Crónica del VillaManuela 2017

Por Ana Rodríguez 0

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El VillaManuela se está convirtiendo en una forma genial de comenzar el otoño en Madrid: un festival que es toda un expedición musical en la que disfrutar de propuestas musicales poco habituales y que probablemente te sorprenderán, aunque ya conozcas algunas de ellas.

La edición de este año presentaba una novedad respecto a las anteriores: a la hora de comprar el abono, debías seleccionar a qué salas asistirías. A los más yonkies de la música (entre los que me incluyo) nos chocó: había propuestas que te hacían pensar si quieres más a papá o a mamá, según el día te gustaba más un grupo que otro, que si el viernes voy a una sala y el sábado a otra… Sin embargo, tenía una lógica bien pensada, para evitar problemas de aforo y sus consiguientes frustraciones. Pero vayamos al grano, a lo importante 😉

Las tardes comenzaban en el Teatro Barceló, la sala principal presente en todos los abonos en la que podemos decir que se hacía historia de las corrientes actuales, del germen de muchos de los sonidos que hoy nos fascinan. El encargado de abrir los conciertos fue Simon Crab, uno de los miembros del grupo underground de los 80 Bourbonese Qualk. Su propuesta es una perfecta muestra de la experimentación que necesita la música electrónica, pero la teoría no consiguió mostrar todo su potencial en la práctica: probablemente ser el encargado de abrir el festival es un papel en ocasiones ingrato y quizá por eso la reacción del público fue tirando a fría. Su pericia para integrar ritmos con su guitarra y los sintetizadores es innegable pero muchos nos preguntábamos cuál era la aportación de la batería, que en ocasiones también aportaba su recitado taciturno.

Algo parecido le ocurrió el sábado a Spectrum, con una propuesta electrónica semejante aunque su recepción fue mejor. El repaso que hizo Sonic Boom con Jason Holt de la carrera de este primero encandilaba poco a poco: la mezcla de sus ritmos con los acertados visuales que recreaban ruinas fueron construyendo unos ambientes que tendían a ser opresores y que parecían no soltarte.

La cuestión es que ambos artistas se enfrentaban a tocar antes de las dos grandes propuestas de este año, historia viva y revisión: This is Not This Heat y Pere Ubu. Dos formas de demostrar cómo se pueden expandir las posibilidades sonoras de los instrumentos.

Los primeros son una impecable vuelta de tuerca de This Heat, el grupo de culto de finales de los 70 que han decidido retomar dos de sus miembros, Charles Bullen y Charles Hayward. Nada más ver el escenario sabíamos que aquello iba a molar: había 2 baterías, pero a medida que evolucionó quizás eso fue lo de menos. Violines, guitarras, un clarinete, teclados, cajas de ritmo, cantos a coro en los que la modulación del tono multiplicaba las voces… los sonidos melodiosos y distorsionados que eran capaces de sacar cada uno de los 4 impecables músicos que les acompañaban hicieron de ese concierto algo mágico, que iba más allá del post-punk y el rock progresivo: la capacidad de empastar todos aquellos ruidos hasta construir un imperio sonoro era hipnótica y casi daba miedo parpadear por si te perdías algo. Que nadie te diga que un músico de conservatorio solo es capaz de interpretar a Mozart: por los clavos de Schönberg, ¡qué cosa!

En el caso de Pere Ubu fascinaba ver cómo la música se encadenaba al ritmo de la voz de David Thomas, pareciendo que él mismo era la partitura viviente. Lo sorprendente fue ver llegar a este señor, con su bastón y sus años, sentarse en el centro del escenario, colocarse las gafas y sus papeles en el atril: nada que ver con lo que ocurrió, esa especie de rock in progress que te hace replantearte que todo no está ya inventado. ¿Cómo fue la recepción de esa propuesta en sus años mozos? Según cuenta él mismo, un fracaso aunque más de uno le augurara un gran éxito a su trabajo. Quizás por eso nos queda aún espacio para la aventura.

Tras la sesiones de la Barceló llegaba el momento de elegir: la vertiente más experimental en el Tempo Club, la electrónica en Siroco o los sonidos urbanos en La Palma. Optamos por esto último, atraídos fundamentalmente por 2 mujeres que estamos seguros de que darán que hablar; sin embargo, por imprevistos de última hora solo pudimos disfrutar de una de ellas.

El viernes era el turno de Nadia Tehran. En un primera impresión, la primera escucha de esta rapera de origen iraní te hace pensar en M.I.A.: su posición a la contra, su mezcla de tradiciones, su protesta centrada en los más desfavorecidos… No obstante, todavía hay distancia entre una y otra, por algo muy simple: de momento solo hemos podido disfrutar de un EP, Life is cheap, death is free. Tras disfrutar de su enérgico y potente espectáculo, se podría decir que su juventud puede convertirse en un alma de doble filo para ella misma: deja claras las ganas que tiene de devorar el escenario y de conectar con el público, algo que consigue; pero es tal el desbordamiento que exhibe que puede volvérsele en contra si no lo controla y lo mide. Esperemos que el personaje que está desarrollando no la devore a sí misma.

El sábado estaba previsto que actuara la británica IAMDDB y su propuesta de rap y jazz, pero apenas una semana antes del festival canceló. Su lugar lo ocupó el joven One Path, que nos dio una lección de que la juventud puede sorprenderte en algunos casos por su aplomo, versatilidad y pericia. O por lo menos a los pocos que prestábamos atención, porque la mayoría de los que allí estaban no paraban de hablar. Él solo con sus bases demostró por qué habla de pop urbano en vez de trap: abarca más registros y es capaz de transgredir el código de los más conocidos. Aunque no sea tu género de cabecera, es capaz de ganarse el respecto con temas como “Guinda” o “No Paro”.

¿Qué aventuras nos deparará 2018?

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