Crónica del concierto de Mount Kimbie en Madrid (Joy Eslava)

Por Ana Rguez. Borrego 0

Hosting WordPress

La sofisticación de la electrónica elevada a la enésima potencia.

Mount Kimbie son unos artesanos de la electrónica. La primera vez que escuchas “Made to Stray” te fascinan la sucesión de ruiditos. Las siguientes veces que escuchas la canción te sigue enamorando: siempre hay un detalle que descubrir. Por si tu apreciación no es suficiente, un día decides compartir la canción con un chaval de 12 años del conservatorio: se queja del ritmo machacón de un cierto tipo de música electrónica. Al escucharla, te dice que esto es otra cosa: tiene sentido, hay un trabajo a la hora de encadenar sonidos.

A principios de septiembre, Mount Kimbie volvía a estar en boca de todos. Publicaban su tercer álbum, Love What Survives, y al mes siguiente se embarcaban en su gira europea, que pararía en Barcelona y Madrid. Un trabajo que varía respecto a los anteriores, pues incide más en el aspecto melódico y vocal. ¿Más accesible? La escucha del disco y su experiencia es diferente.

Nada más llegar a la Joy, con el escenario vacío, ya fascinaba el despliegue de cacharros de Dominic Maker, Kai Campos y compañía. Sí, había una batería y un bajo, ¿pero y el resto? ¿Qué magia puede salir de todo aquello? Y lo más curioso, teniendo en cuenta cómo desarrollan muchos la música electrónica: ¿no hay ordenadores?

Tras la introducción de Jam City, Mount Kimbie se hizo con el escenario. Marc Pell se situaba en la batería, mientras que el dúo original y Andrea Balency se distribuían por el escenario para ir turnándose entre los diferentes teclados y cajas de ritmo. No había un punto fijo para ninguno de ellos.

La artesanía de las cajas de ritmos

Como buena presentación en sociedad, Love What Survives era el protagonista del setlist. “Four Years and One Day” abría el concierto, a la que le seguirían “Audition” y “Marilyn”. “You Look Certain (I’m not so Sure)” nos descubría la voz de Andrea Balency, que ya había participado en el disco y no era un simple apoyo.

“Home Recording” y “Before I Move Off” nos recordaban sus trabajos anteriores, para luego volver al último. “Blue Train Lines”, “So Many Times, So Many Ways”, “Field”, “Delta”… Más allá de la genialidad de su sonido, resulta fascinante observarles tocar. Tantas teclas, clavijas, cables… no son simples maniobras. La sonrisa no les abandona y parece que no hacen nada, que es lo normal.

Claro que sí, lo normal para ellos. ¿Qué infinidad de sonidos se pueden conseguir con esas cajas? La cuestión es dar con los adecuados. Pero no solo ellos eran los sorprendentes. La velocidad del batería al tocar te hacía perder la orientación de dónde estaban sus manos, entre la analógica y la digital.

Lo cierto es que no todos disfrutamos de Mount Kimbie de la misma manera. Mientras que algunos nos fascinamos con la maestría instrumental, otros se entregaban a canturrear los temas y bailecitos limitados por el espacio. Estos últimos disfrutaban más la nueva vertiente de Mount Kimbie e incluso se preguntaban entre risas cómo suplirían a King Krule. Por su parte, el enrevesamiento rítmico era cosa de los primeros.

Por unos minutos se marcharon y volvieron para tocar los últimos temas: “Maybes” y “Made to Stray”. La evolución de esta última en directo es exquisita: poco a poco crecían las bases y la batería se incorporaba al poco tiempo. Sus sonrisas no cesaban, por propio disfrute y por consciencia de lo que estaban haciendo. Un espectáculo puramente artesanal, lleno de vida.

Hosting WordPress