Crítica: “Tierra firme” de Carlos Marqués-Marcet

Por María Gómez-Comino 0

Tierra Firme

Parafraseando a mi colega Martín Godoy;  Ayer vi Tierra Firme y hoy os la cuento.

Para quienes no sitúen mucho esta comedia romántica, aunque su director se empeñe en negarlo, pequeña y de corte indie; Carlos Marques-Marcet, con ayuda en el guión de Jules Nurrish, firma esta cinta sobre el deseo o necesidad de tener hijos. Tras la premiada 10.000 kilómetros, el director catalán con su segunda película, no tan desgarradora y con mucha más esperanza que la primera, reflexiona sobre la pareja y la maternidad.

Las expectativas eran muy altas tras su opera prima y así me enfrenté a la pantalla. Deseosa de ver un relato de nuestros días y muy generacional, en el cual la identificación hace que empatizes con el discurso. Una pareja de mujeres con una relación consolidada empieza a desestabilizarse cuando una de ellas siente la necesidad de ser madre, pero su pareja no comparte dicha necesidad. La llegada de su amigo Roger, que no le disgusta la idea de ser el padre donante, impulsa a poner en marcha el  plan “tener un hijo”. El trío protagonista formado por Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, consiguen crear unos personajes muy “de verdad” y tejer una relación absolutamente creíble y sincera. Sobre todo Verdaguer y Tena tienen una química que más quisieran muchos en su vida real. Sus escenas llenas de complicidad, son una auténtica delicia.

Con un ritmo fílmico extraño, lenta para ser una comedia y así es como está catalogada, pero con escenas lo suficientemente divertidas para desechar el drama existencial se queda a medio camino entre los dos géneros. Un dramedia con cierta irregularidad en las secuencias, tanto en duración cómo en el contenido de las mismas, que considero que podrían haber dado más juego narrativo e incidir en ciertos aspectos de la maternidad que se pasan muy de puntillas. Un acierto el que la pareja protagonista esté formada por dos mujeres, no por el morbo y la supuesta “transgresión” que hay en ello, si no porque las lesbianas existen en la vida real y la decisión de maternidad, en su caso, es mucho más meditada que la de una pareja heterosexual, ya que en un momento dado un lapsus puede precipitar tu planteamiento vital.  La narración, mas que de la falta de madurez para con la decisión de tener hijos, habla de cómo ahora el procrear no es una imposición, si no una decisión de vida y que no todo el mundo la desea. Totalmente lícito por otra parte y más en los tiempos que corren. Hasta aquí todo bien, maternidad: si o no. El problema se genera cuando Eva desea ser madre y Kat no. ¿El amor todo lo puede? Kat y Eva pasan por todo tipo de estados para intentar conjugar ambas cosas, y esto no sale bien del todo, o sí.  Parece que en este retrato hipster del concepto de familia en la treintena, existe el “happy ending”, el cual, defiendo aunque muchos puedan tacharme de anticuada. Pero considero que está ciertamente justificado en el relato de Marques-Marcet, ya que se demuestra que con mayor o menor madurez de los personajes, el amor es un sentimiento que queramos o no sigue siendo motor para arriesgar y compartir las ilusiones del otro.

Austera en la realización, donde el peso recae en el trabajo actoral, generando unos personajes verosímiles sin caer en tópicos y estereotipos, defienden un guión preciso, donde el subtexto tiene más valor que el propio texto. Y aunque se eche en falta cierto ritmo y profundidad en la historia; la película consigue generar un universo con mucha coherencia estética y narrativa.

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