Crónica del concierto de Aldous Harding en Madrid (Moby Dick)

Por Ana Rodríguez 0

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Intensidad y sentimiento inundaron la velada en la Moby Dick.

¿Puede usted ponerme cuarto y mitad de sentimientos? Cuando terminó el concierto de Aldous Harding en Madrid es de lo que dio ganas. De pedir una pequeña ración, o a granel directamente: tenían para dar y repartir.

La neozelandesa venía a presentar su último trabajo en España, Party. Después de escucharlo, sabíamos que iba a ser una noche especial, llena de matices y sensaciones, pero a veces es complicado de imaginar. La emoción es algo tan intangible que no sabes muy bien por dónde evolucionará: puede quedarse en un simple ejercicio de estudio que se convierta en algo impostado; puede descontrolarse y volverse cursi…

Pero Aldous Harding es toda una exploradora de este terreno. Lo controla y sabe cómo llevarlo.

H. Hawkline fue el encargado de tantear el terreno. Se lanzó al escenario él solo, con su guitarra, con las canciones de su nuevo disco, I Romantize. Despojado del apoyo instrumental, su propuesta pop se hacía más folk pero él se lo tomaba con humor. Entre canción y canción, ironizaba sobre la imagen que daba.

El galés, con su severo acento, le quitaba importancia a la historia que quería contar, comentaba que no era tan triste como parecía… hasta su nombre real, Huw Evans, era motivo de chascarrillo. Pero más allá de la gracia que podía tener lo que contaba, era él quien resultaba entrañable. Tan alto, con ese aspecto de vecino del rellano, capaz de emocionar con la sencillez que emanaba al cantar con su guitarra…

De esta manera, H. Hawkline nos dejaba preparados para lo que nos traía su compañera de escenario. Podemos reírnos de ello pero hablar de sentimientos es necesario.

El discreto encanto de los sentimientos

A los pocos minutos, Aldous Harding aparecía en escena como una presencia pequeña. Sin apenas decir nada, con su enorme chaquetón negro, se colocaba la corta correa de su guitarra y se sentaba sobre el taburete. Era tanta la discreción que el silencio inundó la Moby Dick, para ver qué ocurría. Los primeros acordes de “Swell Does the Skull” descubrían los indicios del torbellino que estaba llegando.

Su interpretación escapa a los cánones, porque lleva al límite su capacidad gestual. Según comentaban en la sala, no fue la noche más exagerada en este aspecto; sin embargo, si no la has visto nunca te llegas a plantear si es necesario ese despliegue. Pues bien, sí lo es: tras la primera canción aprecias que es un forma de sentir lo que está cantando. La modulación de su voz, que va del susurro hasta un registro más lírico, va en línea con cada elemento de su cara: sus ojos en blanco, cómo los entorna, las formas que hace con su boca…

Poco a poco fue descubriendo los diferentes temas de su último trabajo, “Party”, acompañada de H. Hawkline al bajo y Jared Samuel (Invisible Familiars) con los teclados y los samplers, que la apoyaron en los coros. “Elation”, “Blend”, “Imagining my Man”… con cada uno de sus temas se intensificaba la conexión entre ella y el público, como bien demostraba el silencio que allí había, pendiente de cada nota y de cada gesto.

La galería de sentimientos se ampliaba a medida que evolucionaban las posibilidades de instrumentación (a solas, solo con el teclado, con ellos dos…),. Desde discretos momentos de felicidad hasta decepciones asumidas, pasando por sensaciones cotidianas: la magia de la neozelandesa en esa capacidad que tienen pocos artistas de leer tu sentimentalidad y generar una inmediata empatía.

Por unos instantes abandonó el escenario para volver con dos esperados bises: “Pilot” y “Horizon”. La expansión sentimientos y emociones fue completa y satisfactoria. ¿Qué más se le puede pedir?

Que vuelva pronto, para que podamos volver a vivir esa especie de catársis.

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