Crónica del Primavera Club 2017 de Madrid

Por Ana Rodríguez 0

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El hermano pequeño del Primavera Sound regresó a Madrid por todo lo alto.

Hace cinco años del último Primavera Club en Madrid y, aunque desde entonces han surgido interesantes citas musicales en la capital, se echaba de menos. Así que cuando volvimos a la dura rutina, el anuncio de este regreso fue una gran noticia y que ha cumplido con todo el hype que nos habíamos autocreado.

Porque efectivamente, tanto la propuesta sobre el papel como el resultado después de haber asistido hemos de decir que ha sido muy bueno: cumplir con las expectativas y sorprender es una meta más que deseable. Cabe destacar también la presencia de mujeres en el cartel, demostrando ese potencial que en muchos carteles quede oculto e incluso olvidado. Desde las unexpected The Breeders hasta casos sorprendentes como Starcrawler o Superorganism, pasando por el potencial de Smerz y Moor Mother, dejaron claro que el segundo plano no es su lugar.

Destaquemos también la capacidad que han tenido de aprovechar la manzana del Teatro Barceló para crear diferentes escenarios. Esa comodidad de encontrar todo a unas escaleras de distancia ha hecho que sea aun más disfrutable.

Moor Mother por Nieves Solano

Moor Mother fue la encargada de abrir el Primavera Club en Madrid el viernes. Ella sola, en el escenario, con el micrófono y sus bases experimentales, se fue creciendo frente a la adversidad: los problemas de sonido de los primeros temas la llevaron a una especie de concentración en sí misma, en la que no era fácil entrar. Pero se quedó ahí, casi en algo anecdótico: en cuanto comenzó a sentirse a gusto y pasó a las bases más contundentes, Camae Ayewa se hizo enorme con su carismático y airado recitado. “Deadbeat Protest” encandila y casi parece que te araña para que te revuelvas en lo emocional.

Las siguientes en llegar nos dieron una ligera tregua. Smerz parecía que iba a ser algo radicalmente opuesto, más tranquilo, tras escuchar “Okey” y sus EPs; sin embargo, Henriette y Catherina demostraron cómo se puede contagiar su pasión por la música, con sus voces y sus sintetizadores. Se turnaban cantando y bailando y su interpretación hizo aún más potente su propuesta de techno ambiental, borrando la fugaz idea de que podían ser sosas. Su serenidad las hace exquisitas y efectivas.

Menos mal que tuvimos un momento de relax antes de que llegara el alud de sensaciones que provoca Blanck Mass. No te fíes de la aparente tranquilidad que parece reflejar Benjamin John Power: desde la primera nota te lleva a una situación masoquista, de incomodez y enganche. Va enganchando diferentes bases y ritmos, entre el encantamiento y la agresividad discordante, hasta construir una mole sonora que te deja sin aliento. ¿Sería petición de él el exceso de humo y el juego de luces epileptiloides para rematar ese cúmulo de sensaciones? En algún momento dieron ganas de sacar las gafas 3D.

Después de tan buen sabor de boca que nos dejaron los primeros artistas, llegó la propuesta de Jakuzi, que nos dejó algo destemplados. ¿Por qué? Esperar que su repertorio sea similar a temas como “Koca Bir Saçmalik” o “Istedigin Gibi Kullan” es quizás un error, pues su estilo está más vinculado al new wave sentimentaloide de un Benidorm hipster que al que coquetea con el rock. En el tercio final de la actuación su cantante abandonó su triste introspección y se bajó a cantar entre el público, que le recibió entre animados bailes.

El cierre del viernes estuvo por todo lo alto con el esperado unexpected: The Breeders. Esa mañana se desveló la sorpresa que llevó a vender todos los abonos para ese día, para disfrutar del mítico grupo de Kim Deal. Una hora antes de que se abrieran las puertas de la sala But, comenzaba a hacerse cola para conseguir sitio cerca del escenario y todo eran sonrisas y nervios por lo que iban a ver. Y no defraudaron. ¿Cómo iban a hacerlo?

Ay, me muero, decía una chica que había venido desde Barcelona solo para verlas. No pude evitar decirle, chiquilla, espérate hasta el último bis y así lo ves todo. Así eran las emociones que llenaron la sala, que celebraron cada tema y corearon cada estribillo. Pero no eran los únicos que disfrutaron: Kim Deal y su hermana Kelley, Josephine Wiggs y Jim Macpherson también lo hicieron, entre risas, agradecimientos y chascarrillos. La sonrisa no abandonó en toda la noche a la mítica cantante, que disfrutó como una niña pequeña y que incluso parecía sorprenderse con cada sonido que producía con su guitarra.

“No Aloha”, “Invisible Man”, “Walking with a Killer”, “Bang On”, “Off You”… repasaron los principales temas de sus cuatro discos e incluso el adelanto que acaban de publicar, “Wait in the Car”, en un concierto que exprimió al máximo el tiempo de la sala. Cuando sonó “Cannonball”, la comunión entre el público y el grupo llegó a lo más alto, con pogo incluido. La carcajada feliz de Kim Deal al soltar el silbato y ver al público fue épica.

Flat Worms por Nieves Solano

Con semejantes sensaciones el sábado decidimos lanzarnos a la carnaza: Flat Worms. Las credenciales de este trío eran impecables (Ty Segall, Kevin Morby, Thee Oh Sees) y cumplieron con creces lo esperado: un compacto post-punk en el que es difícil mantenerse quieto. Temas rápidos, tan eléctricos que dan calambre y que te enredan en su ritmo. Daba igual que el nuevo disco solo llevara un día en la calle: han nacido para que el público lo dé todo en la pista mientras demuestran su presencia y oficio torrencial. Estos chicos de Los Ángeles van a dar mucho que hablar, sobre todo si te dejas encandilar por su directo.

Los que siguieron no se quedaron atrás a la hora de arrastrar al público en la pista de baile: DBFC se coronaron como los fuckers de la tarde-noche. El sonido de David Shaw y Dombrance recuerda ligeramente a Rinôçérôse en versión canalla, pero solo es una referencia: con un solo disco, desarrollado prácticamente entre ellos dos entre guitarra, bajo y bases, fueron capaces de crear un sonido propio, tan bien hilado que parece que llevan años realizando ese espectáculo. De vez en cuando tocan, en otras cantan, a veces se turnan para hacer lo uno o lo otro… en escena también hay una tercera persona centrada en lo electrónico, pero queda en segundo plano mientras ellos dos se quedan con el público con sus bailecitos y sus poses. “Leave my Room” es el cruce entre disco y rock que todos quisiéramos crear y con el que alguno se descoyuntó bailando.

Los siguientes en ocupar el escenario fueron Clap! Clap!, con una propuesta que hace honor a su nombre: esencialmente rítmico, con sus 2 baterías, el bajo y los sampleados de origen africano. Hemos de reconocer que el primer tercio fue divertido, la potencia y vitalidad con la que tocan es contagiosa; sin embargo, según avanzaba la interpretación la propuesta de Cristiano Crisci se hacía un poco repetitiva. En el fondo, es uno de los peligros del world music, el apostar y abusar de esos sonidos, cuando no es necesario: por poner un ejemplo, The Dwarfs of East Agouza y su fusión de electrónica y tradición egipcia demuestra cómo hilarlo sin caer en lo facilón.

Gold Connections por Nieves Solano

Nada que ver con los siguientes, Gold Connections, que sorprendieron por su humildad y su efectiva sencillez. Lo suyo es el rock americano de medios tiempos, pero cautiva la juventud de Will Marsh, que está en torno a los 20 años: su sinceridad emocional, su seguridad, el descaro de versionar a Grateful Dead… Con semejantes credenciales, y con Will Toledo (Car Seat Headrest) como productor y padrino, no cabe duda de que pueden llegar muy lejos.

Aunque se solapaban ligeramente, pudimos disfrutar de parte del espectáculo de Superorganism. Eran tantos detalles que es difícil describirlo, porque merece la pena verlo: Orono, su menuda cantante de 17 años con gafas de 3D, la experimentación sonora como diversión, su histriónico y divertido coro, sus visuales repletos de gambas trotonas e hipopótamos gritones… Entre el pop y lo electrónico, era imposible no dejarse fascinar por ese locura controlada y colorista que en ocasiones recordaban en el tono naïf a Pizzicato Five. ¿Quién habló de límites creativos?

Ya quedaba poco y el domingo se presentaba más liviano en el número de artistas. Los primeros en ocupar la Joy Eslava fueron Poolshake, que cuanto más los escuchas más piensas que has viajado de California a Murcia: el sonido que crean y por el que poco a poco son identificados te recuerda al sol y a la playa, oscilando entre el pop y la psicodelia. Si ya de por sí sus canciones te transportan a una cierta sensación de optimismo, la fina ironía de su cantante remataba ese ambiente de buen rollo. Qué pena que no hicieran la versión de Britney Spears con la que nos vacilaron.

Camila Fuchs fueron los siguientes en llegar, con su vuelta al trip-hop, a la electrónica analógica. Mientras que Daniel Hermann-Collini maniobraba en segundo plano con la percusión y los sintetizadores, Camila de Laborde se encargaba de lo más sentimental, distribuido entre su voz y sus movimientos rítmicos. Sin embargo, la sombra de Björk es alargada y en más de una ocasión parecía que estaban estancados en la parte más introspectiva del “Homogenic”. Quizás deberían experimentar más pues tienen potencial para ello.

Starcrawler por Nieves Solano

Llegó el viaje a los 70, al punk, al histrionismo musical: lo de Starcrawler es de otro mundo, especialmente por su cantante, Arrow de Wilde. Cuando bajaba por las escaleras traseras del escenario de la Joy, con una camisa de fuerzas y un suspensorio de strass, ya intuíamos que modosita no iba a ser la cosa. A medida que pasaban las canciones, su espectáculo histriónico no cesaba: si le hubieran dado 3 metros más de escenario los hubiera recorrido con sus saltos, sus movimientos peristálticos, sus acercamientos grotescos al ballet… sin olvidar su repertorio gestual de psicópata, que hasta llegó a escupir al público, agua y falsa sangre. Un animal escénico que puede hacer historia y que, si me apuras, puede hacer sombra a Margot Robbie como Harley Quinn.

Ella es la estrella, sin lugar a dudas, pero tampoco debemos olvidarnos de sus compañeros, entre los que destaca el guitarrista Henri Cash, que ejerce de partenaire en algunas de las locuras de Arrow. En conjunto, son capaces de crear esa locura sonora que resulta todo un espectáculo: si esto es así con un EP, prepárate para lo que nos queda. Con el cierre de la última canción ellos dos saltaron al público, él experimentando con la guitarra y ella como animal rabioso, que recorrió la sala atacando a algunos de los asistentes (entre ellos a Pucho). Son agotadores, pero para bien.

Y así cerramos el Primavera Club, esperando volver a encontrarnos a muchos de los grupos en el Primavera Sound (tanto el de Barcelona como en el de Oporto), y poder repetir esta experiencia en otoño de 2018.

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