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Crítica: “Asesinato en el Orient Express” de Kenneth Branagh

Por Martín Godoy 0

Asesinato en el Orient Express

Ayer vi Asesinato en el Orient Express y hoy os la cuento.

A menos que vivas en una cueva has oído hablar de ella, pues está basada en la famosa y aclamada novela de Agatha Christie del mismo nombre. En ella, un singular grupo de desconocidos embarca en el magnífico Orient Express con la intención de pasar un viaje de tres días entre lujo y desidia. Si bien a simple vista parecen gente normal, que despilfarra el dinero en botellas de champagne y haute cuisine, el repentino asesinato de uno de los viajeros pondrá de manifiesto los secretos de los restantes. Esto es, por supuesto, gracias a la presencia del mundialmente famoso detective Hércules Poirot, que casualmente viajaba en el tren en otros menesteres, y tomará el mando de la investigación.

Dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh, la película está hecha por y para (no se lo van a creer) Kenneth Branagh. Sí, así es. Es una fantástica oda al ego en la que cada escena, cada personaje, gira en torno al gran Poirot. Dibujado algo esperpéntico, por cierto. Desde su aspecto físico, con ese surrealista bigote que llena la pantalla, hasta su extrema actitud obsesivo-compulsiva. Rasgos que aportan una visión divertida del personaje, pintoresco entre los demás.

Cuando uno ve el reparto, se le elevan las cejas. Al conocidísimo director le acompañan la friolera de (cojo aire): Judi Dench, Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Penélope Cruz y Daisy Ridley (esta última, novata en ascenso meteórico). ¡Qué nivel, Maribel! ¡Cuánta pasta habrá metida en la peli! ¿Cómo han podido permitirse un reparto de este calibre? Pues así, a ojo, se me ocurre: pagando por palabras. A excepción del omnipresente Poirot, que está desarrollado en exceso (¿a qué viene el recuerdo de su amante?), el resto de personajes intervienen en contadas ocasiones, mostrándose brevemente para que, bueno, sepamos que están ahí, que hay varios sospechosos y tal. Pero nada más.

Recuerdo la primera vez que leí la novela. Fue en un viejo libro de mi padre que encontré por casa. La disposición de los compartimentos del tren venía dibujada en una de las primeras páginas. Este hecho en sí resultaba intrigante. Te animaba a investigar. A pensar las diferentes posibilidades en que unos u otros podían haber accedido al fallecido para cometer el crimen sin que los demás se dieran cuenta. Con cada nueva pista volvías al plano para confirmar o descartar. La devoré. Su desenlace me impactó.

Esto no me ha pasado con la película. Tal vez sea porque ya la conocía, no se, aunque no es bueno comparar. Son dos cosas distintas. También puede ser por el escaso detalle de los personajes. Sus historias no se cuentan. No tienen matices ni complicidad. Las pistas se escupen al espectador sin darle tiempo a procesarlas, avasallándolo. No te dan opción a involucrarte devanándote los sesos para adelantarte a la resolución final. Es imposible. Apenas hay información. Te crees lo que te venden porque no te queda otra. Y, además, te lo venden bien, envuelto con papel dorado y un lacito. Muy bonito.

Y es que uno de los aspectos a destacar es su fotografía. Branagh demuestra elegancia rodando sus secuencias, de una forma cuidada y atractiva. A esto, ayudan tanto los espectaculares exteriores como el glamuroso interior del tren. Durante toda la cinta, el ritmo es más que adecuado. No decae en ningún momento, gracias en parte al rapidísimo desarrollo de los acontecimientos (tampoco había tiempo para más) y a las inesperadas escenas de acción.

El producto final no es todo lo que podría haber sido, pero resulta un blockbuster entretenido (aunque puede que algo difícil de seguir para los no iniciados) y reserva un par de sorpresas bajo la manga para los conocedores de la obra. O eran nuevas o no las recordaba. Para el caso, lo mismo es.

 

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