que soy títere de la trama indie

Y escuece. Escuece saber que no ha habido batalla, que sólo es una pantalla, que los malos siempre ganan, que las cartas estaban echadas y la baraja marcada. Obvio pues, quien quiera manejar Estados, que aprenda a trucar los dados.
A pesar de que esto suene melodramático y desconsolado, no es mi intención. Simplemente, es un intento de redención, una catarsis, un desahogo ante la angustia transitoria que me invade al pensar que soy títere en la trama al fomentar, cegado por las luces, este modelo de explotación y transacción.

Asimismo, soy plenamente consciente (y por ello continuo dedicando una buena parte de mi intrascendente existencia a ello) de que existen cantones de la resistencia, bajo una superficie de edulcorantes y pigmentos multicolor, que conservan un sentimiento diáfano e imperturbable. Que saben cómo se plantea el juego y prefieren desmarcarse de ello. Que optan por la coherencia frente a la herencia. Ellos son numerosos y ruidosos aunque se les intente silenciar. Se encuentran recluidos, ávidos por destruir el yugo de etiquetas publicitarias que algunos caciquindies tratan de imponer. Y, de este modo, terminar de resquebrajar las costuras del saturado saco. Tal es la saturación del mercado que, de acuerdo con lo aprendido en la reciente “recesión” económica, va acabar por estallar de un instante a otro, la burbuja colapsará y el producto se devaluará hasta límites insospechados. Lo que en palabras de ZP se podría definir como “una desaceleración transitoria intensa de la economía”.

La música se nutre de escaladas paulatinas que se inician en salas vacías

Mas no hay que temer, no sería algo trágico, no resultaría una gran pérdida, la música sobreviviría, la música es más que indie de verbena, la música no se puede encerrar en un saco zurcido por velludos ignorantes. No existe radio fórmula capaz de encadenar a este grito tan gigante, pues hay un sentimiento latente, un duende reinante dentro de aquellos que se plantean lo impuesto haciendo frente a los dedos acusadores del resto. Pues de eso se nutren la música y sus creadores, de miradas inquisitivas, de escaladas paulatinas que se inician en salas vacías, de diseccionar cada emoción a través de la introspección hasta acabar sangrando en cualquier lúgubre rincón. Y, con la sangre vertida en el suelo, escribir un bolero. De eso va realmente el juego.

Love of Lesbian/Foto: Jose Fillola
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